Aunque para algunos pudiera resultar chocante e, incluso, para otros rechazable, lo cierto es que, tras Sánchez e Iglesias, -en ese orden- los otros grandes beneficiados del debate de Investidura han sido los partidos de la oposición: PP, C’s y Vox. Objetivamente han obtenido una visibilidad y una difusión de sus planteamientos políticos de gran alcance que, en un momento de funcionamiento ordinario de la política, no hubieran logrado nunca. Más aún, incluso, que en una campaña electoral. Pero lo efímero es en sí mismo volátil y, además, odia la permanencia. Por ello las luces se apagan cuando baja el telón y las butacas se vacían. El espectáculo ha finalizado.

La cuestión ahora se ubica más en qué y cuánto ha quedado de la leal oposición tras el debate y cómo han quedado estas fuerzas y sus líderes. Todos estos partidos, PP, C’s y Vox, hicieron un gran esfuerzo durante los días del debate para obtener presencia, captar atenciones y brillo. Y gastaron en intentar su logro casi todo lo que había en su Santa Bárbara y hasta perdieron parte de su arboladura. Argumentos, razones, ideología, propuestas, ideas… Hay que reponer munición y que esta se adecúe al nuevo escenario de confrontación.

A día de hoy, Pedro Sánchez ha presentado un Gobierno en el que al frente de sus áreas neurálgicas aparecen personas, casi todas, con perfiles cuando menos respetables, elegidos personalmente por él. Otra cosa son los «ministerios casa de muñecas» que por su escasa entidad, proyección y capacidad de recorrido no merecen la atención.

Esos perfiles, precisamente, han sofocado parte del brillo obtenido por la oposición en los días del debate al ahuyentar al lobo que, según advertían, iba a venir a comerse los niños crudos. ¡Menos lobos! Quizá sí, algunos halcones.

Toda esta nueva y no esperada situación provoca reflexiones en el seno de los partidos que ya no apuntan a la inminente llegada de las 10 plagas.

Este domingo 12 de enero se podía leer en el diario El Mundo lo siguiente: «Teodoro García Egea: Propongo a Ciudadanos y Vox una oposición coordinada, sin mirarnos el ombligo». El número dos’ de Pablo Casado considera que Pedro Sánchez es presidente “únicamente” por la división del voto del centroderecha».

¡Vaya!, si esto fuera verdad cabría recurrir a una expresión muy castiza y que viene bien al caso: «Pues haber estado atentos».

¿Sánchez sin oposición?

No, no es cierto. El tripartito, pese al disgusto, sigue teniendo fuerza y capacidades, aunque quizá debería reorientar sus estrategias, juntas o separadas, y asumir que el debate se acabó y que ahora estamos ante una nueva realidad.

¿Puede el presidente Sánchez estar tranquilo respecto a una posible baja intensidad de la acción opositora? Pues no. Si, posiblemente, por la que le pudiera venir y de qué forma del trío PP, C’s, Vox y, en cualquier caso, temporalmente.

Pero hay otra oposición que no tiene diputados y sí una gran fuerza y una enorme capacidad de influir en las decisiones que adopten los gobiernos. Pertinaz, independiente y con una gran fuerza de voluntad. Es la economía, un verso libre en cuanto a los gobiernos porque cuenta con su propio poema.

El presidente del Gobierno inicia su mandato con varios frentes abiertos, la mayoría locales, pero que en casi todos los casos presentan la posibilidad de aportar un remedio casero. Otra cosa es el que se utilice y si este sana o empeora la adversa sintomatología.

Todo cierto, salvo en un caso, recurrente, que es la economía, ente disperso y repartido por todo el Planeta y con asentamientos en organismos internacionales, y supranacionales (FMI, BM, OCDE, UE…), en el oscuro mundo de los grandes capitales e inversores, la empresa y el trabajo, el equilibrio financiero y el PIB, los Presupuestos, los gastos e inversiones y la capacidad recaudatoria del Estado, en nuestro caso.

Por tanto, muchos a decidir, a exigir y a obligar, y un Gobierno obligado, en casi todos los casos, a cumplir. Añadir a todo ello unos compromisos adquiridos por el presidente Sánchez ante sus votantes y sus socios que implican un mayor gasto público, de nuevas partidas o revisión de las existentes.

Probablemente esta última sea la de más fácil disolución para el Gobierno porque el público ya sabe que los compromisos de los políticos no son, en muchos casos, más que una apariencia que llega a convertirse en una realidad, aunque ésta no exista. No es el caso de la subida de impuestos que ya veremos cómo se materializa y a quién le toca pagar el pato. Probablemente, a los ciudadanos, porque si se incrementa la presión fiscal a la banca y a la empresa éstas repercutirán esas cantidades sobre clientes usuarios de sus productos o servicios. Es la costumbre. Costes de producción, dicen.

Sí existe, sin embargo, el déficit presupuestario, 30.000 millones, una deuda agarrada al 100% del PIB como si fuera un percebe y unas cuentas de la Seguridad Social que «viven de otro», porque con sus propios recursos no llega a fin de mes. Una construcción y un sector inmobiliario que empiezan a oler a ladrillo quemado y un sector del automóvil con alguna válvula a punto de griparse. Y una banca en una situación preocupante en cuanto a su rentabilidad que nadie parece querer escuchar. Para concluir, y dejando fuera muchas otras consideraciones, el Turismo, el rostro amable de nuestra economía al que este último año 2019 se le ha visto tropezar en algunas ocasiones.

Algunos bancos internacionales apuntan a que la obra pública, licitada por el Estado, pudiera generar impulsos a la economía, pero estas inversiones incrementan el gasto público y podrían llevar al no cumplimiento de las exigencias de déficit fiscal dictadas por la Comisión Europea.

Necesariamente se debe abordar aquí el proyecto de situar el salario mínimo en 1.200€ mensuales que varias fuentes estiman que pudiera tener un efecto perjudicial en el empleo en hoteles, restauración, y otras actividades del sector servicios, actualmente el sostén de nuestra economía.

Es un laberinto

Así, que el Gobierno tiene en principio la potestad de hacer lo que estime oportuno, pero no tanto, por lo que parece, o no como quisiera hacerlo y no cuando lo desee. Vivimos en comunidad, para lo bueno y para lo malo y dependemos por tanto de actores externos ajenos a la acción gubernamental, dentro y fuera del país, y que, aunque no nos agrade, debemos considerar sus dictados disciplinadamente.

La economía tiene la costumbre de llevar a todos a su cama y visitar las camas de todos. No es conveniente, por tanto, y en ningún caso ser celoso ni pretender su compañía en exclusiva. Se puede llegar a sufrir mucho.

Es, la desleal oposición.

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