Llamaron a la puerta con unos golpecitos suaves, el timbre volvía a estar estropeado. Matilde recogía la mesa, el fregadero ya rebosaba de platos sucios y la mosca de todas las tardes comenzaba a zumbar. Lo imprevisto de la visita hizo que Matilde olvidara su diaria maldición por no tener lavavajillas. Abrió la puerta sin mirar mientras se preguntaba qué coño hacía con el bote de ketchup en la mano. Al levantar la vista, le dio un vuelco el corazón: era una mujer alta, rubia, impecable, como una aparición en el oscuro rellano; con un gesto extraño en la boca, una mueca rebosante de carmín a medio camino entre la sonrisa y la amargura.

  • ¿Vive aquí Julián Ramos? Uy, voy a entrar, aquí hay corriente– dijo. Y ya estaba dentro. Matilde tuvo que recular, incapaz de oponer el más mínimo reparo a que pasase, a pesar de no saber quién era.

No pegaba nada con la cocina. Ni su melenita dorada, intacta a pesar de la corriente de la puerta, ni su traje impecable pegaban con los hilachos del mantel a cuadros; y mucho menos sus increíbles tacones de aguja, buscando sitio sobre el linóleo medio despegado. La mujer se sentó, pero para tranquilidad de Matilde ni por un momento buscó apoyó en el desencolado respaldo de la silla y comenzó a hablar sin mirarla, con los ojos perdidos en algún punto indeterminado entre la fregona y el cubo de basura.

  • Supongo que le extrañará mi visita, pero escúcheme, escúcheme y seguro que me entenderá. Muchas cosas nos separan, pero, al fin y al cabo, usted también es madre. Su hijo tiene 19 años ¿verdad? El mío tiene 20, hace quince días lo atropelló una moto. Es un chico estupendo, un hijo maravilloso: inteligente, alegre, cariñoso… Me adora.

Un gesto de asco cruzó por la cara de la mujer cuando su ojos se detuvieron sobre el bote de ketchup que Matilde aún sostenía entre las manos.

  • Seguro que a su hijo le gusta, ¿eh? –reaccionó-, el ketchup, digo. A mi Borja le encanta… Le atropelló un demente ¿sabe? Salía del hospital, acababa de donar sangre, lo hace de vez en cuando. Según él, la salud es un bien que hay que repartir… ¡Tiene unas cosas!

A Matilde casi se le sale el corazón por la boca.

  • ¿Cómo nos ha localizado? –fue capaz de preguntar.
  • Eso importa poco, ¿no cree? – dijo la mujer- Supongo que se imagina por qué he venido.

Y comenzó a presionar con un dedo, una a una, las migas que quedaban sobre el mantel. Matilde no podía dejar de mirar sus manos de uñas largas y rojas: prendía las migas con la yema del dedo y las iba dejando en el plato que aún quedaba en la mesa. Matilde tenía taquicardia, comenzó a mover el ketchup para espantar la mosca, que revoloteaba por la boca del tarro.

  • Pues no, no sé por qué ha venido. No sé que podemos hacer nosotros…
  • Mucho, no lo dude. Como verá, no vengo a pedir dinero, ni la ley lo permite ni me hace falta. Vengo a rogarle que me devuelva la sangre de mi hijo.
  • ¿Cómo?, ¿cómo dice? – balbuceó Matilde mientras dejaba el ketchup en la mesa.

La mujer había dejado el mantel limpio de migas, ya estaban todas en el plato, y la mosca se entretenía también con ellas. De vez en cuando, la mujer cruzaba y descruzaba las piernas, unas piernas largas que a Matilde le parecían de anuncio de medias y que, con un olvidado y coqueto pudor, le obligaron a esconder sus pies de zapatillas rotas debajo de la silla.

  • No voy a entrar en pormenores. Después de arduas averiguaciones, he sabido que su hijo recibió la sangre del mío. Sé que la necesitó hace unos meses y que le pusieron la de mi Borja. Ahora su hijo está bien, seguro que me puede devolver la sangre que él le donó…

Matilde se levantó para quitarse el delantal y volvió a la silla, la mosca zumbaba de nuevo sobre el ketchup, machaconamente.

  • Pero… eso es imposible –murmuró
  • No, nada es imposible. Sólo quiero que me la devuelva. Quiero que mi Borga la recupere. Ya está en casa, pero sé que la necesita, se ha quedado muy desmejorado, pálido…
  • No la entiendo, qué quiere que le diga –dijo Matilde.

