martes, 21septiembre, 2021
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El agua es nuestro tesoro

Jorge Zavaleta Alegre (Lima)
Corresponsal en Latinoamérica
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Los avances en las tecnologías digitales se están adoptando y escalando en los sectores público y privado para resolver los desafíos críticos de la cantidad y la calidad del agua. La pandemia covid19 y otra que amenaza desde el Africa movilizan, como nunca antes, a instituciones y poblaciones del resto del planeta.

América Latina y el Caribe es una región marcada por la desigualdad extrema. La  disociación  entre  los  niveles  del  ingreso  personal,  la  desigualdad y  la  confianza  puede  deberse  a  que  las  personas  suelen  percibir equivocadamente  tanto  la  distribución  del  ingreso  y  la  riqueza  en  su país  como  su  propia  posición  en  esa  distribución.  “En  ese  sentido,  las personas suelen interpretar las señales de su entorno y de quiénes los rodean  para  estimar  su  posición  relativa”, esta conducta tan difundida en la clase media, hoy más empobrecida que nunca, persiste un desprecio por los más pobres.

El Foco en las Américas, del 23 al 26 de agosto del 2021, presentará a los actores más importantes del sector del agua y saneamiento en este continente, como parte de la edición virtual de la Semana Mundial del Agua. EEUU  no se exime de dificultades en la  producción y distribución de agua.

 Los eventos virtuales programados para esta cita desde Washington DC, serán transmitidos  a través de la plataforma Pathable. Será posible plantear y escalar soluciones digitales innovadoras a la escasez, calidad del agua, acceso al agua y los desafíos de los ecosistemas naturales y otros problemas relacionados con este recurso  natural cada vez más escaso.

 Este  Foco en las Américas es financiado parcialmente por el Fondo Multidonante, AquaFund del BID, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), los gobiernos de Suiza y de Austria. También tiene como apoyo al Instituto Internacional del Agua de Estocolmo.

Algunos datos importantes: En 2050, casi el 90 por ciento de la población de la región vivirá en ciudades, a menudo localizadas cerca del mar y expuestas a amenazas intrínsecamente vinculadas al agua y al cambio climático, como las inundaciones, la elevación de los niveles del mar y las sequías.

El agua es nuestro tesoro que tienen las comunidades indígenas, manifesta Daniela Centurión, indígena nivaclé de Paraguay.  “Para nosotros los indígenas, el agua es nuestro tesoro”, destaca OLAS –   Observatorio de agua y saneamiento de Latinoamérica.

América Latina y el Caribe es una región marcada por la desigualdad extrema. El acceso universal al agua en Latinoamérica, es más urgente tras la pandemia. La crisis provocada por la covid-19 ha puesto de manifiesto y ha magnificado la urgencia de universalizar el acceso al agua en América Latina y la necesidad de tomar medidas para frenar el escenario de escasez hídrica que amenaza a la región, alerta la FAO.

Según el reporte, el escenario de escasez hídrica que enfrentan varios países de la región podría afectar a la producción agrícola y ganadera de las próximas tres décadas y eso podría poner en jaque la seguridad alimentaria de toda la región antes de 2050. La agricultura, que representa el 70 % del consumo total de agua, enfrenta en el mediano y largo plazo «retos complejos» para garantizar la alimentación de toda la población latinoamericana.

La agricultura, que representa el 70 % del consumo total de agua, enfrenta en el mediano y largo plazo «retos complejos» para garantizar la alimentación de toda la población latinoamericana, que según el organismo alcanzará los 9.000 millones de personas en 30 años.

En América Latina y el Caribe solo el 65 % tiene pleno acceso a agua potable y el 22 % al saneamiento, lo que implica que todavía 166 millones de personas todavía no tiene asegurado un servicio hídrico básico.

AGUA EN LA LITERATURA DE  LOS ANDES

La narración popular recogida por  José María Arguedas (1933), es una publicación dedicada “A los comuneros y «lacayos» de la hacienda Viseca “con quienes temblé de frío en los regadíos nocturnos y bailé en carnavales, borracho de alegría al compás de la tinya y de la flauta” inicia la crónica de este escritor emblemático de América…. :

Si en el mundo existe tanta agua dulce, 35 millones de km3 para ser exactos, ¿cómo es posible que hoy más de 750 millones de personas no tengan acceso al agua? Al mismo tiempo, el continente americano cuenta con el 31% de las reservas de agua dulce del mundo. ¿Es posible que los países que conforman América Latina puedan aprovechar esta situación y transformarla en una gran oportunidad?

El sueño del pongo, durante décadas se mantuvo secreto,Tiempo de lectura. Con permiso de los lectores  y editores me permito publicar el texto completo:

A la memoria de don Santos Ccoyoccossi Ccataccamara, Comisario Escolar de la comunidad de Umutu, provincia de Quispicanchis, Cuzco. Don Santos vino a Lima seis veces; consiguió que lo recibieran los Ministros de Educación y dos Presidentes. Era monolingüe quechua.

Cuando hizo su primer viaje a Lima tenía más de sesenta años de edad; llegaba a su pueblo cargando a la espalda parte del material escolar y las donaciones que conseguía. Murió hace dos años. Su majestuosa y tierna figura seguirá protegiendo desde la otra vida a su comunidad y acompañando a quienes tuvimos la suerte de ganar su afecto y recibir el ejemplo de su tenacidad y sabiduría.

Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.

El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

—¿Eres gente u otra cosa? —le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

—¡A ver! —dijo el patrón—, por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada. ¡Llévate esta inmundicia! —ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.

El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. «Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza», había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. «Sí, papacito; sí, mamacita», era cuanto solía decir.

Quizás a causa de tener una cierta expresión de espanto, por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el avemaría, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.

Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

—Creo que eres perro. ¡Ladra! —le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

—Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

—Trota de costado, como perro —seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.

El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía el cuerpo.

—¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo volvía, de costadito. Llegaba fatigado.

Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el avemaría, despacio, como viento interior en el corazón.

—¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! —mandaba el señor al cansado hombrecito—. Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas

Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

—Recemos el padrenuestro —decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.

En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.

—¡Vete, pancita! —solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos[1].

Pero…, una tarde, a la hora del avemaría, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía como un poco espantado.

—Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte —dijo.

El patrón no oyó lo que oía.

—¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? —preguntó.

—Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte —repitió el pongo.

—Habla… si puedes —contestó el hacendado.

—Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.

—¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran patrón.

—Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.

—¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

—Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.

—¿Y tú?

—No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.

—Bueno. Sigue contando.

—Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: «De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de miel de chancaca más transparente».

—¿Y entonces? —preguntó el patrón.

Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.

—Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

—¿Y entonces? —repitió el patrón.

—«Ángel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre», diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

—Así tenía que ser —dijo el patrón, y luego preguntó—: ¿Y a ti?

—Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro gran Padre San Francisco volvió a ordenar: «Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano».

—¿Y entonces?

—Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. «Oye, viejo —ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel—, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!». Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando…

—Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón—. ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?

—No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: «Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo». El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.

[1] Colono: indígena que pertenece a la hacienda.

© Relato popular recopilado por José María Arguedas. Publicado en El sueño del pongo, 1965.

*El Foco en las Américas presentará a los actores más importantes del sector del agua y saneamiento en América Latina y Caribe, del 23 al 26 de agosto de 2021, como parte de la edición virtual de la Semana Mundial del Agua. Los eventos virtuales se llevarán a cabo a través de la plataforma Pathable.

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