El mar era una gran balsa de aceite. Unas diminutas olas rompían en la arena. Aunque extrañamente parecían llevar consigo más arena que agua. Sofronio, que había comprado una gran tabla de Surf, se introdujo mar adentro. Cuando el agua empezó a llegarle a la cintura, se sentó sobre la tabla. Sentado frente a la inmensidad del Mediterráneo, se dispuso a mirar el fondo marino. Los pececillos nadaban tranquilos sobre una arena que se veía tan claramente que parecía estar ahí mismo. Si metía la mano, quizá podría tocar alguno. Aunque bien pensado, preferiría seguir disfrutando de la belleza del mar sin molestar a los peces. Continuó así un buen rato, tumbado boca abajo, observando la actividad bajo su mirada. Cuando ya empezaba a aburrirse, pensó que quizá podría ponerse de pie sobre la tabla aprovechando la tranquilidad del mar. Total no parecía cubrir mucho y si se caía, siempre podría sujetarse a ella y volver andando a la playa. Cuando hincó la primera rodilla, un yate lleno de chicas jóvenes que acompañaban a un playboy entrado en años, volaba sobre la superficie marina dando tantos botes que las chicas debían agarrarse fuertemente a la cubierta mientras sus largas cabelleras rubias ondeaban cual fugaces banderas, para no salir disparadas de la lancha. Eso le distrajo del pensamiento anterior. El de darse la vuelta para ver a que distancia de la costa se encontraba. Levantó la segunda rodilla hasta lograr ponerse completamente de pie sobre la tabla. Pero no duró mucho. Solo un efímero instante. Al caer al agua, sacó la cabeza e intentó tocar el suelo con sus descalzos pies. Pero no encontraba el suelo. Miró al frente y sorprendido vio que la playa estaba bastante lejos. Tanto que el miedo empezó a atenazarle el cuerpo. Nadaba mal. Y sin hacer pie no creía que pudiera conseguir llegar a la orilla. Intentó entonces agarrarse a la tabla y nadar sujeto a ella en dirección a la playa. Pero en un giro de ciento ochenta grados se dio cuenta que era imposible agarrarse a nada. La tabla había salido disparada y estaba como a unos diez metros mar adentro. Entonces fue cuando la preocupación le nubló la razón. Ya no podía pensar. Las piernas le pesaban y los brazos, sin haber pegado ni una sola brazada le dolían como si hubiera hecho la travesía del Atlántico. Entonces supo que iba a morir allí. En una tranquila playa del Mediterráneo, lejos de su familia que pasarían todo el resto de sus vidas pensando que se había ido unos días a la playa para no volver jamás. Pasado un rato, vio como por la izquierda se acercaba un patín en el que iba un joven con su perro. Sofronio pidió socorro mientras el cuerpo se sumergía completamente bajo el agua. El muchacho, que ya lo había visto, se acercó y ofreció ayuda a Sofronio. Pero no quería dejar a su perro en el mar y en el monopatín no cabían los tres. Así que le dijo que se sujetara a la embarcación, mientras le remolcaba a la orilla. Tras el primer intento, Sofronio, al que le salpicaba todo el agua de las palas, le dijo que mejor se subía él al patín y que fuera el perro el que permaneciera en el agua sujeto por la correa. Pero el muchacho dijo que no. Que su perro era sagrado y que no iba a dejar que se muriera en el mar. Así que le dejó allí y se dirigió a la orilla a pedir ayuda. Sofronio no aguantaba más y a pesar de que se ponía boca arriba en el agua, cada vez le costaba más mantener la cabeza a flote. Entonces llegó una Winsurfista que con su tabla y su vela estaba entrenado. Sofronio volvió a pedir socorro. La chica se acercó y le ofreció subirse a la tabla con ella. Le ayudó a montar y le dijo que se sujetara a ella. Él la agarró con tanta fuerza por la cintura que ella se sintió acosada y pensó que todo era una treta y acabó empujándole de nuevo al mar. Sofronio ya no aguantaba más. No se había dado cuenta pero ya hacía un rato que a unos metros nadaba una persona. La nadadora se acercó a él. Sofronio la observó. Parecía una mujer pero tenía voz de hombre. La nadadora intentó ponerle boca arriba y asirle de debajo del brazo para arrastrarle a la orilla. Pero Sofronio no quería tener contacto físico con una persona así. Y se negaba a ser arrastrado. Haciendo acopio de toda la serenidad posible, le dijo que no se preocupara que ya había ido un chico con su perro a buscar ayuda y que pronto aparecerían los guardacostas. La nadadora insistía en llevarle a la orilla nadando hacia atrás. Le decía que ella era socorrista y que se fiara. Pero los perjuicios de Sofronio no le dejaban pensar. Y a pesar del cansancio, rechazó varias veces la oferta.

Cuando llegó la lancha con los socorristas de la playa, encontraron a Sofronio boca abajo. Ya no respiraba.


 

Diversidad y dispersión

 

Acabamos el año sumergidos en la indigencia moral y política. Con media España dando coces y la otra media pastando de las televisiones como si la cosa no fuera con ellos. Los prejuicios, la división de la izquierda (lo que Daniel Bernabé explica en su libro como la trampa de la diversidad) y sobre todo un pasotismo que raya lo enfermizo, están sustituyendo a los franquistas que solo miraban por su bolsillo por otros, que además, son partidarios de imponer sus intereses por la fuerza y a tiros si es preciso.

