martes, 22junio, 2021
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Dolors Montserrat y los ‘peta-zetas’

Error o mentira

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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análisis

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En un artículo anterior daba mi opinión sobre el lenguaje de Casado y Rivera, a su uso del término “golpistas” como corrupción del lenguaje.

Creo que el hecho de mentir, en cualquier relación comunicativa, crea un contexto que impide el diálogo, no ya para llegar a un acuerdo, sino como simple intercambio de argumentos. Y el tipo de lenguaje que uno utiliza también puede usarse para enmascarar la posición de uno ante un problema o situación. Me refiero a que el lenguaje del PP y Ciudadanos esconde una negativa a establecer cualquier tipo de diálogo. Mentir, aseverar que algo falso es verdadero (por ejemplo, que hablando castellano en Barcelona corres el riesgo que te agredan), en este caso, cierra la puerta a un diálogo. Porque, aunque no lo digas públicamente, sí que le estás diciendo a tu interlocutor que no hay nada a dialogar. Pues, ¿qué conversación puede tener usted con alguien que le miente directamente? En el fondo, usted sabrá que poco le importa al otro lo que usted pueda decir, incluso lo que ocurra o no. Muchas de las preguntas que lanzan Ciudadanos y PP a Pedro Sánchez en el Congreso o a través de sus medios, no requieren una respuesta. Son meros eslóganes que, en el fondo, no van dirigidas a su interlocutor. Uno mira la expresión de Pedro Sánchez y le da la sensación que piensa que no hay nada a responder, que es igual, indiferente, no hay “diálogo” posible. También me ocurre a mí al oír decir según qué cosas al mismo Pedro Sánchez. Supongo que les ocurre a ustedes al oír según qué discursos independentistas. A veces creo que estamos gobernados por monologuistas… que no pasarían ni el primer casting.

El hecho de no ver nunca un político rectificando, contrasta con la vida real de las personas, plagada de rectificaciones y admisión de errores para poder ir avanzando. Esa no rectificación también se relaciona con la mentira. Casos Ere, Gurtel, los másteres, etcétera, acaban siendo extraídos del mundo de la política para ser una cuestión de unos individuos en particular. Pero, políticamente, no hay una rectificación, no se modifica ni varía lo que ha dado

lugar a todo ello, sino que se carga sobre unas personas (muchas veces, expulsadas del partido para que dejen, así, de ser “clase política”), y solamente es cuestión de tiempo que vuelva a ocurrir. O ya está ocurriendo y es cuestión de tiempo que se descubra. En este sentido, la política vive en una mentira por omisión: salvaguarda (omitiéndolo) un problema estructural permisivo con su mala praxis extrayendo, de esta estructura, casos concretos.

Y no es lo mismo mentir que equivocarse. El error es productivo, pues su aparición conlleva el reconocimiento de lo cierto. Tal vez por ello a un científico le sea más fácil decir que se ha equivocado, porque eso implica el desvelamiento de una verdad. No es necesario que un físico, al re-conocer que una ley no es cierta, sepa automáticamente cuál es la verdadera, porque demostrarse que una ley no es cierta ya es, en sí, una verdad. Una verdad que “permite” ir avanzando. La ciencia no miente, se equivoca. Y la política, para no tener que reconocer que se equivoca, miente.

LOS PETA-ZETAS

Es interesante apreciar que, cuando uno miente, la estructura de su discurso ya no se sustenta sobre la realidad, ni siquiera sobre una interpretación de esta. Cuando uno miente, la estructura de este mismo discurso debe sostenerse sobre el mismo lenguaje. Y esto es un peso extra, fácil de soportar en un Twitt, o en frases cortas lanzadas a los medios como eslóganes, pero sostenerlo durante todo un discurso, es muy difícil. Se requiere mucha desfachatez o desdoblar el yo en otro yo que habita en la mentira (y que suele devorar al primero). Pero, si no se llega a ese extremo casi patológico, el discurso se tambalea, y a veces toda la estructura se desmorona. Eso, en parte, podría ser lo que le ocurrió a Dolors Montserrat, portavoz del PP, en su ya famosa intervención en el Congreso. Un discurso que, paulatinamente, se va desmoronando hasta perder todo significado. He oído que los expertos lo achacan a demasiados puntos a tratar en su guion, a no calcular bien los tempos del discurso. Son expertos, y suponemos que tienen razón. Pero también podríamos preguntarnos si, en este discurso, lo relevante no es lo que dice, incluso si las cosas que dice son verdaderas o falsas, sino que “el discurso en sí” es una mentira: no hay la intención de hacer un discurso, sino simplemente servirse de este. Es una mentira “estructural”. Es decir, no se pretende hacer un discurso, sino llenar el Congreso de twitts, una explosión de píldoras comunicativas que a la portavoz del PP le acabaron estallando en la boca como unos peta-zetas desordenados.

Este sistema comunicativo que se está adoptando, basado en pequeñas cápsulas o píldoras, post-its que se cuelgan en el ahora-mismo, me parece un sucumbir de “el decir” frente a “lo dicho”. Es aquel periodista que busca desesperadamente arrancarle un titular al entrevistado. Es el político que llega a la entrevista con sus frases hechas almacenadas en el cerebro, esperando el momento oportuno en que soltarlas. Es, también, el que lee solamente los titulares de las noticias. Es el debate televisivo o radiofónico donde, en media hora, se tocan veinte temas (se “tocan”, se toca un “lo dicho” y luego se pasa a otro sin que haya un decir).

