Foto: Adrià Goula. Usada con autorización de los arquitectos.


Si tuviese que escoger un, y solo un, aspecto para definir cualquier sociedad escogería la educación sin dudarlo. Me interesa tanto que hace años que he optado por vivirla de primera mano: soy profesor, he visitado decenas de escuelas, he proyectado no pocas y he construido dos desde el primer esbozo hasta la entrada de los niños, experiencia que me remite a unas palabras que me dijo Oriol Bohigas en una de las pocas ocasiones que he tenido para charlar con él con calma: éramos más libres construyendo escuelas durante el franquismo que en democracia. La afirmación es bastante grave si tenemos en cuenta que el maestro Bohigas no es un nostálgico de épocas olvidables y sí es, en cambio, uno de los directores del estudio que ha construido algunas de las mejores arquitecturas educativas que ha visto nuestro país y puede que algún otro. Buscad, si no, el Gimnasio Jean-Paul Sartre de Berlín (que no es un gimnasio, si no el nombre que allí dan a un cierto tipo de instituto grande) y me lo contáis. Bohigas, en su lucidez, se queja de la sobrenormativización de las arquitecturas educativas actuales, dignas representantes (por desgracia) de dos de los rasgos que están matando nuestras políticas progresistas: la reacción y la estandarización.

Es decir: detecto una tendencia preocupante a abandonar las propuestas propias para reducir la política a la anulación de las políticas conservadoras, convertidas así en las que marcan la agenda. Esta reacción tiene el triple inconveniente de legitimar estas políticas, darles el valor que no tienen y dejar el corpus progresista vacío y sin estrucutra.

La estandarización es la consecuencia de un igualitarismo mal entendido que, más que hacer convivir las diferencias, las aplana convirtiendo en dogma aquello que de buena fe se cree que es lo adecuado, estigmatizando dichas diferencias. Lo que me lleva a recordar unas declaraciones recientes del filósofo Richard Sennett, que definía una ciudad y la sociedad que la habita no como un mecanismo de creación de una comunidad, si no como un mecanismo reconocimiento de, convivencia con y respeto por el Otro. De un Otro que seguirá siendo Otro a pesar de nuestros esfuerzos. Este mecanismo de respeto por el Otro también puede implicar nuestra eventual protección de él. O viceversa.

Todo esto más la voluntad de evitarse problemas y denuncias marca nuestras arquitecturas educativas públicas, cada vez de peor calidad aunque lo queramos negar poniendo por bandera los buenos ejemplos que afortunadamente se siguen y se seguirán construyendo. Una última cosa: las arquitecturas docentes públicas, en este afán estandarizador, no se proyectan dialogando con el equipo directivo y con el claustro de profesores que la ha de habitar, si no con pedagogos que no darán jamás una clase ni en esta ni en ninguna otra escuela que hayan ayudado a proyectar. Este despropósito puede implicar que las escuelas monten elementos (como rejas de ventilación, por ejemplo) literalmente blindados para evitar su vandalización: en lugar de enseñar al alumnado a cuidar y respetar el material se les deja maltratarlo confiando en que las soluciones constructivas sean más fuertes que su voluntad, u otros elementos como mecanismos antisuicidio montados en las ventanas de las aulas de la planta baja. Y no, estas anécdotas no me las han contado: las he vivido yo mismo. Las que me han contado otros las corrigen y las aumentan.

Ahora nos pondremos optimistas.

El estudio de arquitectura Archikubik (dirigido por Marc Chalamach, Miquel Lacasta y Carmen Santana) ha acabado hace poco la construcción de la última fase (por ahora, creo) de la Escuela Súnion, ubicada en la parte alta de Barcelona. La escuela se ha diseñado en unas condiciones diametralmente opuestas a las que acabo de describir: el proyecto ha pasado por encima de todas estas normativas kafkianas para convertirse en un diálogo entre todos los agentes implicados (claustro educativo, promotores, alumnos) que ha adecuado la arquitectura al sistema educativo que se practica. Lo que no quita ningún mérito a lo que han hecho, ya que no podemos ser tan ingenuos como para pensar que las buenas condiciones para realizar un proyecto garanticen automáticamente su calidad. Creérselo es una muestra de este pensamiento reaccionario que acabo de denunciar.

Las premisas de proyecto son bastante interesantes.

Empezaré diciendo que, comparada con una escuela pública, esta no tiene ni media hostia. Es decir: no estamos hablando de una arquitectura blindada, si no de una arquitectura necesariamente robusta para aguantar una enorme intensidad de uso que ha de ser, no obstante, respetada y mantenida por sus habitantes no tan solo para que tenga sentido, si no para que pueda existir.

Segundo, el uso de los espacios sigue un comunismo perfecto. La especialización se produce por número de alumnos o por actividad. Es decir: hay espacios grandes y pequeños, espacios que pueden servir para acciones concretas como dibujar o comer o hacer gimnasio, y espacios que pueden estar calefactados o no, ser exteriores o no y/o tener un condicionamiento sonoro más o menos completo. Una vez establecida esta jerarquía la distribución del alumnado se realiza diariamente. O sea: cada día la escuela es diferente. Primero esta distribución se realizaba mediante una enorme pizarra ubicada en el vestíbulo, luego con pantallas de plasma y ahora con una aplicación del móvil. No se trata de un hecho menor, porque implica que todos los alumnos de todos los cursos habitan todo el espacio. No hay zonificación, no hay un atrincheramiento por territorios. Hay 800 personas usando todo el espacio todo el rato al mismo tiempo. No se puede describir la sensación de identidad y comunidad que esto da. Solo se puede vivir cuando lo visitas.

