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«Educando» en el miedo

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Poder acompañar a los niños en su crecimiento es maravilloso pero, también, implica una gran responsabilidad. Los niños se ven reflejados en nosotros, los adultos, y imitan nuestros comportamientos y acciones. Es así como aprenden, repitiendo lo que ven y experimentando con todo lo que hay a su alrededor. Las vivencias que tienen, especialmente, en los primeros meses y años de vida marcarán su desarrollo posterior a nivel físico y emocional.

Imaginad, por un momento, a un niño nacido durante el año 2019. Para este niño es “normal” ver a la gente con la cara tapada y, también, oír consignas como estas: “No lo abraces”, “No le des un beso”, “No lo toques”, “No vayas allí”, “Desinféctate las manos”… Con todas estas órdenes, el mensaje que le estamos transmitiendo, es que el mundo es un lugar peligroso y, las otras personas, también. Le estaremos privando, además, de su iniciativa y curiosidad innatas indispensables, las dos, para que aprenda y se forme como persona. Minaremos, también, su seguridad y, con ella, su autoestima. Le habremos inyectado el virus del miedo que, seguro, le dejará secuelas. Igual pensaréis que exagero, que son pequeños y que olvidarán todo lo que han vivido durante estos dos años. Pero no es así, el miedo, quedará grabado en su inconsciente y, en mayor o menor grado, les afectará. Hoy leía un artículo muy preocupante: Más del 40% de los jóvenes tiene trastornos psicológicos como consecuencia de las medidas restringidas impuestas por la “pandemia”… Más del 40%!!! Desgraciadamente, los trastornos psicológicos y emocionales no son los únicos problemas que vemos en nuestros niños y jóvenes. También se están observando retrasos y afectaciones en el desarrollo del lenguaje y del habla y a nivel físico y psicomotor. ¿Qué esperabais, pues?… Los niños y los jóvenes necesitan entornos seguros para poder desarrollarse de forma sana. Nosotros, los adultos, tenemos herramientas para defendernos y protegernos pero, ellos, no.

Como maestra de educación infantil y logopeda no puedo dejar de denunciar la desastrosa gestión que se está llevando a cabo, en los centros educativos, de esta supuesta “pandemia”. Se están aplicando unos protocolos que fomentan la segregación y el bullying y que, además, se han demostrado del todo ineficaces. ¿Cómo es posible que en los colegios, que presumen de ser inclusivos, se señalen y se diferencien los niños no “vacunados” de los “vacunados”? Estos protocolos, lo único que consiguen, es alejarnos de nuestros iguales y, esto, sí que es peligroso. No un virus que, como ya sabemos, afecta poco a los niños y, si lo hace, es de forma leve… Los seres humanos somos gregarios y, como tales, necesitamos el contacto con los otros: abrazarnos, tocarnos, darnos besos… Si dejamos de sentir y de expresarnos emocionalmente, moriremos como especie.

Merece una mención a parte, por la gravedad que comporta, el tema de la mascarilla. Es el elemento visible que nos recuerda que hay una “pandemia” y, por este motivo, interesa prolongar su uso. Se consigue, así, que la sensación de inseguridad y de miedo siga bien viva entre la población. Pues bien, yo me pregunto, ¿cómo se entiende que si haces deporte puedas ir sin mascarilla y los niños, en el patio, la tengan que llevar? ¿Qué aprendizajes esperamos que adquieran si no les llega suficiente oxígeno al cerebro? ¿Qué afectaciones puede comportar la mala oxigenación en unos cuerpos que se están formando? Los niños y los jóvenes han pasado, de no ser un peligro, a ser el principal peligro. ¿En qué quedamos? o ¿Es que se valora su “peligrosidad” según convenga? ¿No será que se detectan más casos entre los niños porque se hacen unos cribados masivos que, al principio de la “pandemia, no se hacían? (cribados que se realizan con pruebas PCR y tests de antígenos que, se ha demostrado, no tienen ninguna fiabilidad) ¿No será que interesa que los niños se vacunen? ¿Por el bien de quién? Creo que no hace falta responder a esta pregunta y, permitidme, un inciso importante. Estas “vacunas”, inicialmente, se aprobaron para administrarse a personas mayores de dieciocho años. Rápidamente y velando por el bien de todos, claro, los laboratorios farmacéuticos hicieron los estudios pertinentes (¿?) para bajar la edad de inoculación de dieciocho a doce años y, actualmente, ya se inyectan en la franja de edad de cinco a once. Pero la ambición de las farmacéuticas no acaba aquí y llega a tales extremos que ya están esperando que les den la aprobación para administrarlas a niños menores de cinco años y bebés. ¡Una auténtica barbaridad!

Pero no sólo los niños llevan mascarillas en el colegio. Todo el personal docente, los administrativos, los monitores del comedor, las cocineras… también la tienen que llevar. Yo, como maestra que soy de los más pequeños, me pregunto: ¿Cómo puedo contar un cuento o cantar una canción si no respiro bien y, literalmente, me como la mascarilla cada vez que quiero subir el tono de voz o hago énfasis en algún sonido? ¿Cómo puedo trabajar de logopeda con un trozo de tela que me tapa la boca y que, además, hace que mi voz salga poco clara y distorsionada? Ya, normalmente, cuesta captar la atención de los niños imaginaros, pues, lo complicado que es hacerlo si no te ven la expresión de la cara y te oyen mal. Pensad, entonces, en la enorme dificultad que conlleva trabajar, en estas condiciones, con niños que precisan de NEE (Necesidades Educativas Especiales) Porque, en un colegio inclusivo, puedes tener algún niño en el aula que requiera de una atención especial y entonces… ¡ya te espabilarás! Soy partidaria de la inclusión porque es beneficiosa para los niños con NEE y, también, para sus compañeros de clase. Pero, esta, se tiene que hacer en condiciones. Si no hay suficiente personal en los colegios para atender a los niños con NEE, la inclusión, no funcionará y, además, puede llegar a ser contraproducente.

Llegados a este punto, quiero dar mi apoyo a los maestros y al personal de los centros educativos que, como yo, ven que estos protocolos son un auténtico disparate. En los colegios hay docentes que han decidido no “vacunarse” y, otros, que sí lo han hecho pero que empiezan a abrir los ojos. Creo que deben estar sometidos, por parte de algunos de sus compañeros y de algunas familias, a una gran presión. Desgraciadamente, vivimos en un momento en el que las opiniones disidentes son despreciadas, ridiculizadas y censuradas, en vez, de ser escuchadas y valoradas. Los colegios son un reflejo de la sociedad y, como tales, están formados por individuos con maneras diversas de pensar y sentir. Por eso, me duele, que se critique a los maestros como colectivo. Creo que las generalizaciones son peligrosas y no es justo meter a todos en el mismo saco.

No quiero acabar este escrito sin inyectaros una buena dosis de esperanza. Creo que, en la vida, no hay obstáculos sino oportunidades para crecer y que, el mundo, está lleno de buenas personas que, con su presencia y hacer, iluminan la vida de los otros. Debajo de mi casa hay un parque infantil. Durante el confinamiento, una de las cosas que más eché en falta, fueron las risas y los gritos de alegría que hacen los niños cuando juegan. El miedo es muy contagioso pero, las sonrisas y la felicidad, también. Dejemos, pues, los temores guardados en un cajón e imaginemos y construyamos el mundo donde nos gustaría vivir. No permitamos, sobretodo, que nada ni nadie borre la sonrisa de nuestros niños y jóvenes. Está en nuestras manos, en las de cada uno de nosotros, conseguirlo. ¿A qué esperamos?

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