Hay algo, ¿mucho?, de Beckett y su teatro del absurdo en esta magistral nouvelle del, hoy por hoy, escritor estadounidense vivo más determinante de las letras anglosajonas y uno de sus referentes en el último medio siglo. ¡Cualquiera diría que el apocalipsis o poco menos que supone esta pandemia de la covid-19 ha inspirado las escasas e intensas poco más de cien páginas de El silencio (Seix Barral). Nada más lejos de la realidad. La inspiración la fue macerando mucho antes en su mente y la historia de estos cinco amigos que se encuentran en un piso de Manhattan en la noche del domingo de la Super Bowl del año 2022 la terminó semanas antes de la llegada de esta crisis sanitaria planetaria.

DeLillo sigue haciendo fácil lo difícil: plantear una distopía en toda regla y articular sin más un discurso en torno al poder hipnótico de la palabra y la ciencia

Don DeLillo, neoyorquino del Bronx nacido hace ahora casi 84 años, sigue haciendo fácil lo difícil: plantear una distopía en toda regla y articular sin más un discurso en torno al poder hipnótico de la palabra y la ciencia, sobre todo con el referente del manuscrito de 1912 de Einstein, en el que presenta su archiconocida teoría de la relatividad.

Un inesperado apagón generalizado de todo tipo de tecnologías digitales provoca inquietantes dudas y no menos sorprendentes reflexiones sobre qué le queda a una humanidad que, como bien recuerda el propio Einstein, aún no sabe cómo se matará en una hipotética Tercera Guerra Mundial pero sí sabe con total certeza que “la Cuarta se librará con palos y piedras”, cita con la que DeLillo presenta su última obra.

El vacío se va apoderando de un modo u otro de las dos parejas protagonistas y sobre todo del ex alumno de la mujer de la pareja de edad madura, que es quien va dirigiendo con su pensamiento el devenir de toda la nouvelle. Martin, que así se llama el entregado seguidor de Einstein, concluye al final del encuentro: “El mundo lo es todo. El individuo no es nada. ¿Lo entendemos todos?”.

Pantallas de televisión en negro, móviles sin conexión, ausencia de electricidad… ¿Caos? ¿asombro? ¿un simple alto en el camino? Las preguntas se acumulan en un ambiente cada vez más minimalista y opresivo, que sólo un maestro acostumbrado a estas lides cuasiapocalípticas es capaz de plasmar con una economía de medios encomiable. “Luego la pantalla fundió a negro. Max pulsó el botón de encendido. Encendido, apagado, encendido. Diane y él se miraron los teléfonos. Muertos. Diane cruzó la sala hasta el teléfono de la casa, el teléfono fijo, una reliquia sentimental. No había tono de llamada. El portátil, sin vida. Se acercó al ordenador de la sala contigua y tocó varios elementos, pero la pantalla permaneció gris”. Así, con fogonazos, con una medida economía de medios estilísticos, DeLillo inocula el virus del miedo al lector ante una situación posible, improbable pero posible, y ante la que nadie tiene respuesta alguna.

La determinante importancia de la tecnología en la conformación de la identidad del ser humano del siglo veintiuno es abordada con una sinuosa capa crítica y metafísica

En un momento determinado en medio del caos, uno de los protagonistas asiente: “La luz volverá, la calefacción volverá, nuestra mente colectiva volverá a donde estaba, más o menos, dentro de un día o dos”. ¿Inocencia? ¿incredulidad? Nadie lo sabe, pero DeLillo sigue tensando la cuerda para que su planteamiento acorrale al lector hacia un abismo catártico que sólo el planteamiento metafísico puede consolar.

La determinante importancia de las tecnologías en la conformación de la identidad del ser humano del siglo veintiuno es abordada con una sinuosa capa crítica y metafísica. Y todo ello en medio de una puesta en escena teatral en un piso acomodado de Manhattan entre el sopor que deja en uno de los protagonistas un bourbon llamado Widow Jane y las continuas aserciones metafísicas y físicas del ex alumno de su esposa.

Cuando las palabras recogidas en este centenar de páginas pueden encoger el corazón y activar los resortes más recónditos de la mente, se puede asegurar que este es el mejor activo de un autor que siempre tiene algo que decir de este mundo que nos ha tocado vivir. Y lleva ya medio siglo haciéndolo con una maestría ejemplar.

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