Un servidor opina que lo anterior se ve, sobre todo, en PP y Ciudadanos; un poco menos en el PSOE; y menos en Podemos o en los políticos independentistas (aunque aquí tenemos el “Fem República”). Y no les niego que es muy probable que lo vea así porque mi sesgo ideológico, en parte, debe cegarme. Pero, más allá de esto, pienso que es un sistema comunicativo des- humanizador, que el hombre reside más en “el decir”, porque ese decir incluye el otro, el de en frente, y requiere respuesta y establece la posibilidad de diálogo. Esta supremacía de lo dicho, suelta y acabada, y, por tanto, total en sí misma, deviene totalitaria. Dice Lévinas que <<el totalitarismo político reposa sobre un totalitarismo ontológico. (…) Neutro anónimo, universo impersonal, universo sin lenguaje>>. En el discurso roto de Dolors Montserrat, no hay lenguaje, no hay un “decir”. Y esas frases o píldoras que lanzan Casado y Rivera, son “impersonales”, en cierto sentido anónimas. No sé si han visto unos juegos que circulan por internet: salen frases y uno debe decidir si son de Casado, Rivera o Primo de Rivera. No es tan sencillo acertar.

Pero, ¿por qué se miente? ¿Cuál es la necesidad que lleva a ello? A primera vista, incluso parece que mentir pueda ser un acto de libertad, “mentir libremente”. Aunque un servidor no lo cree, por dos razones:

Primera: Un servidor piensa que la libertad propia está directamente ligada a la libertad del otro. Que, si uno es libre pero el de al lado no, uno no es enteramente libre. Porque la libertad presupone poder actuar libremente (y aquí, pensar, también es un acto), y actuamos socialmente, hecho que nos interrelaciona con la libertad del otro. Así, la falta de libertad del otro “afecta” nuestra libertad.

Segunda: Se miente (si no es una patología compulsiva) por “necesidad”. Y, entonces, el que miente no es libre, porque está sujeto a esta necesidad, una necesidad que pasa por encima de la verdad (o de sus interpretaciones). El fin justifica los medios: ¿recuerdan a Rubalcaba diciendo hace unos meses que el Estado estaba dispuesto a todo frente a la reivindicación catalana? Por un lado, muchos lo tomaron como una amenaza a nivel de fuerza, pero también podría interpretarse como que el Estado estaba dispuesto a mentir, cargándose con ello la libertad de información y de pensamiento del pueblo. Por un lado, dirán que el Estado se defiende al ser atacado (esto se ha dicho mucho), pero también podría ser que la “necesidad” de la mentira no fuera para con el Estado, sino dirigida a los votos de la gente (obtenerlos, conservarlos) para mantenerse en el poder. Hablamos de manipulación.

El que miente, aparte de ser menos libre, sustrae libertad al de enfrente, el que escucha. Porque el que escucha ya no es libre para formarse una opinión propia y crítica, y pasa a estar afectado por esa “necesidad” del mentiroso (aunque el que escucha ignore cuál es esa necesidad). El lector ante un medio que miente, o el oyente ante un político que miente, es esclavo de las necesidades (ocultas o no) de ese medio y de ese político. Esa necesidad de la mentira que se apega a la clase política, es la que luego se aprovecha con conductas ilícitas como las de Villarejo: el juego es doble: por un lado, el chantaje que se le hace al político mentiroso (la corrupción es una mentira en

la praxis política); por otro lado, la pulsión del pueblo por “conocer la verdad”, y no la verdad en un sentido objetivo, sino la de cada político individualmente. Pero, nosotros mismos, como individuos, tampoco tenemos una verdad oculta, tampoco una grabación de algo que dijimos en una conversación privada tiene porqué definirnos. Y caemos de nuevo en ese alzamiento de lo particular (algo dicho en una grabación ilícita) olvidando que hay algo estructural que permite una mala praxis generalizada.

Se ha establecido tanto la mentira en el discurso político que, incluso, se ve como ingenuo pretender que los políticos no mientan. Pero, y solo es una opinión, lo verdaderamente ingenuo es no darse cuenta de por qué pensamos esto: simplemente, porque aceptamos las mentiras de los nuestros cuando es conveniente. Y la aceptación de la mentira de “los nuestros” siempre encuentra donde justificarse. Tal vez, una posible salida sería adelantarse a la “necesidad” de la mentira y que un político, de vez en cuando, explique que se equivocó, que hizo las cosas mal, por esas y otras razones. Que dé explicaciones al pueblo. Y esto podría evitar que tenga que explicar mentiras como una “necesidad” para ocultar un error. Y sí, es verdad, parece ingenuo.

Decía al principio que el error es productivo. Se ha de ser muy engreído para pensar que no es así. O muy temeroso de sus consecuencias. O pertenecer a esa élite política que piensa altivamente que “el pueblo no lo comprendería” e, incluso, que “no es necesario que el pueblo sepa o comprenda”. Uno mismo, que es independentista, no sabe muy bien incluso dónde colocar los políticos que lo representan. Porque, esa distancia entre sus actos y sus palabras (por ejemplo, rectificar —y me parece muy bien— sin decirlo), demuestran que, al fin y al cabo, también mienten.

Tal vez Casado-Rivera & Co mientan a la sociedad española respecto a lo que hacen los otros, pero los políticos independentistas mienten a los suyos respecto a sus propios actos. Total, deben pensar, cada uno de ellos, que la gente del pueblo somos tonta, o que al final les perdonaremos para no debilitar la causa que defienden (que, en teoría, es la nuestra). Perdonar, aquí,

es lo mismo que hacer ver que ignoramos cómo nos mienten. E ignorar lo que uno sabe del otro, cuando esto que sabe es que el otro le miente, es como entregarle nuestra libertad para que juegue con ella. Aunque sea entregarla a “los nuestros”.

Y luego, claro, hay los que se lo creen. Y parece ser que, todo junto, a los políticos les compensa.

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