domingo, 29enero, 2023
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Divide y vencerás

Jesús Ausín
Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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análisis

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– ¡Joder padre! Ya está usted con sus batallitas.

Y el abuelo se guarda par sí, aquellas historias repetidas mil y una veces que sin embargo los nietos no conocen y que sólo molestan a su hijo que ya ni recuerda haber nacido en una chabola, entre el barro, la mierda y la miseria.

Hoy, Martín, el hijo de Amonario, nieto de Edistio, un pobre jornalero del campo que nació, vivió y murió pobre después de una vida dura de trabajo de sol a sol por poco más que la comida, de dormir en cabañas de mala muerte y de obediencia ciega al amo, ya no recuerda que él nació y vivió hasta las siete años en una chabola construida con plásticos, ladrillos viejos, madera robada y chapas apañadas de grandes carteles anunciantes de la orilla de la carretera.

Hoy Martín, el hijo de Amonario, ya no se acuerda de que su madre iba a llevar a su padre comida a Carabanchel, preso en la cárcel, no por haber cometido ningún robo, asesinato o estafa sino por haberse enfrentado a la policía para exigir una vivienda digna, un salario decente y una vida mejor para sus hijos.

Hoy Martín, que, gracias a la lucha de su procreador, de sus compañeros en la Asociación de Vecinos, de sus camaradas de sindicato y de todos los que como él, quisieron dejar atrás la vida de mierda y obediencia ciega que habían tenido sus ancestros, trabajando de sol a sol para enriquecer al señorito que sólo se dedicaba a pulirse en la gran ciudad, lo que ellos ganaban en el campo, pudo ir a la escuela en lugar de al campo a trabajar, al instituto, en lugar de a acarrear mieses y a la universidad, en lugar de a la rebusca de patatas, ya no se acuerda de los charcos, del barro, de la sopa sin fideo en la comida, de la tabla sobre la que descansaba un jergón que hacía de cuna, de los cubos que recogían el agua de las goteras, de los lloros de su santa madre, Expiración, la Espi como la llamaban en el barrio, ni de su esfuerzo por sacar adelante cuatro chiquillos mientras su marido dormía en Carabanchel castigado por intentar conseguir una vida mejor. Nunca le recriminó nada a Amonario. Su lucha era también la suya. Porque la vida no te regala nada, decía, y solo recoges lo que siembras.

Hoy, Martín, que vive en un piso de setenta metros cuadrados en un barrio periférico de uno de esos pueblos convertidos en grandes ciudades de los alrededores de Madrid, que sufre todos los días una hora y cuarto de atascos porque su trabajo, que estaba a cien metros de dónde compró el piso hace veinte años, ahora está en un polígono industrial del norte de la capital, dónde para llegar en transporte público necesitas un mínimo de hora y media de ida y otra hora y media de vuelta, que tiene un salario medio digno de poco más de mil trescientos euros, que puede permitirse el lujo de irse una semana de vacaciones a la playa (gracias al trabajo en negro de su mujer fregando escaleras) y a un apartamento alquilado, que puede salir de vez en cuando a cenar al burguer con sus hijos y ver películas en plataformas de pago, cree estar a la altura de su padre porque ayuda a su mujer en las tareas de casa (que sigue sin considerar como propias) y no le molestan los inmigrantes, a no ser que como en su empresa trabajen más horas de las debidas por la cara, obedezcan ciegamente a los encargados y nunca digan que no a nada, ni pongan problemas a ninguna labor, porque entonces ya no son migrantes sino Chachapoyas. Hoy Martín, se cree con el derecho de mandar callar a su progenitor. Pero no porque él haya escuchado mil veces la historia de su vida. No porque se avergüence de ser el hijo de un comunista más convencido a sus noventa y siete años de ello que cuando tenía treinta, no porque sienta reparo a que sus hijos sepan de dónde vienen su abuelo y su bisabuelo, sino porque no quiere que las historias de su padre sirvan de ejemplo para los suyos por miedo a que se queden sin nada.

Él es de los que cree que la cosa está mal, pero que hay otros peor. Que la lucha consiste en votar bien (aunque le lo haga a ese partido que lleva en el poder desde el año 82 sin que hayan hecho absolutamente nada por los trabajadores, salvo empeorar sus vidas y quitarles derechos). Que, el cambio, ha de venir sin oponerse al sistema porque se cree de los privilegiados a pesar de que, si se confirman los rumores, es posible que en unos meses, acabe entrado en la cincuentena,, en la calle, sin ahorros y sin poder dar de comer a sus tres hijos,

Hoy, mientras ve la tele en el salón de su casa, con su padre comiéndole la oreja porque no puede aguantar lo que les han hecho a los Vecinos de San Fernando de Henares, Martín se indigna más con su progenitor que con los que les han robado la vida y el futuro a sus hijos o a los vecinos de tantos barrios como San Fernando de Henares a los que han dejado sin casa por la especulación y la falta de estudios geológicos para la construcción de un metro electoralista, y con los que van a acabar con su trabajo para que lo haga otro con un salario infinitamente inferior.

