Érase una vez dos tipos muy cuadrados.
Literalmente de 4 lados y otros tantos ángulos.

Cansados de su existencia plana, emprendieron la aventura de reformar su vida hacia la plenitud y perfección que les inspiraba la circunferencia.

Después de examinar las alternativas desde todos los lados y los ángulos posibles (solo cuatro al momento para ambos), finalmente emprendieron dos caminos diferentes y opuestos.

«Lo que nos hace diferentes del circulo son nuestros ángulos, que generan lados» – argumentó un cuadrado – «Por ello me voy a desprender de ellos, uno tras otro, y alcanzaré la perfección».

Raudo se puso manos a la obra.

Le costó decidir por cual empezar, puesto que todos son iguales, pero finalmente lo hizo.
Inmediatamente se convirtió en un triángulo isósceles.
Mientras duró su etapa triangular, tuvo que aguantar las bromas fáciles de las demás figuras por tener no uno sino dos «catetos» y los trastornos bipolares de la hipotenusa, un día orgullosa de su noble descubridor, y otro deprimida por no conseguir ser más larga de lo que suman sus dos «catetos».

A la vista del panorama, el ex-cuadrado, optó por suprimir rápidamente el ángulo recto residual, convirtiéndose es una línea recta.

El resultado no le satisfizo en absoluto.

Cierto que ahora podía presumir de ser el camino más corto entre dos puntos, pero de golpe se encontró sin un área donde moverse, dos únicos puntos de vista en los extremos y ni un ángulo de perspectiva.

Se fue cansando de recorrer cada día la misma línea y con el tiempo fue acortando su camino, cada vez un poco más, hasta renunciar a salir del punto donde se encontraba.

«¡Eureka!» – exclamó – (algo que se le debió quedar pegado de su etapa de triangulo isósceles…)
«¡Conseguí la perfección!»

Finalmente ya no tenía ángulos, ni lados.
Sin moverse siquiera tenía visión a 360 grados.
Era lugar de paso de un numero infinito de líneas y planos.
Hasta amplió su influencia al campo de la literatura, donde sería quien tuviera siempre la última palabra.

Sin embargo no tardó en darse cuenta que para conseguir esta posición privilegiada, tuvo que pagar un precio muy elevado.
Renunció a su área.
Perdió su propia dimensión para pasar a ser una posición en el espacio, que existe solo en cuanto determinada en función de un sistema de coordenadas establecidos por otros.

…y que pasó mientras con el otro cuadrado?

Salió también en búsqueda del mismo objetivo, recorriendo otro camino.

«Ser cuadrado tampoco está tan mal» – razonó en voz alta – «tendré ángulos y lados, pero son iguales entre sí y no serán tema de disputa mientras así continúe»

Secundando su principio, el cuadrado decidió aumentar sus ángulos y sus lados, obviamente siguiendo el único criterio que le inspiraba confianza: elevándolos al cuadrado.

«Que diferente se ve el mundo desde 16 ángulos. A ver qué sucede si repetimos la jugada»

Continuando por este camino, alcanzó cada vez más ángulos y lados de lo que pudiera llegar a imaginar y cada vez estaba un poquito más cerca de alcanzar la soñada rotundidad.

Sin embargo después de muchas elevaciones al cuadrado, se percató que nunca llegaría a igualar la perfección de la circunferencia, con su equidistancia de todos los puntos del centro, hasta con su propio equipo de radio.

Asumido que nunca alcanzaría el objetivo por esta vía, a pesar de ello, siguió recorriendo el camino iniciado.

Aprovechando uno de los muchos ángulos de perspectiva adquiridos, decidió procurar disfrutar del viaje más que frustrarse por saber que no alcanzará nunca la meta.

Como todos las historias, esta también tiene su moraleja.

En algo los puntos, cuadrados y circunferencias están plenamente de acuerdo: no tomarse nunca demasiado en serio las parábolas. Siempre se salen por la tangente.

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