Tenemos derecho a matar a quien no piensa como nosotros. ¿Se imaginan un documento político que comience de esta forma? Aniquilar al adversario al que ve como enemigo es el sueño de todo extremista. Los hay en la derecha y también en la izquierda. Desconfiemos de cualquier proyecto que no persiga la igualdad absoluta entre las personas, el desarrollo pleno del ser humano y el respeto por todas las ideologías, incluyendo las que cuestionan el sistema hasta sus cimientos. La sociedad está sangrando y terminará muriendo por la simplificación de las ideas y la ausencia de debate riguroso. Y en todo este entuerto, claro, también juega un papel nuclear la cuestión de las noticias falsas.  

El pasado día 21 de mayo fue entrevistada en la Cadena SER la portavoz de EH Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurúa y, refiriéndose de forma explícita a la etapa en que ETA mataba (1968 a 2010, 857 personas asesinadas) habló del “sufrimiento extremo” de los familiares de los presos. No dijo una sola palabra de las víctimas de la banda terrorista, lo cual no es una sorpresa viniendo de círculos endogámicos como los del nacionalismo vasco próximo a ETA, en los que nada se discute y en los que la inteligencia brilla por su ausencia. Los presos vascos nunca mataron ni sembraron de terror aquellas mañanas que amanecían con sangre, coches bomba y disparos en la nuca. Esta barbaridad se puede defender ahora, en este tiempo en el que ya poco o nada importan la historia y la verdad. Todo se puede falsear y todo encuentra acogida en una población entretenida y dominada, que no informada, porque, además, en la construcción de esta nueva sociedad se ensalza el derecho inalienable a defender cualquier idea, incluyendo las violentas o excluyentes. Es una exaltación del yo que acaba en perjuicio de toda la sociedad. Parece que hay un cierto consenso de idiotas que puede proporcionar una cierta paz social porque a todo imbécil se le permite un delirio a su imagen y semejanza, pero esto no dará ningún fruto porque la tierra de la estupidez suele ser estéril. Y al final, descubres con horror que entre las pistolas de juguete regaladas a los tontos había alguna de verdad y estaba cargada. 

El próximo paso de ese nacionalismo siempre racista, siempre brutal y siempre excluyente será decir que la “tiranía” española encarceló a los etarras por repartir panfletos y flores a favor de la libertad del pueblo vasco en medio del Paseo de la Castellana, nunca por asesinar. No estamos tan lejos de esta distopía: un estudio de la Universidad de Deusto de hace apenas tres años revelaba que casi la mitad de los estudiantes vascos de primer curso desconocían quien era Miguel Ángel Blanco. A esto hemos llegado. Hay algo similar en el independentismo catalán: si no reconocen que España no solo no es como Arabia Saudí, sino que es uno de los 22 países del mundo en los que sus ciudadanos pueden disfrutar de una democracia plena es porque hay supremacismo, esa vieja soberbia que entre otras muchas cosas te impide admitir que aquel al que detestas u odias puede brillar en algún ámbito. La señora Aizpurúa tampoco se pronunció en contra del ataque que se había producido un día antes contra el domicilio de la secretaria general del Partido Socialista de Euskadi, Idoia Mendía-de hecho, lo justificó-, algo esperado: EH Bildu impidió el 20 de mayo que el Parlamento Vasco y el Ayuntamiento de Bilbao hicieran una condena institucional contra este atentado porque en el comunicado figuraba la palabra “condena”, lo cual supone defender la violencia de forma inequívoca porque, en el fondo, la equidistancia o la ambigüedad no son más que eufemismos con los que se bautiza el apoyo activo o pasivo a determinadas ideologías. Aquella vieja neutralidad que esconde cobardía, egoísmo, comodidad, conformismo…o apoyo real, quien sabe.   

No pongamos peros a estas cosas y, repito, no pensemos que estas fantasías están muy lejos de la realidad: hace algún tiempo, la hija de unos amigos, con 19 años, se permitió decir durante una cena familiar a la que fui invitado que España necesitaba otro Franco porque con él había trabajo y prosperidad. Su padre y yo dedicamos varios minutos a hablar de los millones de españoles exiliados por la miseria, el hambre, la persecución política y la violencia policial, y creo que hicimos un retrato bastante aproximado de aquella España empobrecida que no solo no estaba homologada con Europa en ningún aspecto, sino que era un paria internacional sin el menor peso en el tablero político mundial. Creo que la pendiente se está inclinando de forma peligrosa y todo lo que echemos a rodar irá hacia abajo. Los bolos somos nosotros, espero que todos lo comprendamos.

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Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es

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