El primero de agosto, durante el desalojo por parte de la Gendarmería de una manifestación en reclamo de derechos de los llamados pueblos originarios en la localidad de Cushamen, en el noroeste de la provincia de Chubut de la Patagonia argentina, desapareció un muchacho que se llama Santiago Maldonado y hace dos días hubo una marcha en Buenos Aires para reclamar su aparición.

Ante la llegada de Gendarmería, algunos manifestantes comenzaron a cruzar el Río Chubut a nado para escapar. Según dijeron algunos testigos, Maldonado no sabía nadar, por lo que se trepó a un árbol, y luego habría sido alcanzado por la Gendarmería.

Santiago Maldonado, un chico que vivía en el Bolsón, en la vecina provincia de Río Negro, y trabajaba como artesano, fue a una manifestación y ahora no sabemos dónde está.
El Estado tiene la responsabilidad de garantizar la integridad física de todos los individuos que se encuentran dentro de sus fronteras. Punto.

Ahora, una serie de otras cosas: testigos dicen que Gendarmería se llevó a Santiago Maldonado. Había manchas rojas, posiblemente de sangre, en la camioneta de Gendarmería. Se hicieron pericias, que arrojaron resultados negativos: no era sangre de Santiago Maldonado.

El caso cambió su carátula en los tribunales: a raíz de una denuncia contra el Poder Ejecutivo, fue recaratulada como «Maldonado, Santiago s/ desaparición forzada», porque esa hipótesis se investiga desde el comienzo, no porque se haya demostrado un plan para hacer desaparecer personas.

Y después, la instrumentalización de algunos periodistas, políticos y demás, que buscan relacionar a la administración con la última dictadura que sufrimos en Argentina, lo cuál es insostenible y es, además, profundamente irresponsable.

Para desgracia de la República, en el año 2006, Julio López, exdetenido durante el último gobierno militar y testigo que estaba por declarar en una causa contra Miguel Etchecolatz, expolicía durante el Proceso, desapareció y nunca más volvió a su casa. ¿Lo hizo desaparecer la policía? ¿Lo asesinó la llamada mano de obra desocupada, es decir matones a las órdenes de alguien a quien López pudiera perjudicar en su declaración?

Cuando en 2013 el represor de la dictadura César Milani fue nombrado Teniente General del Ejército, varios nos sorprendimos e indignamos. ¿Y si en lugar de Cristina, a Milani lo hubiera nombrado Macri? ¿Y si la frase «si fuera un genio, haría desaparecer algunos» en lugar de Cristina la hubiera dicho Macri?

En cualquier caso, el Estado también era responsable de la desaparición de López y del juzgamiento a Milani, que en lugar de una sentencia recibió un ascenso, y no hubo intenciones de relacionar al legítimo gobierno de Cristina Fernández con el de Jorge Videla, porque de ningún modo son lo mismo.

Seguimos, de alguna manera, preocupándonos más por ver quién está en el poder, a ver si salgo a reclamar o mejor no, que por lo que concretamente sucedió, por lo que concretamente sucede. Seguimos creyéndole al líder y nos veo cada vez menos críticos y más fanáticos, alejándonos de a poco. Mientras tanto, pasan los López y los Maldonado.
El Estado, no importa quién esté administrándolo, debe garantizar la integridad de todos los individuos.

No, señor argentino: le guste este gobierno o no le guste, es totalmente delirante relacionarlo con una dictadura.
No, señor argentino: si Maldonado tenía tres teléfonos móviles y si pertenecía a tal o cual agrupación y si era un espía de Daesh, a las instituciones les da igual: debe aparecer con vida.

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Nicolás Fuster nació un martes en Buenos Aires. Se buscó en Argentina, el Reino Unido, Bélgica y Luxemburgo. Estudió música y trabajó en una librería. Tiene una relación extramatrimonial con la Literatura y es un lector desordenado. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en Sapienza (Roma).

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