Al fin y al cabo, piensa, ellos tienen libertad para ir al bar, para ir de vacaciones y para comprar la comida que quieren. No como en Cuba.

Su padre le replica que, como se quede sin trabajo, estará peor que en Cuba.

*****

Divide y vencerás

Divide et impera
Apócrifo atribuido a Julio Cesar, dictador y emperador romano

Cuando en aquel París de Mayo del 68, los franceses reclamaban derechos individuales, seguramente no querían que acabara sucediendo lo que tenemos medio siglo después: egoísmo, egocentrismo, ambición, culto al ombligo, desunión, y una sociedad de tontolabas individualistas que creen que sus deseos son derechos inalienables, que se sienten tan solos y tan alejados de sus vecinos que tienen que proyectar sus frustradas vidas en la tenencia de mascotas a las que maltratan psicológicamente abandonándolas durante la mayor parte del día, a las que sacan quince minutos en un paseo rápido para que no les mee la alfombra y a las que tienen encerradas en cincuenta metros cuadrados dándoles todos los caprichos alimenticios que les provocan enfermedades como diabetes o gordura hasta la muerte.

La sociedad actual, que vive en la inopia de lo que cree que son democracias tradicionales herederas directas de la Grecia antigua, no quiere darse cuenta de la situación en la que estamos. Llevamos desde 1980 creyendo a cada engatusador fascista que nos dice que todo va a ir bien, que la crisis eterna del capitalismo nos hará mejores y que, a pesar de pasarlo mal, la solución está en tomar medidas, cada vez más empobrecedoras, que quitan, con cada una de ellas, más servicios públicos, eliminan más derechos colectivos y convierten la deuda privada en pública a base de que el estado asuma las pérdidas y de legislar para que las ganancias sólo puedan ser particulares y de unos pocos, minimizando los impuestos a las empresas y grandes emporios. Llevan cuatro décadas aplicando las mismas miserias para salir de las crisis que cada vez provocan recesiones mayores, más continuas y de más larga duración y que tienen en común que dejan cientos de millones de pobres en el camino y una ingente cantidad de riqueza para unos pocos y siempre para los mismos.

Los derechos sociales, los laborales, los servicios públicos y el ascensor social conseguido con el esfuerzo de las luchas, muchas veces con resultado de muerte, por nuestros mayores, se han ido por el sumidero, convirtiéndose en el Sueño de una noche de verano, a consecuencia de que ya nadie está dispuesto a hacer nada por los demás, nadie está dispuesto a moverse por algo que no se sufra en sus propias carnes y nadie está dispuesto a romper la baraja porque da menos miedo, como ya sucedía en los albores de la revolución industrial, ser pobre, pero tener cobijo y un plato precocinado que llevarse a la boca, aunque eso te lleve a malvivir, a la enfermedad y a reducir la esperanza de vida,  que un futuro mejor en el que sus hijos no dependan del favor del señorito para sobrevivir.

Iniciábamos la semana con la noticia del golpe de estado dado por un fanático religioso como es Bolsonaro en Brasil al que todos los países satélites del imperio pusieron en mayor o menor medida reparo (algunos como los fanáticos católicos del PP, dijeron que sólo eran disturbios callejeros). Y se opusieron no porque estén en contra del golpe en si, ya que en Perú ha sucedido lo mismo hace un mes y allí siguen los pobres campesinos peruanos muriendo como chinches en su intento de recuperar lo que votaron sin que nadie internacionalmente les haga ni caso porque el golpe es del gusto del imperio, sino por el precedente de que cualquiera, con el suficiente apoyo económico y populista pudiera hacer lo mimo, asaltar el parlamento e imponer un régimen democrático de vedad que acabe con los privilegios de las multinacionales y de los intereses de USA.

Lo que la gente común del primer mundo no quiere entender es que nuestros sistemas no son democracias porque las elecciones están dopadas. E incluso como pasa en España, ni siquiera todos los partidos juegan con las mismas normas. Mientras unos juegan con el favor de los jueces, tienen más de mil casos de corrupción en sus entrañas, decenas de delincuentes condenados y una más que probada financiación ilegal, y siguen siendo legales, otros, son incriminados una y otra vez en procesos judiciales que acaban en nada pero que ocupan cientos de horas de televisión, millones de litros de tinta en los periódicos y en algunos casos como sucedió en su día en Euskal Herría son ilegalizados. Esas horas de televisión provocan más daño que tener cien corruptos en la cárcel.

O volvemos a la sociedad combativa colectiva, a la unión de los trabajadores y a las luchas intestinas o llegará el momento, más pronto que tarde, en que moriremos por no tener ni acceso al agua potable.

Salud, decrecimiento, ecología, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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