En la estupidez supina de los lánguidos de moral que no creen que esto vaya con ellos, está la creencia de que estos, los franquistas, que no dudarán en usar la fuerza para imponer su criterio y sus “negocios”, no son peores que los que ellos llaman extrema izquierda. Y no se dan cuenta de que hay una diferencia esencial. Mientras que los que ellos llaman populistas de izquierdas luchan por el bienestar de todos dentro del sistema o fuera, pero sustituyéndolo con el consenso de la mayoría, admitiendo dentro del sistema a todos, incluso a los que quieren destrozarlo aunque tengan que usar pistolas, aquellos, los que creen que la razón está dentro del escroto y no en el cerebro, no dudarán en volver a ensanchar las cunetas si es preciso, con todo aquel que no esté de acuerdo con ellos, para conseguir sus planes.

La izquierda se está ahogando en un mar tranquilo por su toma de decisiones erróneas. Primero por su división. La izquierda es como los aficionados al júrgol que todos saben lo que le conviene más a su equipo cuando engancha una serie repetitiva de malos resultados, olvidando que es el equipo al completo el que falla y no el entrenador, un defensa o el portero. Como bien explica Daniel Bernabé, ese empeño por olvidar los objetivos comunes y centrarse en el ideario específico de cada cual a quién beneficia es a la derecha porque su único objetivo es ganar dinero y convencer a los de abajo que ellos también pueden ser como los que gobiernan. Animalistas, feministas, antifascistas, nacionalistas de izquierda (si es que uno puede ser de izquierdas y nacionalista, cosa que dudo), todos olvidan que en la actual coyuntura lo importante sería parar este sistema de mierda que está llevándonos a la quiebra social, moral y económica de la mayoría y poner consenso en aquello que pueda ponernos todos en principios básicos comunes para cimentar y construir la estructura de un nuevo sistema. Y no empezar a poner Pladur en las habitaciones antes de tener construida la estructura de la casa.

Hay una idea que creo que ha quedado obsoleta y aunque es posible que siga siendo necesaria, ya no funciona: la lucha de clases. Este sistema de hijoputismo desilustrado que ha sustituido la explotación del trabajo ajeno para obtener riqueza por la especulación, y además de cosas irreales como el dinero electrónico, las plusvalías o las apuestas sobre ganancias o pérdidas a futuro de bienes de primera necesidad, ya no necesita obreros para mantener su ritmo de crecimiento económico. Ahora las cuentas corrientes crecen a base de comisiones, a base de explotar concesiones de servicios públicos esenciales que pagamos al triple de su coste que si fueran prestados por las administraciones, y a base de negocios chanchulleros en los que se mueve dinero ficticio que solo existe en la pantalla de un ordenador y que no está soportado por ningún bien tangible (como antes lo era con el oro).

En este sistema de hijoputismo especulador el personal ya no es obrero, burgués, noble o clase media. Ahora todos nos hemos convertido en consumidores por obra y gracia de este capitalismo global especulador. Es el consumo el que mueve el sistema. Nadie está dispuesto a renunciar al móvil de última generación, al coche, a las zapatillas de marca, a la colonia del famoso… Hasta tal punto que hemos llegado al summun del consumismo: la televisión por plataformas. Sin anuncios, sin que parezca que nos la meten doblada pero consumismo que se basa en el mismo principio que todos los demás artículos de consumo: la inmediatez, una sensación de libertad de elección y la explotación laboral de la empresa suministradora a quiénes no les queda otra que trabajar por lo que les den. Hemos asumido todos sus principios de amoralidad y nos autoconvencemos de que lo que hacemos está bien a base de cinismo.

Hasta hemos asumido que pagar impuestos está mal y sucumbimos a la idea para tontos de que bajar los impuestos (directos) nos beneficia, cuando es todo lo contrario. Los impuestos son necesarios para la subsistencia del estado de bienestar, para una sanidad pública y universal y para una educación en igualdad y cuanto menos impuestos directos que son proporcionales a la renta de cada uno, más impuestos indirectos como el IVA que pagamos todos, independientemente del nivel de vida de cada uno. Y comer, tenemos que comer todos y todos los días.

El consumismo es esa pandemia que nos embrutece y nos nubla el cerebro. Hasta el punto que en la lucha de los Chalecos Amarillos en Francia, la principal reivindicación era la bajada de impuestos a los derivados del petróleo. Parecerá una anécdota pero es una muestra ejemplar de lo que pasa. Una de las pocas tiendas que sufrieron daños por los disturbios en París, fue una tienda de Apple de la que arrasaron con todos los Iphones y los Ipad.

Si queremos parar el fascismo, debemos buscar un objetivo que la gente considere indispensable, es decir, algo que pueda convertirse en un objetivo más de consumo. Por mucho que les hablemos del peligro del trabajo esclavo, de la desaparición de derechos y servicios públicos, de la muerte de muchos de ellos a manos de los fascistas, nada calará porque no estamos dispuestos a dejar de consumir y sin dejar de hacerlo no es posible acabar con este sistema.

Es el momento de aparcar la diversidad y empezar a preparar una estrategia de mínimos que acabe construyendo de nuevo ese edificio social sobre el que poder plantear más adelante las distintas diversidades.

El tejado es importante porque salvaguarda la casa de la humedad. Pero quién se pone a discutir sobre el color de las tejas sin haber consolidado una estructura férrea que sostenga la cubierta, acabará aplastado por la ruina del edificio.

Para los más decepcionados que creen que es imposible revertir la situación, de los resultados andaluces podemos sacar la concusión de que casi la mitad del censo no fueron a votar, lo que significa que los tres partidos de extrema derecha que van a gobernar no llegan a representar ni a un 30%.

El cambio de año no significa nada si no ponemos todo de nuestra parte.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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