Nos hallamos en un momento inusual en la política de los Estados Unidos. La mayoría republicana en el Senado está en absoluto desacuerdo con Trump desde hace casi medio año. Estos senadores ya se están acostumbrando a ser los que apaguen los fuegos que provoca la impulsividad del presidente, pero son conscientes de lo difícil que es pararle.

Estas tensiones tuvieron un punto de inflexión cuando Michael Mulvaney tomó las riendas de la oficina de personal de la Casa Blanca y asesoró a Trump para que provocara el cierre del gobierno que los senadores no querían o para que declarara la emergencia nacional para poder optar a los fondos que el Congreso le había negado para la construcción del muro fronterizo con México.

Los senadores conservadores, además, no se esconden en sus declaraciones a la hora de atacar a Mulvaney. Éste presionó a los republicanos para que presentaran un plan que sustituyera al Obamacare. El portavoz de la mayoría del Senado, McConnell dejó muy claro que los republicanos no harían tal cosa.

La tesitura política actual hace que el Partido Republicano tenga que luchar día a día para que Trump no les lleve a legislar sobre asuntos que no quieren. Los enfrentamientos son constantes y en asuntos tan dispares como las tarifas del acero o los constantes despidos que la ira de Trump provoca cuando la gente sobre la que tiene control se opone a sus locuras.

Sin embargo, hay asuntos que son más graves y que pueden afectar gravemente a la paz mundial como, por ejemplo, las consultas iniciadas sobre si Estados Unidos tiene legitimidad para declarar la guerra a Irán, algo que ya hizo John Bolton al solicitar un informe al Pentágono para evaluar la posibilidad de una invasión del país persa.

El último gran enfrentamiento lo han tenido por la recomposición del Departamento de Seguridad Nacional ya que los senadores republicanos se temen que Trump va a pretender imponer a personas que estén de acuerdo con sus decisiones y sus planteamientos, es decir, fanáticos. Esa es una línea roja que los legisladores conservadores no quieren cruzar, sobre todo porque conocen las funestas consecuencias que podría tener.

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