¡Oh, puedo olerlo! Una vacuna salvará España. Tan pronto ocurra el pinchazo colectivo, la economía se pondrá en pie, y todos esos bares, hoteles, mayor y minoristas, comercios directos e indirectos que ahora quiebran, resucitarán de sus cenizas, como aquel, y toda la clientela (conseguido un empleo inmediato por la Gracia de 5G) cruzará las puertas de los establecimientos preparada para consumir sin cortapisas, gracias a un ridículo pinchazo, fíjate tú.

Es tan fácil y viable. Entiendo perfectamente a nuestro queridísimo, infalible ministro Illa cuando asegura será implacable con todos aquellos que osen “bromear” si quiera con algo tan serio y delicado como la vacuna, gracias a la cual la gran mayoría de asintomáticos disfrutará de síntomas leves. Por eso hay que perseguir y denunciar cualquier chistecito, la más mínima insinuación que ponga un asomo de sospecha en nuestros grandes salvadores: las farmacéuticas y tecnológicas. Para ello necesitamos “confianza”.

Confianza en las instituciones que tan bien han lidiado con el problemón. Confianza en los políticos y las empresas, que tan históricamente han venido preocupándose, dándolo todo por sus compatriotas y compatriotos que más sufren los efectos de un virus cuyo origen no importa. (No importa cuántos lo han pasado ya desde enero: ¡a pincharse todas, para eso están los contratos!). Como tampoco ha de importar ahora la quiebra, el cerrojazo, la disolución definitiva de sectores y modelos de producción y profesiones. ¿Por qué seguís estudiando, chavales? Os van a aprobar igual porque la “o” ya no volverá a montarse, nunca, con un canuto analógico.

Lo verdaderamente decisivo aquí es la vacuna comercializada en tiempo record. ¿Cómo lo han conseguido? ¿Podrían acelerar procesos y eliminar burocracias de la misma forma para solucionar otros problemas endémicos? Ni se sabe ni debería interesar. Ahora toca permanecer solos y unidos, inquisitorios ante cualquier elemento que cuestione y obstaculice el pinchazo liberador. Ya lo huelo, no temáis.

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