Ilustración de José Luis Ocaña.

Cuando me comunico por este medio, hablo de mis experiencias personales. Sé que hay escritores que crean protagonistas o personajes ficticios para dar a conocer su voz, sus pensamientos y sus vivencias a través de otros, escribiendo en tercera persona y guardando de este modo, cierta intimidad. También los hay, de esos que hablando en primera persona, firman bajo pseudónimos por el mismo motivo.

Cuanto más nos exponemos más frágiles somos a las miradas ajenas.

Yo, tras muchas vivencias y experiencias, y sobre todo, tras años de callar decidí exponerme y contar. Contar verdades como puños. O simplemente, mis verdades. Mis vivencias, mis experiencias.

Hace una semana, recibí una crítica que me decía que mis escritos eran yoístas, que además, era condescendiente con mis lectores y para terminar, que mezclo demasiados temas y mis artículos son de estilo inclasificado.

Cuando se me dio la oportunidad de escribir por aquí, mi única premisa impuesta fue: “lectura de unos 5 minutos”. Y eso es lo que tengo en mi cabeza a la hora de redactar. A ti, lector, no te conozco, y por mucho que lo intente, o me considere muy empática, no podré jamás contar tus vivencias. Y si te conozco y me las trasmites, lo haré tímidamente, porque me faltará la fuerza del sentir que le puedo aportar a lo experimentado en carne propia.

La palabra condescendiente volvió a mi vida el mismo día del inicio del invierno. En esta ocasión, por parte de una compañera que se sentía juzgada por algo que yo nunca dije, pero que a ella le hizo sentir así. Lo bueno de tanta tecnología es que todo queda y se pueden buscar los datos para hacer referencia a ellos. Cuando estos no existen, algo falla en el lector, no en el comunicador.

Con mi primer crítico pasó lo mismo, al ir a contestar a su crítica lo primero que me dijo es que fuera indulgente con él porque se estaba exponiendo… De nuevo, las vivencias del lector son más importantes que mis palabras escritas y son la que te sitúan en ciertos sitios con respecto a tu estima personal y tus sentimientos. Ya lo había oído en el pasador comentar muchas veces: “existen tantas versiones de un mismo libro, como lectores lo leen”.

Una gran parte de lo que recibimos del mundo sólo tiene que ver con nosotros, con nuestra forma de ver la vida, con nuestras experiencias y nuestras vivencias personales. Nuestra educación nos marca. Y de hecho, la mía, me marcó en la seguridad de que era muy inferior a prácticamente todos los que me rodeaban.

La educación viene en gran medida, marcada por la familia. Y mi familia no es una familia al uso.

¿La tuya lo es?

A veces veo a bebés llorando por la calle a los que nadie atiende. Sus madres están tensas, no saben bien qué hacer. Cuando las veo creo, que como a mí me pasó, alguien les dijo eso de “deja que llore, que no pasa nada”. Pero la realidad es que la única manera que tiene de comunicarse un bebé es el llanto. Cuando veo a esas madres nerviosas, sin saber qué hacer, además de angustiarme por esos bebés me pregunto qué tipo de mensaje le están transmitiendo a su pequeño. Y qué tipo de mensaje ha creado la sociedad para que la frase “deja que llore, que no pasa nada” sea asumido como algo normal para la mayoría.

¿Dónde está el respeto?

Pues no. No estoy de acuerdo. El mensaje comunicado al bebé con la falta de su atención a mi entender es igual a un, “da igual lo que quieras, no serás escuchado”…ni atendido. Curiosamente, esas mismas personas asumen que eso es lo correcto, si lloran, quieren ser atendidas por pura humanidad. Y yo, como ser empático, cada vez que cualquier persona cercana a mí llora, la atiendo. Como poco, le pregunto qué le pasa, le dejo expresarse. Y si lo necesita, le doy una abrazo sincero y sanador.

Pensar que en la base de toda educación está la comunicación y que el canal debe estar siempre abierto, me motiva a seguir contando mis experiencias y vivencias, por duras que puedan parecer y por mucho que dejen boquiabiertas algunas caras.

El 25 de diciembre de 2014, mi madre me echó de su casa. Dos días antes de hacerlo, quitó todas las fotos que había en su casa de mi hijo y de mí y le comunicó a mi padre que él era “basura y debía meterse en el cubo de la misma si permitía que la vaga de su hija siguiera en su casa”. Yo, sin dinero y sin recursos, llamé en ese momento a una amistad y le solicité cobijo en caso de ser necesario. El día de Navidad, lo fue.

Casi mes y medio antes llegamos a casa de mis padres mi hijo y yo, un 17 de noviembre, después de dejar al padre de mi hijo y de vivir una situación durísima de engaño. Al padre de mi hijo le dejaba con una mezcla de sentimientos, por un lado creía que mi pequeño y yo por fin íbamos a tener paz, nos iban a cuidar e íbamos a ser felices con otro hombre. Y por otro lado, estaba rota después de todo el sufrimiento vivido tras años de gritos, insultos y maltratos diarios. Pero sobre todo, después de que un indeseable hubiera jugado con mi corazón y mis ilusiones sacándome de una casa llena de dolor para dejarme a los dos días alegando que le molestaba mi hijo.

Mis padres me recogieron a regañadientes.

