El Estado español lleva años encabezando el ranking de divorcios en Europa. Según el INE, se rompen, desde la boda o unión de hecho, siete parejas de cada 10. La convivencia dura un máximo 16 años de media. Desde la segunda Ley del divorcio española de 1981 se han divorciado casi tres millones de parejas. La primera se promulgó en 1932; se derogó en 1939.

Las dos normas prodivorcio fueron, durante la Segunda República y transición tras el franquismo, tenazmente contestadas por la jerarquía católica. Invocaron, en sendas ocasiones, la indisolubilidad del matrimonio, la orfandad afectiva de hijos tras la ruptura, el ‘maldito’ pecado y normas canónicas. Éstas –debe decirse– sólo alcanzan al clero, son inaplicables entre desposados. Llamativamente, sacerdotes y monjas no se casan, ni pueden procrear según un estado foráneo (Vaticano) al que obedecen quienes son parte de la plantilla eclesial. Más llamativo.

La Ley de Divorcio de 1981 se promulgó durante la presidencia del inolvidable Adolfo Suárez. La concibió su Ministro de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez. Se consideró progresista y protectora de la parte más vulnerable antes, mientras y cuando se sentencia el divorcio judicial: madre y descendientes. Interminables trámites y requisitos de una justicia lenta la hicieron poco operativa. Al tiempo, profesionales libres del derecho se reinventaron como expertos en familia, jurisdicción que ahora hasta tiene órganos singulares. Pero colapsados por la conflictividad existente.

Desde la reforma legal del presidente José Luis Rodríguez Zapatero (conocida como del ‘Divorcio Exprés’), en 2005, separarse es más ágil. Ni hace falta alegar causa, ni dejar de convivir previamente. El litigio bascula sobre lo mismo: madres, parejas o esposas vulneradas e hijos/as a la deriva económica y afectiva. El abuso es, lo veremos, omnipresente. Sin exclusiva de faldas o pantalones. Las trampas, trucos y recovecos legales más una jurisprudencia que usan los letrados contendientes, según les convenga, hacen el resto.

Los pleitos sobre el divorcio de casados o ruptura de parejas ‘de hecho’, incluyendo seres del mismo sexo -pueden desposarse desde 2005- en España, decíamos que colapsan nuestros juzgados de familia. Algo les alivian los divorcios no contenciosos. Pueden tramitarse en notarías donde, igualmente, se escrituran bienes y fijan pensiones tras acuerdo de ruptura.

Es decir, los números del divorcio en España, su relevancia e influencia social no son datos vacuos. No debemos buscarlos sólo en expedientes judiciales civiles. Al fenómeno debemos añadir incontables delitos que se cometen en procesos de ruptura más los singulares de violencia de género (VdG). Esta es una nueva jurisdicción donde se ventilan divorcios muy conflictivos amén de conductas especificadas en el vigente Código Penal.

 

¿Ganadores, perdedoras?

Popularmente se oculta, pues los latinos esquivamos la adversidad endilgando culpas a extraños, que el divorcio es sinónimo de fracaso de dos personas que finiquitaron afectos y plan de vida. No es azaroso lo afirmado. La cultura anglosajona, luterana y liberal contempla el error como experiencia que ayuda a superar obstáculos futuros, herramienta para crecer personalmente u oportunidad para hacerlo bien tras fallar. Los angloparlantes llaman ‘looser’ al perdedor/a o ‘winner’ al ganador/a. Tales conceptos deben entenderse en un plano de sana competencia.

El ‘divorcio exprés’ concentra todo en una vista judicial. Le suceden procesos interminables y costosos, como la liquidación de los bienes tras la ruptura

Traducimos. En la patria de Cervantes el macho ‘ganador’ se hartó de una mala persona ‘perdedora’, por lo intuido del machismo sociológico. Vuelven a perder las mujeres esta batalla como víctimas. El ‘qué dirán’ social inclusive da juego y justifica conductas insólitas en seres apacibles. El divorcio crispa al más tranquilo/a, crea bandos familiares y, entre amistades, inventa infamias y saca del armario a quien nunca estuvo allí. Nos interrogamos por más ‘perdedores’: ¿Qué hacemos con hijos/as, menores, emancipados? Aquí hay otro quid del divorcio patrio.

