lunes, 14junio, 2021
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Diez asuntos indepes (2 de 2)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Continúo con los dos últimos asuntos indepes, que se añaden a los ocho del anterior artículo:

9) Los argumentos. Ustedes pueden estar de acuerdo o no con los argumentos de la reivindicación catalana, tanto la directamente independentista como la que pide únicamente un referéndum. Pueden pensar que tienen razón y simpatizar con ellos, o pueden pensar que no la tienen y estar en su contra. Incluso pueden pensar que manipulan la sociedad catalana y decir que sus argumentos son falsos. Y esto pueden hacerlo porque desde hace años se proclaman en distintos lugares, se editan libros, se escriben artículos, se debate en el Parlament (no en el Congreso), en TV3, en radios y foros y conferencias en Cataluña. El argumentario existe, sólo hay que buscarlo y decidir si uno está de acuerdo o no. El argumento del Estado, en cambio, es inexistente. Se resume en esto: “Ni la independencia ni el referéndum caben en la Constitución de 1978”. Y punto. Esto, no es un argumento. Aquí, que un servidor sepa, el único que ha hecho un intento de comprensión es P. Iglesias como voz de Podemos y, cuidado, subrayando siempre que no está a favor de la independencia. Aun así, el coste que le ha tocado pagar.

Una de las excusas para no argumentar desde el Estado, es que estamos ante un “problema interno” de los catalanes. Aparte de parecer propio de Poncio Pilatos, es un contrasentido, al menos mientras Cataluña pertenezca al estado. Pero, si es cierto que es un problema interno y que por ello el Estado no tiene nada que decir mientras se cumplan las leyes (es decir, mientras se obedezca la ley con la que se está en desacuerdo), ¿continuaría siendo un problema interno si los independentistas fueran el 75% de los catalanes? ¿Depende, la necesidad de argumentación del Estado, del porcentaje de independentistas? El adalid del unionismo más acérrimo, en Cataluña está representado por Ciudadanos, precisamente un partido exento de argumentos y que opta por la crispación más burda. ¿Por qué? Pues porque no le es necesario argumentar nada: saben que detrás tienen todo el poder fáctico del Estado, externo a Cataluña. La fuerza. Uno puede insultar, mentir, crispar, menospreciar si sabe que su “fin” está protegido por una fuerza totalmente desproporcionada respecto al rival político. La continua petición de aplicar el 155 en Cataluña, es la muestra que el problema no es interno de los catalanes, sino la relación de éstos (aunque sean una parte) con el Estado. Es la incapacidad o negación del Estado de replantearse esta relación lo que convierte la reivindicación en un problema.

Ahora que el cine ha puesto en las pantallas al señor Unamuno, resuena la frase de “venceréis, pero no convenceréis”. Pues parece que, con el tiempo, han convencido a muchos. La España republicana ha desaparecido (el PSOE es un ejemplo). La España que podía plantearse una confederación, es prácticamente inexistente. España, ante este asunto, es “una”. El franquismo no necesitaba convencer a nadie, había ganado la guerra, y usaba la fuerza y la represión. El Estado actual, siguiendo la misma lógica, solamente demuestra una cosa: mientras disponga de la fuerza de todo su aparato (que es una continuación de ese franquismo, no hubo ninguna rotura), no se va a plantear convencer a nadie, y, entonces, para qué dialogar. Y, ante un Estado que solamente hace uso de la fuerza y de la represión para imponerse, ¿cómo se lucha? ¿Con la fuerza? ¿Con violencia? Y, señoras y señores, ya la tenemos de nuevo en el artículo: la violencia.

10) La violencia (y 2a parte). Por orden de la Audiencia Nacional se han detenido y encarcelado provisionalmente siete personas que van a acusar de terrorismo (también se dijo que de rebelión, pero ahora parece ser que no). Sin embargo, no se les aplica la Ley Antiterrorista, creando dudas y confusión. Primero se habla de bombas y armas, luego parece ser que no hay bombas, sino diversos ingredientes que, en un momento dado, podrían servir para elaborar explosivos. Una serie de antecedentes en los modos de la Guardia Civil y de la judicatura, sobre todo de la Audiencia Nacional, permiten, al menos, sospechar sobre tal acusación.