La casa de mis padres, jamás fue un espacio de paz. Mi vida corría peligro con demasiada frecuencia y en varias ocasiones desde mi adolescencia fui amenazada de muerte cuchillo en mano. No recuerdo cuándo ocurrió, pero puedo imaginar que mi madre pasó de ser una mujer normal, a un ser frustrado que sigue sintiendo hoy en día que el mundo le debe algo que se merece y nunca obtuvo. Todos los que la rodean tienen la culpa de su gran sufrimiento. De nuevo, ella jamás asumió la autoría ni el destino de su vida, ni tuvo respeto por sus hijas o lo tiene hoy por su marido, que la ama y no la juzga. El corazón oscuro de mi madre solo alberga dolor, sufrimiento y mucho odio.

Cuando he contado a algún terapeuta que mi madre nos pegaba a diario a mi hermana y a mí para descargar su tensión y que llegó a perseguirnos con cuchillos y martillos a punto de destrozarnos, y por suerte, parando en el último momento, o dejándonos alguna herida leve y física (la psicológica no sé si algún día se irá) siempre me hacen la misma pregunta, “¿por qué no fuiste a la policía?”.

De nuevo la educación obra: a mí me educaron en la absoluta creencia de que la policía eran esos señores que te llevaban a la cárcel si hacías algo mal. Y yo, que siempre me he considerado buena, no sentía ningún tipo de protección en ir a contar con ellos. Además, me educaron en la absoluta creencia de que me merecía cada golpe, cada vejación y cada insulto porque mi hermana y yo éramos las culpables de que mi madre se sintiera mal. La misma culpabilidad obra en mi padre hoy en día y en su no actuar.

¿Alguna vez te han dicho “cuidado no hagas eso que te lleva la policía”?

Todos los mensajes que lanzamos y recibimos conforman parte de nuestra personalidad. Descubrimos el mundo por nuestras vivencias. Y calculamos los impactos de otros del mismo modo. Pero pocas veces asumimos que lo que nos hacen sentir los demás tiene más que ver con nuestras experiencias que con sus acciones o comunicaciones.

Siendo yo una persona que ha vivido violencia desde la más tierna edad, habiendo tenido que sobrevivir estando más tiempo fuera de casa que dentro, desarrollé una fuerte necesidad de relacionarme socialmente y encontré en mis amistades ciertos remansos de amor y paz. Reconozco haber sido siempre una persona muy dependiente afectivamente porque en casa no había nada dónde rascar.

No quiero culpar a mi madre o a mi padre de las terribles experiencias por mí vividas. Entiendo que ellos también vivieron las suyas. En el caso de mi familia paterna no. Todo fue amor y dulzura por parte de mi abuela Lolita y mi optimismo vital les pertenece sin duda a ellos. Pero mi madre sufrió muchísimo de pequeña, en la adolescencia y hasta en los inicios de su matrimonio, de los que siempre culpó a la familia de mi padre porque ella no tenía las riendas de su casa. En la casa de mi abuela materna, y a pesar de la clase, el dinero y las cinco carreras de mi abuelo ingeniero, siempre hubo mucha violencia. Mi abuelo pegaba con frecuencia a sus hijos. Y mi madre y casi todos sus hermanos, han hecho lo mismo con las siguientes generaciones. De nuevo, lo vivido es lo que ha marcado sus vidas y su forma de comportarse con los demás. El respeto que ellos recibieron es el que ellos dan.

Aquí debo comentar algo, cuando mi madre de pequeña nos pegaba tanto y luego se echaba a llorar y decía que lo hacía por nuestro bien y que a ella también la habían pegado. Siempre era su padre quien lo hacía. El único hermano de mi madre que jamás pegó a sus hijos es el más pequeño. Curiosamente, el favorito de mi abuela, el que recibió más amor y menos golpes porque mi abuela lidiaba con su marido por él.

 

El amor lo cambia todo

Nuestra capacidad de amar, amarnos y amar a los demás nos convierte en personas empáticas, respetuosas y libres. Si todos pensamos en ser una mejor versión de la que nos enseñaron a ser, podremos cambiar toda una sociedad. Desde mi punto de vista es sencillo, antes de juzgar, piensa por qué. Cuando algo te haga sentir mal, pregúntate. Cuando te sientas herido por las palabras de otro, piensa si fueron buscando tu dolor o se soltaron al viento sin más. Si definitivamente, alguien te quiere hacer daño, apártate de su camino y piensa que tiene un problema por desear tu mal.

Llámame ilusa si quieres, pero creo que una persona sana, jamás deseará el mal ajeno. Y desde que lo leí me encantó la siguiente cita: “antes de juzgar a una persona, camina una milla en sus zapatos”.

 

Respeto

Con respecto a la crítica sobre estos artículos: lo lamento, pero hablo de mí vida y no sé cómo hacerlo sin ser yoísta. Jamás me he sentido superior a nadie, es una de mis virtudes o cualidades, puedo observar el mundo viendo lo mejor de cada persona antes que sus defectos. Siento un gran respeto por todos porque cualquiera podría ser un nuevo amigo, que es como ser parte de mi familia. Si explico las cosas es con ánimo didáctico, como haría cualquier profesor. Y por último, soy tan creativa que todo lo hago a mi estilo, así pasó con mi empresa, única en su momento y así hago con todo lo que me sale del corazón. Estoy absolutamente segura de que antes de que se crearan los actuales estilos literarios hubo un pionero que empezó a usarlos sin saber que luego serían un formato. Te aprecio y gracias por tus comentarios.

Estas Navidades quiero desearte a ti lector, mucho amor y paz. Y que el camino andado te sea tan permeable que puedas aprender de tus errores, de tus frustraciones y fracasos tanto como de tus grandísimos aciertos y alegrías.

Perdónate y perdona.

Feliz Navidad.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here