La batalla del divorcio que mantienen los litigantes causa daños a las partes en pugna. Lo ve cualquiera, excepto los contrincantes. El ‘divorcio exprés’ concentra todo en una vista judicial. Le suceden procesos interminables y costosos, como la liquidación de los bienes tras la ruptura cuando éstos se adquirieron mientras duró la convivencia. Quienes luchan encarnizadamente el divorcio se empobrecen pagando pensiones, alquileres y honorarios de letrados, procuradores, peritos, psicólogos, etc.

En España muchos divorcios tormentosos podrían evitarse si se pactaran acuerdos prematrimoniales. Ahí pueden plasmarse los escenarios posibles tras el cese de la convivencia. Más económico, y sensato, es suscribir capitulaciones matrimoniales (separación de bienes) ante notario cuando el afecto, cariño y amor están intactos. Dicha alternativa es especialmente recomendable cuando hay desequilibrio patrimonial o de ingresos, o los dos, de quienes integran la feliz pareja. Es imperativo hacerlo en frío, antes que rutinas, desamores o terceros/as lo estropeen y suban las temperaturas.

Más frío, aunque efectivo, es acordar la separación mediante una novedosa aplicación de móvil llamada ‘Iurisfy’. La inventaron los abogados Ángel García, Carmen Cabalga y Ximena Bernaldo. Trámites y propuestas pre-divorcio se hacen telefónicamente, sin visitar bufete alguno. Los interesados, para culminar el proceso, acuden al juzgado -o delegan en su procurador- para ratificar el pacto alcanzado. La sentencia está en días.

Lo más penoso es que, en juzgados, salpique el odio que antes fue todo lo contrario. La crisis global que sufrimos desde 2008/09 aminoró el volumen de divorcios por el empobrecimiento generalizado, penalidades que alcanzó a la clase media, austeridad del gasto, despidos y descenso de ingresos.

Eso fue una bomba muda. Estalló con la recuperación que repiten que gozamos políticos y economistas de salón. Subió el número de divorcios. El alza del consumo vitalizó nuevas parejas sobre otras fragmentadas. Eso dicen los expertos. Pero callan ante las consecuencias económicas, sociales y emocionales de madres, ex parejas e hijos/as del divorcio. Llegados hasta aquí, vale aquella máxima de ‘a río revuelto, ganancia de pescadores’.

 

El negocio de la separación

La emancipación laboral, económica y social de la mujer, la poca tolerancia que sustenta el concepto de pareja actual, el frenesí sexual que a los 40, 50 y 60 años se cree mantener desde los 20 y 30 posibilitaron que separaciones y divorcios se multiplicaran hoy por hoy. No obviamos la infidelidad (30% de mujeres y 42% de hombres, según IFOP) que rompe y traumatiza más.

En las rupturas más conflictivas los juzgados sólo dictaminan quién conserva el uso del hogar de la pareja rota y custodia los menores, si los hay. También, se establecen pensiones alimenticias en función de ingresos y nivel de vida de la pareja para quien debe afrontarla. Una pensión compensatoria la cobrará quien salga más desequilibrado económicamente tras la ruptura. Las beneficiarias de esta última, lógicamente, son mujeres.

Como la igualdad empató las custodias parentales de hijos menores de edad, éstas pueden ser compartidas entre progenitores. Antes, la exclusiva oficiosa era de la progenitora, que percibía pensión alimenticia en su cuenta. Ahora, y en menor volumen, la compensatoria se otorga, pero con más requisitos que antaño.