Tercero: rincones. Toda la escuela está hecha de rincones. Súnion aplica el método Montessori, que divida a los alumnos por grupos naturales (es decir, los amigos que se crean en la misma escuela), los potencia y los convierte en la base de la educación. A menudo el maestro da clase solo a la mitad del grupo, que se encarga de transmitir los conocimientos a la otra mitad, intensificando el sentimiento de responsabilidad tanto individual como social. Todo esto implica que cualquier espacio susceptible de convertirse en un rincón ha de ser tratado como tal. Rincones que son esto: rincones, no espacios cerrados, si no espacios que la arquitectura discrimina sutilmente de los espacios de paso sin cerrarlos. La propia fachada de la escuela está hecha, precisamente, de rincones, exhibidos orgullosamente colgados en medio de un paño homogéneo de lamas que eviten la radiación solar excesiva. Y más: toda la escuela es accesible a los alumnos. Entera. Desde el sótano hasta las cubiertas los espacios están abiertos a todos. Una fascinante danza entre los diversos habitantes del edificio convierte esta distribución en homogénea.

Cuarto: transparencia. Transparencia literal. El vidrio es uno de los elementos más presentes en toda la escuela. Las puertas son de vidrio. Las fachadas son de vidrio. Algunas divisiones entre clases son de vidrio. Los cerramientos de los despachos, de la secretaría, del comedor, son de vidrio. Vidrio de no muchas prestaciones: un vidrio y ya. La tecnología iría en contra del uso del espacio, ya que si un alumno chilla y hace ruido y se oye a través de los vidrios de cerramiento los otros lo hacen callar rápidamente. Y la autorregulación funciona.

La transparencia es uno de los temas que más me interesa tanto en la arquitectura como por las implicaciones sociales que presenta. No es este el lugar donde hablar de ello, pero sí el de hacerlo notar, porque una transparencia perfecta no es tan deseable como pueda parecer. Más bien levanta sospechas. Pero la arquitectura está para esto, precisamente: para responder también ante esta sospecha. Uno de los rasgos más importantes de la arquitectura de Súnion (de todas las arquitecturas de Archikubik que me interesan, de hecho) es su aspecto bastardo, circunstancial, contaminado de realidad. La transparencia de Súnion es bastante sui generis: la propia configuración espacial de la escuela, que se extiende por dos edificios existentes, uno de ellos considerablemente transformado y ampliado, el otro no tanto, porque su estructura inicial ya era bastante buena y una de las bondades de los arquitectos es, precisamente, la de sacar partido de esta circunstancia, la propia configuración espacial no admite tipos puros ni perfectos ni esquemas tan directos. Los pasillos se retuercen, las crujías estructurales son diferentes, las clases a veces tienen umbrales muy gordos, tan gordos que hay un despacho entre ellos y el pasillo, otros más delgados, y la relación con los vidrios puede ser frontal o tangencial y la condición del propio vidrio puede variar desde una opacidad total hasta una transparencia total según nuestra posición relativa, y la sutileza que crea todo esto solo hace que ayudar a la arquitectura y a las intenciones de los promotores. Súnion es lo contrario de una idea platónica: es una materialización imperfecta que saca partido de estas imperfecciones, las potencia y las convierte en un mecanismo relacional mucho más poderoso que un hipotético edificio de nueva planta en un solar que no tuviese estos condicionantes constructivos y urbanísticos. Súnion no es una reacción ante estas adversidades: es una propuesta en toda regla, la propuesta de un edificio flexible que no tiene ningún espacio que sirva a la perfección para nada, convirtiendo al profesorado y al alumnado en habitantes activos. Este tipo de arquitectura que negocia con dos edificios, que pone parches, que procura cohesionar situaciones muy diversas se convierte en un elemento activo de la educación precisamente por su imperfección, precisamente por que te obliga a pensar qué pasa. Súnion no tiene sentido si no está lleno de alumnos, sin sus rincones ocupados, sin sus terrazas llenas, sin sus clases ocupadas. El uso es, en este caso, arquitectura.

Terminemos con el maestro Bohigas, que me contaba que quería que todas las escuelas que construía su estudio en los setenta fuesen como ciudades. Pequeñas ciudades con patios como plazas, pasillos como calles, aulas como clases, donde la asignatura de educación para la ciudadanía fuese inútil porque la propia arquitectura ya educaba al alumnado en esto de manera inmanente. Súnion tiene este espíritu, pero de otra manera. La escuela no es una ciudad ni está concebida como tal. La escuela es un barrio de la ciudad de verdad que está fuera. La transparencia de la arquitectura relaciona los espacios con las calles, con los edificios cercanos y lejanos, con el paisaje urbano, con los peatones y con los coches. La escuela no es una maqueta de la realidad, si no un mecanismo que relaciona los alumnos con ella proveyéndolos de un entorno más o menos controlado para que se eduquen, tan complejo y contradictorio como el mundo exterior.

Los programadores de la educación pública deberían tomar buena nota de ello.

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