Todas las organizaciones, no importa del tipo que sean, mitifican a sus fundadores. La JOC (Juventud Obrera Cristiana) no es una excepción: el sacerdote belga Joseph Cardijn (1882-1967), después cardenal, aparece prácticamente como un revolucionario, sin que se mencionen los aspectos más tradicionales de su pensamiento. Se habla del apostolado de los trabajadores, pero no de anticomunismo ni de alta política. Y, sin embargo, no hallamos delante de un líder con gran capacidad organizativa, muy capaz de moverse en los círculos del poder. Su intenso carisma le ayudó siempre. Los que han afirmado que en el jocismo no había culto a la personalidad no saben, en realidad, de lo que hablan.

Cuando la JOC celebra, en 1950, el XXV Aniversario de su primer congreso nacional, ya es un movimiento sólido extendido por los cinco continentes. Para Cardijn, fuera de la JOC no existía nada que pudiera competir con el comunismo internacional en la lucha por ganar a la juventud trabajadora. El Congreso de las bodas de plata del movimiento, en aquel contexto de guerra fría, pretendía ser una réplica al Congresos de la juventud comunista que se había celebrado en Budapest.

Un acto internacional de amplio alcance exigía un fuerte desembolso económico. Y las finanzas jocistas no podían, por si solas, hacer frente al déficit. Sabemos que los dirigentes de la JOC solicitaron la colaboración de “un número muy limitado de personalidades y de instituciones que disponían de importantes recursos y aceptaban sostener la acción de la JOC con generosidad y discreción”. La cuestión plantea, inevitablemente, algunos interrogantes. ¿Quién aportaba el dinero y por qué era necesaria esa “discreción”? ¿A qué motivaciones obedecía esos desembolsos?

Ya en los años treinta, ante unos perpetuos números rojos. Cardijn había recurrido a la colaboración de donantes, gente vinculada a los medios industriales y financieros. Según el historiador Paul Wynants, nuestro protagonista aceptaba el dinero pero procuraba mantener su independencia a la hora de hablar y actuar, libertad no siempre recibida por ciertos mecenas, que llegaron a acusarle de comunista. Estos asuntos, en cualquier caso, se llevaban en medio de una gran reserva.

En 1951, Cardijn visitó Estados Unidos. En el marco de este viaje tiene lugar su contacto, a la búsqueda de financiación, con la Fundación Rockefeller, una poderosa entidad filantrópica internacional en manos de la célebre dinastía de multimillonarios. En plena guerra fría, la CIA la hacía servir, lo mismo que a otros organismos similares, para canalizar fondos que subvencionaran en secreto todo tipo de actividades anticomunistas, desde grupos juveniles a editoriales o universidades. De esta forma, la Fundación Rockefeller, al igual que, por ejemplo, la Fundación Ford, actuaba como un instrumento de la política exterior estadounidense. Formó, según Frances Stonor, “parte consustancial de la maquinaria de la guerra fría de los Estados Unidos”.

Para conseguir sus propósitos, Cardijn contaba con un avalista de primer orden. El ministro de exteriores belga, Paul van Zeeland, escribió a Laurance Rockefeller para manifestarle que conocía un movimiento más eficaz que la JOC a la hora de realizar un trabajo positivo contra el comunismo. Por esta razón, creía que su fundador era un hombre al que había que apoyar. De ahí que concluyera su carta con una petición explícita al norteamericano para que prestara especial atención a las solicitudes de Cardijn. A ojos del político europeo, este sería un gesto valioso que tenía intención de apreciar mucho.

En el Archivo de la Fundación Rockefeller, además de documentos sobre los fundamentos doctrinales del jocismo y sus campos de actuación, encontramos papeles económicos. El presupuesto anual ordinario de la JOC Internacional no invitaba al optimismo puesto que los gastos superaban a los ingresos en una proporción de cinco a uno. El movimiento necesitaba 51.160 dólares, de los que solo podía reunir 10.100.

La expansión a nivel internacional exigía fondos. Muchos fondos. Había que enviar cuadros jocistas a países lejanos para que formaran líderes locales. Pero existía un déficit de 40.000 dólares. Y se necesitaban otros 30.000 en concepto de gastos extraordinarios, de forma que se pudiera garantizar una labor educativa seria entre los jóvenes trabajadores. Esta sería una contribución a la paz mundial. Cardijn expuso estos proyectos a la Fundación Rockefeller y expresó el ardiente deseo de merecer su confianza y apoyo.

La demanda de apoyo económico no quedó solo aquí. La JOC se dirigió, en similares términos, a la Fundación Ford.

Laurance Rockefeller decidió contribuir a la implantación del jocismo en el Tercer Mundo, en particular en el Congo Belga. Hizo una donación de 2.500 dólares, que entregó a través de la Sociedad para la Propagación de la Fe (entidad libre de impuestos, que todo se tenía que mirar). Mantuvo la ayuda en el anonimato porque recibía muchas peticiones de asistencia monetaria y no se encontraba en disposición de satisfacerlas todas. Escogió el Congo como ámbito geográfico de su mecenazgo -inversión, más bien- por tratarse de un país en el que poseía intereses económicos, de naturaleza textil.

La situación económica de la JOC siguió siendo deficitaria. No había con qué financiar nuevos y urgentes proyectos, planes que no eran del todo misioneros porque respondían a un criterio geopolítico muy claro. Un documento titulado “presupuesto especial de 1953” define tres zonas prioritarias de actuación: América del Sur, Berlín y la India. ¿A qué respondía esta elección? Para la JOC se trataba de neutralizar el incremento de la actividad comunista que había tenido lugar en esos territorios.

En consecuencia, la demanda de ayuda a los norteamericanos se repitió en 1953. El secretario internacional de la JOC, Patrick Keegan, exploró la posibilidad de que Laurence Rockefeller u otro miembro de la familia realizaran una contribución económica. En la Fundación le respondieron que presentara un proyecto con sus necesidades de financiación, con especial atención a Japón y al Congo Belga. ¿Una manera elegante de decirle que no y quitárselo de encima? Eso es lo que da a entender la documentación. El gesto de dos años antes tenía carácter puntual, sin que implicara interés por una labor continuada. No debía procederse a una nueva entrega de fondos a menos que el ministro de exteriores belga indicara otra cosa.

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