Sin embargo, vamos a suponer por un momento, que la acusación se verifica y es cierta. Lo que hayan hecho o quisieran hacer estos individuos no puede achacarse a la reivindicación política. Incluso, si a algún independentista se le ocurriese defenderlo porque “son de los nuestros”, esto es mentira. De entrada, un servidor, que es claramente independentista, no los considera “de los míos”, y me parecería la mar de bien su prisión en el caso de confirmarse la supuesta acusación. Lo que es una vergüenza, a mi parecer, es que, en una investigación con secreto de sumario, la Guardia Civil filtre a la prensa según qué aspectos con una clara intención política (incluso algunos aspectos no son filtrados, sino directamente publicados: la Guardia Civil ha colgado imágenes del registro “bajo secreto de sumario” en su perfil de Twitter institucional; y, el sindicato AUGC de la Guardia Civil, ha publicado que preparaban un ataque al Parlament y otro contra el cuartel de Canovellas). Naturalmente, todos los medios de la nación (una) y sus políticos, han aprovechado la ocasión. En el Parlament de Cataluña, Ciudadanos, mediante el actual sucedáneo de Arrimadas, ha mostrado una foto del atentado de Vic de ETA con una víctima en la imagen, para equipararlo “emocionalmente” al independentismo. Han cogido las palabras de Torra de cuando pidió a los CDR que los apretasen (que los apretasen a ellos, a los políticos independentistas) para decirle al President si a lo que se refería es que “apretasen el detonador”. No sólo es una vergüenza, sino el daño que pretende hacer Ciudadanos a la convivencia para alimentarse de la crispación, es una temeridad y una gran irresponsabilidad política y social. Y gran parte de esta irresponsabilidad es de la sociedad española que ha aceptado el “todo vale” (desde el 1-O con la violencia policial contra la desobediencia civil) y es un preocupante precedente.

Una manera de alejar el terrorismo de la sociedad es, también, no utilizarlo políticamente: debe ser tratado estrictamente judicial y policialmente. Y en España no es así (incluso recuerden el 11M y el atentado islámico repetidamente atribuido a ETA). Pero cuidado, del mismo modo que aquellos que nos llaman nazis a los independentistas lo que hacen es banalizar el nazismo (para gozo de los verdaderos nazis), cuando convierten toda la reivindicación en violencia y terrorismo, lo que hacen es banalizar la violencia y el terrorismo (y le pueden dar alas a ello). Yo no sé si la víctima de la foto, sus familiares, se sienten cómodos con que Lorena/Arrimadas la use para sus intereses.

Si se confirma, porque continuamos en un supuesto, que los CDR detenidos pretendían realizar actos de terrorismo o sabotaje (que no es lo mismo), uno debe hacerse un planteamiento, por desagradable que sea, bastante frío. Partiendo de que, “a nivel humano”, ni los catalanes ni su sociedad son diferentes a cualquier otra identidad o sociedad humana, no hay que ser un lince para apreciar lo siguiente: cuando una reivindicación se topa con el muro de una negativa totalitaria que hace uso de la fuerza para imponerse, acaba apareciendo alguien que se cree legitimado para hacer él mismo uso de esta fuerza. Hay que aclarar unos términos. Cuando digo “negativa totalitaria”, me refiero a la posición del Estado: es un hecho que el Estado dice “No” de una manera total a contemplar un referéndum, la base de la reivindicación (más que la independencia, que sería una consecuencia, o no, de los votos de los individuos). Cuando digo que esta negativa hace uso de la fuerza para imponerse, me refiero a los hechos: sólo basta con revisionar las imágenes del 1-O para recordar que no eran disturbios como los de los “chalecos amarillos” de Francia, sino gente que iba a votar tranquilamente en un acto de desobediencia civil pacífica (ilegal según el Estado, sí, y qué: era pacífica, un derecho). La rabia y saña del “a por ellos” es el pleno uso de la fuerza impositiva que, incluso, se saltó el mandamiento judicial de no alterar la convivencia social.

Bien, la historia nos dice que hay individuos que se creen legitimados para usar la violencia en estos casos. Un servidor opina que esta auto legitimación es falsa, básicamente por dos razones (aunque podríamos enumerar más). La primera es que, se crea legítimo o no, el uso de la violencia no cambia el significado de la violencia. A efectos empíricos, esta violencia es la misma esté legitimada o no. La violencia es independiente de sus razones y, siendo así, en último término significa que no te puede dar “más razón”. Y es por ello que, tarde o temprano, acaba desligándose de la propia reivindicación y sus razones, convirtiéndose en algo autónomo donde el sentido acaba siendo la misma violencia. Por tanto, no está legitimada ni justificada sino por sí misma, algo absurdo. Por otro lado, la violencia no es estable ni inestable, sino creciente, porque siempre acaba siendo violencia aposentada sobre otra violencia. Si uno piensa conseguir un objetivo saboteando algo y no consigue su propósito, esa legitimidad que cree poseer le llevará a realizar un sabotaje mayor, con la falsa idea de acercarse a ese objetivo. Y luego otro mayor. Y llegará un día que, ya sea por infortunio, accidente o con intencionalidad, habrá una víctima, colateral o directa. Y no hay reivindicación política que justifique la pérdida de una vida, porque, si fuera así, significaría que tal reivindicación está por encima del valor de la vida (aunque sea solo una), y ¿qué sentido tiene algo que está por encima del valor de la vida? Humanamente, ninguno.