Pues bien, ahora muchos padres demandan compartir custodia para no pagar un céntimo de alimenticia. Esta realidad trae incontables pleitos pues el derecho de todo padre se convirtió, en gran número, en picaresca para no pagar. Se juega implícitamente con la cercanía afectiva y biológica madre-hijo/a/os. Las angustiadas progenitoras rebajan, ante la ‘compartida’, sus pretensiones económicas. La igualdad por norma atrae más trampas que visión y talento para superar un fracaso que se llamó pareja.

El régimen de visitas para el progenitor no custodio es otro punto de conflicto cuando se quieren ampliar, restringir o bien alguna de las partes ya no vive cerca de sus descendientes. Los pleitos a cuenta de este tema son incontables. Muchos divorciados consideran la custodia total para la madre como un ‘secuestro legal’. Normalmente, sólo pueden ver a los menores fin de semana alterno, la mitad de vacaciones, de Semana Santa y Navidad.

Otro tema espinoso es que la ex pareja vive en el antiguo hogar con nueva pareja aunque los gastos e hipoteca los paga al 50% el progenitor no custodio. El nuevo amor de la ex pareja ‘gratis total’. Un negocio redondo para divorciados profesionales, por lo general ‘insolventes’ para pagar pensiones derivadas de otro divorcio. Todos los líos indicados debemos traducirlos en minutas de honorarios según el mercado matrimonialista.

Ahora tocan los psicoterapeutas. En menor medida intervienen peritos, graduados/trabajadores sociales y tasadores. Los detectives ‘aparecen’ cuando algún litigante niega evidencias o se precisan pruebas tangibles.

Contratar psicólogos y psiquiatras es habitual en conflictos de quienes compartieron alcoba. La conducta y realidad de los contendientes y menores cambia a peor. La terapia, dictámenes y periciales de estos profesionales son esenciales en trazar el perfil de progenitores o la adjudicación de custodia de menores, por ejemplo, ya sean por mandato judicial (equipos psicosociales) o privados. La psicología del divorcio, no obstante, es muy interpretativa. Lo empírico es superado por burócratas interinos de ‘equipos’ con poco tiempo, colapso y modelos pre-escritos para resolver.

Si alguien no cree lo escrito hasta aquí puede navegar en la red y contemplar la subasta de precios que hay para divorcios por bufetes más o menos expertos en la materia. Qué decir de psicólogos prestos a consultar y dictaminar sobre daños mentales y conductuales que genera toda ruptura de pareja donde abundan víctimas inocentes que implican sus progenitores. Una omnipresente es el SAP (Síndrome de Alienación Parental). Es dolor añadido al menor, que acaba rechazando a uno de sus padres ‘demonizado’ por el otro/a.

Llevamos más de una generación de hombres y mujeres constatando que actualmente las nuevas parejas de jóvenes les cuesta seguir juntos por lo vivido en el hogar de sus padres, si son divorciados. El número de bodas canónicas y civiles descendió aumentándose uniones de hecho. Las nuevas fórmulas de familia, la soledad post-divorcio y falta de compromiso para tolerar una relación de pareja ‘estándar’ hacen que el concepto de afecto, amor, cariño y respeto sean parte del marketing para un mayor frenetismo y desapego en las relaciones de pareja.

El divorcio en España soltó muchos corsés que encarcelaban a las mujeres mayoritariamente, pero ha desatado pasiones patrias y conflictos que sustancialmente no resuelven juzgados ni profesionales que intervienen en estos procesos. Uno de los mayores éxitos del divorcio es arrinconar el machismo y patriarcalismo en esa España amedrentada por la iglesia que veía aquí el demonio. Pero dogmatizar su lucha por norma y jurisdicción no demostró ser la mejor medicina. Lo más gratificante del divorcio es el emprendedor y emprendedora que revive tras el petardeo de una mala relación. Ese es el coraje individual, anónimo y silente, que consideramos desde éstas líneas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

cuatro × cinco =