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Dios salve a la reina

Walter McFullim
Periodista y doctor en Historia.
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España acaba de celebrar sus cuartas elecciones generales en cuatro años y está en el mismo sitio donde estaba, por no decir en uno peor. Hace muchos años, el italiano Sandro Pertini dijo que a nuestros políticos les faltaba “finezza”. Los últimos acontecimientos le han dado, por desgracia, toda la razón. Nadie se salva, ni tirios ni troyanos. En medio de la desazón que inspira la permanente inutilidad de nuestros representantes, tal vez no esté demás volver la vista a una reciente serie televisiva, The Crown, en busca de algo de luz que ilumine tanto desastre.

Confieso que no estaba muy animado a ver este producto de Netflix, erróneamente convencido que sería otra ficción vulgar “basada en hechos reales”. Nada más lejos de la realidad. Nos hallamos ante un auténtico lujo: el guión es inteligente, se han derrochado medios y los actores están inmensos. A destacar una bellísima Claire Foy como Isabel II y un formidable John Lithgow en el papel de Winston Churchill. No nos encontramos ante un panfleto monárquico ni antimonárquico, sino ante una recreación hecha desde la honestidad intelectual. Los personajes están llenos de matices, con sus luces y sus sombras. El duque de Windsor, por ejemplo, aparece como un redomado hipócrita, pero también como un hombre inteligente de lucidez poco común. Es él quien dice que la monarquía no se basa en la transparencia sino en la magia porque… ¿quién desea tener prosa pudiendo tener poesía? Es el ceremonial lo que transforma a una jovencita cualquiera en la diosa de un pueblo.

Pues bien. Vista desde España, The Crown llama la atención, en primer lugar, por el respeto a las instituciones. Cuando un miembro del personal de Downing Street acude al líder de la oposición, Attlee, para ofrecerle documentos con los que desacreditar a Churchill, este no acepta la propuesta. Piensa antes en el bien del país que el de su partido. La reina, a su vez, se niega a intervenir en un plan para echar al primer ministro porque eso iría contra su deber constitucional: no inmiscuirse. Antes, Jorge VI había reaccionado exactamente de la misma forma. Ambos, de esta forma, cumplen exactamente con su obligación. Porque, como dice la abuela de Isabel II, la reina María de Teck, no hacer nada es el oficio más pesado del mundo. La realeza puede hacer muchas cosas, pero no expresar una posición. En cambio, en España, todos se decepcionan si el monarca no sigue su particular línea política.

Churchill nos impacienta, nos exaspera… Pero le acabamos admirando. Más allá de su conservadurismo a ultranza, es una fuerza de la naturaleza que tiene criterios propios, no un líder oportunista que se mueve a golpe de encuesta. En un principio, reacciona ante la niebla tóxica que cubrió Londres, en 1952, de una manera obtusa. Piensa que es solo cuestión de meteorología. Sin embargo, cuando rectifica, lo hace a fondo. Se presenta en un hospital sin previo aviso, conoce de primera mano el horror y la muerte, y entonces se produce el milagro: el país ha recuperado al gran líder de los tiempos oscuros de la Segunda Guerra Mundial. En esa situación crítica, Winston da la medida de su propia grandeza. ¿Serán los políticos españoles capaces de hacer lo mismo o seguirán enfangados en sus mezquindades interminables?

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3 Comentarios

  1. Resumiendo, los ingleses nunca tiran piedras contra su propio tejado, y por eso se inventan toda una mitologia historica, de la que no existe ninguna evidencia provista de general valor probatorio, es decir, verificable por cualquiera, crea o no crea en la naturaleza mentirosa de los ingleses.. en fin, ahora resulta que la solucion magica a un pais de pandereta, no esta en quitarle la pandereta, sino en darle una pandereta royal…sois pateticos

  2. Inglesillos…venga.. a ver, que no se diga, esas lagrimitas.. que seais tan mentirosillos, tampoco esta tan mal, por lo menos manipulais vuestra cutre historia real con habilidad.. venga..hale, ya paso el disgustillo….

    • En cierta ocasion, yo tuve que viajar a londres para resolver cierto asuntillo, un dia, caminando por la calle oxford hacia mi hotel, empezo a llover torrencialmente. Yo solo llevaba una camiseta, que se me estaba empapando por momentos, y como no habia forma de coger un taxi, me meti en la zona interior de escaparates de una tienda, casi enseguida, aparecio un negrata enorme, que en tono amenazador me pregunto si iba a comprar algo. Yo, avanzando lentamente hacia el, sin dejar de mirarle a los ojos, y cuando ya lo tenia muy cerca, le respindi…«..no se..lo estoy pensando, muy despacio..» El negrata pego un respingo y dio un paso atras, pero enseguida recupero el animo, y me dijo que si no compraba nada tenia que marcharme. Yo le respondi..«vas a entrar ahi dentro, y le vas a decir a tu amo, que si tiene una infima parte de lo que deberia tener, venga aqui, y me diga eso, cara a cara. El negrata se quedo un tanto confuso, pero de pronto se encendio una tenue bombilla en su inframente, y me respondio con una sonrisa de complicidad..Ok.. Paso el tiempo, para de llover, y me fui, sin que por alli apareciera ni el negrata, ni su amo, ni tampoco cero cero siete, pese a estar tan severamente comprometida la seguridad nacional de su mezquino pais. Caminando ya otra vez por la calle oxford, pense que un pais tan ruin no mereecia existir. Y dicen quienes me conocen bien, que hay que tener cuidado con lo que yo deseo, porque suele cumplirse

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