En mitad del alarmismo y la hipocondría colectiva suscitada por el coronavirus, dos mujeres fueron asesinadas ayer por sus respectivos maridos. María del Mar Castro, de 43 años, fue asesinada en Aznalcóllar (Sevilla) con una escopeta por su esposo, Eugenio Luque que, seguidamente, se suicidó tras cometer el crimen machista dejando tres hijos, dos de ellos menores de edad (4 y 15 años), huérfanos de madre y padre. No pasaron ni 13 horas cuando en Fuenlabrada (Madrid) Manuela San Andrés Atán, de 70 años, fue apuñalada por su marido y a pesar del trabajo de los médicos, nada se pudo hacer para salvar su vida. El asesino machista se autolesionó.

Datos oficiales confirman como crimen machista el primer caso, ya que el segundo sigue con investigación abierta a pesar de que el asesino confesó haber agredido a su pareja. En lo que va de 2020, de confirmarse el segundo caso, 13 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas por el hecho de ser mujeres, según datos oficiales. Si tomamos como referencia el recuento del portal Feminicidio.net, el número de crímenes machistas asciende ya a 20.

Si en apenas dos meses de año, ETA hubiese asesinado a 13 personas, el Estado habría destinado miles de millones de euros para la lucha antiterrorista. España está viviendo una crisis terrorista y nadie hace nada, a nadie se le ocurre implementar proyectos que ya están dispuestos para ser implementados para dar seguridad a las mujeres que son víctimas de maltrato que están en verdadero peligro de ser asesinadas. Sólo esta trágica comparativa daría argumentos para calificar a España como de un Estado cuasi fallido.

El coronavirus y el estado de pánico que se está generando demuestran cómo el terrorismo machista no genera impacto en la sociedad y, por tanto, no provoca la reacción punitiva inmediata por parte de los organismos responsables de ello. Para la violencia machista no existen mascarillas y parece que las recomendaciones no se toman tan al pie de la letra, como muchos toman las directrices para evitar contagiarse de un virus, que bien podría ser similar al de una gripe común, de la que, por cierto, también mueren miles de personas al año.

Según el Centro Nacional de Epidemiología, a través del Sistema de vigilancia de la gripe en España, en la temporada 2018-2019 murieron 6300 personas. Sin embargo, las 12 personas contagiadas de coronavirus en España parecen desatar la barbarie desde una suerte de histeria empática por la remota posibilidad de que la integridad de los cuerpos corra peligro.

De integridad física también entienden las mujeres que han sufrido y sufren la violencia machista que las maltrata y las asesina. En 2003 comenzaron a registrarse los casos de crímenes machistas de manera oficial y la cifra asciende 1.045. Feminicidio.net, que llevan desde 2010, han documentado 1.105 mujeres asesinadas por hombres en el Estado español.

El sarampión y el ébola han matado a más de 8.000 personas en el Congo en el último año, pero las pandemias de los pobres no interesan a Occidente. La empatía hipócrita y condescendiente del que solo se mira el ombligo y no es consciente de los problemas estructurales que suceden tanto fuera como dentro de su territorio, solo verá la realidad con las gafas alarmistas de la susceptibilidad al contagio final.

Esto no quiere decir que la sociedad no tenga que preocuparse o, al menos, ser precavida con las recomendaciones sanitarias que proponen. Pero el hecho de que hombres sigan matando a mujeres por ser mujeres, mientras un grupo de ultraderecha defienda el pin parental públicamente, sí es para desatar el estado de alarma de forma colectiva. María del Mar y Manuela podrían ser mañana su hija, su hermana, su abuela, su madre, su tía o su amiga. La violencia machista no distingue y es un problema estructural, aunque debamos mirarlo desde una perspectiva interseccional.

Miles de personas mueren a lo largo del año por una gripe común o por otros virus que no generan el acabose mediático que está generando el coronavirus. El 8 de marzo, como cada día del año, miles de mujeres saldrán a la calle para decir basta a una pandemia social que asesina con el patrocinio del sistema patriarcal y capitalista. Para evitar el machismo no existen mascarillas ni cuarentenas, sino educación, concienciación, seguridad y trabajo colectivo transversal desde la igualdad y la diversidad.

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