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El abandono del hombre pequeño

Joan Martí
Licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Máster en Dirección de empresa por la escuela industrial de Madrid Impartido por una empresa externa CONSULTORES ESPAÑOLES. 520 horas.
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análisis

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Habrá que afrontar el coste de la crisis y el reto de la recuperación económica una vez superemos el drama de la pandemia de la Covid-19. Algunos temen una gran depresión similar a la que sufrió el mundo en los años treinta. Parece, por las simulaciones que se realizan, que lejos no queda. En tal caso sería bueno repasar las soluciones que se apuntaron.

Tras el crac de Wall Street en 1929 y la subsiguiente depresión, la mayoría de los economistas de la época creyó que la mejor forma de actuar era precisamente no actuar. La sabiduría convencional mantenía que las depresiones eran terapéuticas, que eliminaban la ineficacia y los desperdicios que se acumulaban en la economía de un país como veneno. Interferir con dicha homeopatía económica natural podía suponer un riesgo de inflación.

Un grupo de economistas, Keynes a la cabeza, señalaron en la década de los treinta que el sistema había provocado una situación en la que el desempleo no sólo era involuntario, sino que distaba mucho de ser temporal. Alegaban que el público no gastaba todos los ingresos que recibía cada vez que éstos aumentaban. En ese caso gastaban más, pero también ahorraban cierta cantidad. Esto podía no parecer muy significativo, pero tenía un efecto dominó que impedía a los hombres de negocios dedicar todos sus beneficios a la inversión. Por lo tanto, el sistema ideado de no actuar, iría disminuyendo el ritmo de forma paulatina hasta detenerse por completo.

Esto tenía, ya entonces en los años treinta como ahora, consecuencias: en primer lugar, la economía dependía tanto de lo que la gente percibía que estaba a punto de ocurrir como de lo que ocurría en realidad; en segundo lugar, una economía podía lograr una cierta estabilidad con un alto índice de desempleo y el daño social que esto suponía, y en tercer lugar, la clave estaba en las inversiones y si no tenía lugar una inversión privada, se hacía necesaria una intervención estatal mediante la concesión de créditos y la manipulación de los tipos de interés con el objeto de crear puestos de trabajo.

Por irónico que pueda parecer, el primer lugar donde se probaron estas teorías que Keynes plasmo un tiempo después en el libro La Teoría general sobre el empleo, el interés y el dinero  fue en la Alemania nazi. Desde que se hizo con la cancillería en 1933, Hitler se comportó casi como el perfecto keynesianista, lo que lo llevó a construir ferrocarriles, carreteras y canales, y a invertir en otros proyectos públicos al tiempo que ponía en práctica estrictos controles de intercambio que prohibían a los alemanes enviar dinero al extranjero y los obligaba a comprar productos nacionales. En dos años se erradicó el desempleo y los precios empezaron a subir al mismo tiempo que los salarios.

Cada vez que la sociedad deja sin medios de subsistencia al hombre pequeño, mata el funcionamiento normal y el autorrespeto normal del mismo y lo prepara para aquella última etapa en la que estará dispuesto a asumir cualquier función, incluida la de verdugo.

Arendt en su artículo Culpa organizada escribe: “Al ser liberado de Buchenwald, un judío reconoció entre los miembros de las SS que le entregaban sus documentos de hombre libre a un antiguo compañero de colegio al que no increpó, aunque sí se Ie quedó mirando. El observado dijo muy espontáneamente: tienes que entenderlo, arrastraba cinco años de paro a mis espaldas. Podían hacer conmigo lo que quisieran”.

La falta de trabajo puede convertir, en cualquier momento, al hombre pequeño en juguete de crueldad. Por eso la salida de la pandemia debe de procurar de forma prioritaria una renta mínima vital.

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