La mujer encendió un cigarrillo como una actriz de la que Matilde no recordaba el nombre. Mientras fumaba, el rojo de sus labios iba marcando el filtro de tal forma que parecía encendido por los dos extremos.

  • Mi Borja es muy generoso, mucho. Espero que usted también lo sea -dijo-, y exhaló una suave bocanada de humo.
  • Pero… ¿qué quiere usted hacer con la sangre?
  • Pues que vuelvan a ponérsela. No quiero que le pongan la de cualquiera.

Matilde se levantó de nuevo para abrir el grifo del fregadero, no la importó que el agua la salpicara.

  • No sé qué decirle… –dijo mientras se humedecía las sienes, la frente y el escote- Supongo que a Julián no le importará. Ahora está bien… Pero depende de él… Julián también es generoso, a su modo. No es un chico malo, ha tenido mala suerte, ¿sabe?, pero desde el navajazo, cuando lo de la sangre, parece que está más formal, se llevó un buen susto, a veces no hay mal que por bien…
  • No siga. Si usted está dispuesta, no habrá problema. Usted le convencerá, conque su hijo la quiera una décima parte de lo que me quiere mi Borja, seguro que la complacerá. Es lo primero que quería saber. Ahora,  me gustaría hacerle unas preguntas.
  • Bueno, usted dirá –concedió Matilde, sentada de nuevo frente a la mujer.
  • Sé que este barrio es conflictivo, ya me entiende. Su hijo, ¿no será drogadicto, verdad?
  • ¿Julián? No, no… él, tiene sus cosas, ya le digo, pero…
  • ¿Y homosexual?, ya sabe… mariquita.
  • ¡Por Dios! No señora, ni hablar.
  • Bien, entonces la sangre aún estará sana, sin contaminar. ¿Y tiene novia?
  • Bueno, anda con una chavala…
  • ¿Extranjera?, quiero decir ¿inmigrante?
  • Bueno, sus padres son de Albacete, pero ella nació aquí, se conocen desde niños, es muy buena chica…
  • De acuerdo – zanjó la mujer- No necesito saber nada más. En el hospital ya me dijeron que era un chico sano… por lo menos entonces, y si usted me asegura que sigue así, le daré un voto de confianza.
  • Claro, claro. Muchas gracias –afirmó Matilde.

La mujer comenzaba a reparar con disimulo en lo que la rodeaba. Sus ojos recorrían el fregadero aún sin recoger, las sartenes sobre la cocina, las salpicaduras de aceite en los azulejos. Matilde tamborileaba con el pie sobre el suelo.

  • Aún tengo que pedirle otra cosa –continuó-.
  • Pues venga, usted dirá –dijo Matilde.
  • Estoy sufriendo mucho, odio los hospitales ¿sabe? Y entre el atropello y averiguar los datos de su hijo he tenido que pasarme unas cuantas mañanas allí. No quiero volver.
    1.       Hizo una pausa cerrando los ojos, como para recuperarse de sus recuerdos.
  • Le voy a dejar un frasquito, es un recuerdo familiar y quiero que lo llenen con la sangre de su hijo, bueno, de mi hijo.

Abrió lentamente el bolso y extrajo con cuidado un frasco de cristal envuelto en papel de seda y se lo entregó a Matilde.

  • Quiero que su hijo vaya a sacarse la sangre y que la pongan aquí,  –susurró-. No tengo fuerzas para volver a respirar el horrible olor de un hospital. Le ruego que usted misma acompañe a su hijo y la guarden en este recipiente. Yo vendré a recogerla en cuanto esté, y un médico amigo de la familia se la pondrá a Borja.

La mujer se levantó y fue hacia la puerta sin esperar a que Matilde la acompañara. Estaba absorta en el frasquito que tenía entre sus manos, lo miraba sin reaccionar, abrumada por la fragilidad del cristal.

  • Tendrá que guardarla en el frigorífico, por supuesto. Confío en usted, no me defraude –dijo la mujer al salir de la cocina.

Matilde sintió la maldita corriente que se formaba cuando se abría la puerta de la calle y, tras unos segundos de desconcierto, sostuvo el frasquito de cristal sobre el fregadero y comenzó a llenarlo de ketchup, luego abrió el grifo, lo completó con agua y lo agitó. Se sentía satisfecha al mirarlo al trasluz. Lo colocó en el centro de la mesa y enseguida la mosca reapareció para revolotear sobre él. Matilde no se molestó en espantarla, los platos sucios se amontonaban, aún tenía tarea  por delante.

  • Lástima de lavavajillas –gruñó.

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