Llevo un buen puñado de menta-poleos tratando de tragar esta rueda de molino con la que acabo de comulgar. He puesto a prueba mi dignidad, mi autocontrol y mi democrático talante. Y es muy difícil pasar por alto las presuntas actividades del Ministro del Interior (y otros) sin que la cabeza se te vaya a buscar por algún lado el 1.200.000 votos perdidos el domingo por la oposición. Pero la democracia hay que respetarla, sobre todo cuando uno cree en ella y estimaría como el más vil de los servicios a la Historia el utilizar los recursos del Estado y las vidas de la ciudadanía para remedar a poderosos…

El juego limpio obliga a digerir una victoria del PP incluso en los lugares donde la Justicia parece rastrear la corrupción sistémica más ramplona y vulgar, sin ni siquiera disimulos, incluido el «volquete de putas». Yo quiero comprender que los militantes honrados de los partidos, que los hay, no quieran pagar ni ser responsables de lo que unos cuantos golfos hayan podido mangonear; pero la democracia tiene que ser aséptica con este tipo de comportamientos porque, en cuanto se asumen como normales, con ellos se malea en su esencia. No basta con un «que actúen los jueces», los partidos tendrían que ser ejemplares y la normativa debería obligarles a serlo y penalizar sus patinazos hasta dificultar su existencia.

No negaré un asqueo profundo, porque queda claro que ni los hechos ni los programas importan, no importa la ideología sino la imagen asociada a una gestión de lo emocional que raya la oligofrenia; estos políticos a quienes votamos nos tratan como a preadolescentes no muy bien formados, dejándonos caer reiteradamente los mismos argumentos vacíos, eslóganes de cosmética en el peor sentido de la palabra.

Aquí la derecha liberal es residual, apenas con una presencia simbólica en los partidos conservadores; por eso resucitan con tanta facilidad las dos Españas: no son la izquierda y la derecha sino la España tradicionalista y la internacionalista, no hemos superado aquello de los afrancesados, está la España de Santiago Matamoros y otra, en minoría, que intenta hacer venir la Ilustración desde hace 200 años sin éxito. No es cuestión de ideologías contrarias, sino de una que no lo es propiamente y otra que sí lo es pero no tiene el respaldo de una mayoría.

Por eso se puede jugar al despiste: PP, PSOE y C’s han hecho una campaña contra Unidos-Podemos que les ha dado la victoria, en el caso de Rivera manifiestamente, porque sus diputados vuelan a su nido originario, y en el caso de Susana Díaz porque propagando el miedo anti-Podemos ha retroalimentado al votante conservador, ésta es la realidad aunque su discurso maternal nos venda lo contrario. Nótese que no nombro a Sánchez y sí a la andaluza, que ha perdido las elecciones en su comunidad y vende triunfos repartiendo mandobles; lo peor de este politiqueo para tontos calculados.

A la larga, mi ilusión no estaba depositada en ningún personaje o grupo concretos sino en un cambio de tendencia que hubiera hecho renacer a los partidos a una política culta, seria, de programas y compromisos reales; este resultado es como la Calavera de la Oca, que nos manda desesperantemente al comienzo otra vez…

Vuelta a empezar; pero vamos a suponer que, como en esos viajes iniciáticos que tanto se llevaban antes, volvemos a un Parlamento que ha cambiado en dos años, hay unos millones de votantes que merecen ser defendidos y hay que convencer pero no siguiendo el camino de lo peor, sino insistiendo en la ética, las ideas y el servicio público de verdad; no nos dejemos engañar; mientras el PP se ríe, el problema lo tienen PSOE y C’s; si alguien más lo tuviere, es que habría de ser tan partido ya como ellos.

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