Un servidor opina que el Estado, cerrando todas las puertas con su “no totalitario”, sabe cuáles pueden ser las consecuencias. Cuidado, que no lo hago culpable, sino consciente y hasta, en cierta manera, responsable (repito: no culpable; la culpa, es del violento). Si ustedes arrancan en un cruce y ven por su izquierda un coche que se salta su semáforo rojo y no por despiste, si tienen la posibilidad de frenar, pero continúan porque han pasado en verde, la culpa del choque es del que se ha saltado el semáforo, pero ustedes eran conscientes y no han hecho nada por evitarlo. Los pensantes del Estado (y de Ciudadanos), saben muy bien hacia dónde puede conducir una espiral de conflicto. Y, parece mentira, debo subrayar que el culpable es el violento (no sea que decidan reinterpretarme). Mala gente, o gente violenta, hay en todas las sociedades. Aunque los CDR detenidos sean inocentes y se les libere, es probable que otro día se dé la aparición de un “iluminado”. Que el Estado sea un irresponsable (porque, por ejemplo, nadie se ha responsabilizado de la violencia del 1-O, ¡nadie!) no justifica la irresponsabilidad de los líderes independentistas con una cierta ambigüedad, según hemos apreciado en las primeras reacciones, a la hora de condenar una “supuesta” violencia. Cierto que tener que condenar supuestos puede parecer confirmar las sospechas, pero hay maneras de ser rotundo en la condena de la violencia y rotundo en la defensa de la presunción de inocencia. Sí: hay que defender la presunción de inocencia hasta las últimas consecuencias, y criticar el modo de hacer del Estado y sus fuerzas, pero dejando siempre claro y sin dudas de cuál es el límite de las acciones de protesta, disidencia o desobediencia. Lo curioso del asunto es que se “exige” (sí, sí, se usa mucho este verbo) que los independentistas condenen continuamente la violencia… que, de momento, sola ha aparecido por parte del Estado. Parece ser que, si un independentista no condena la violencia 720 veces al día, figura que la está justificando. Esto, para un servidor, tiene un nombre: “presunción de culpabilidad” (<<todo independentista justifica la violencia si no dice lo contrario>>). ¿Usted ya ha condenado la violencia esta mañana? ¿No? Uf, pues, entonces, es que la justifica. Ah, ¿que usted no es independentista? Entonces, no hace falta. Divertido, pero pongamos que digo: ¿Usted ya ha condenado el “a por ellos” esta mañana? Uf, pues, entonces, es que lo justifica. Y puedo seguir: ¿Usted ya ha condenado la guerra de Siria esta mañana? Etcétera. Todo esto es la consecuencia de una manipulación política y mediática del Estado y sus medios: la de establecer un marco “moral y emocional” respecto a esta reivindicación de cara a la población española. Un servidor opina que cuando uno responde a la violencia (1-O, por ejemplo) sin violencia, se hace más fuerte. Y esta es la fuerza que le legitima a uno. Por tanto, la violencia no es sino un signo de debilidad: dejémosla al Estado. Que sea su perdición y no la nuestra (y no es un planteamiento ingenuo ni mucho menos).

La intencionalidad política de estas detenciones, planea por sobre todo el asunto. Ya se empieza a relacionar el terrorismo con Torra y con Puigdemont (utilizando una supuesta reunión de su hermana con los detenidos; reunión que ésta ya ha desmentido). No es baladí: si Puigdemont pudiera ser acusado de colaboración con el terrorismo, presumiblemente su extradición de Bélgica sería inminente. ¿El objetivo final es cursar una nueva euroorden a Puigdemont antes de las elecciones del 10-N? ¿O solamente equiparar la reivindicación catalana con ETA para radicalizar a los votantes de cara a las mismas? Ni idea, pero la coincidencia en los medios con opiniones que dicen que es “peor”, para la Guardia Civil, la Cataluña de ahora que el País Vasco con ETA (que causó unos 800 muertos), ya me hacen sospechar de todo.

Pero dije, al principio de este punto, “supongamos que la acusación es cierta”. Mientras sea una suposición, en un estado democrático, debe prevalecer la presunción de inocencia (esa que no tuvo Sandro Rosell que fue absuelto tras dos años encarcelado preventivamente: valoren ustedes en sus carnes ser encarcelado dos años y luego que se les diga que son inocentes, los absuelvan, y ya está, una palmadita en la espalda). Se deben exigir garantías para cualquier acusado de lo que sea, aunque uno corra el riesgo de que luego se confirme su culpabilidad. Pero hay que correr ese riesgo. Siempre.

La actuación policial del 1-O sin ningún tipo de explicación ni responsabilidad (no sabemos exactamente quién dio la orden de pegar a la gente, no les dio la gana de explicarlo ni ante el Tribunal Supremo y no pasa nada) ya supuso un alejamiento de estas fuerzas respecto a la sociedad catalana (miles de personas fueron a votar “no” a la independencia, y para ellos también iban los golpes: pegaban por votar). Pues bien, como resulte que las acusaciones a los CDR detenidos no tengan un fundamento sólido y demostrable, la credibilidad de la Guardia Civil, de las otras fuerzas de seguridad estatales y de la judicatura, va a ser menos que nada. De momento, un servidor no se sentiría tranquilo ante un control de la Guardia Civil, y menos si se me ocurre hablar en catalán.

Todo el mejunje anterior, y más, añadido a la crispación política en constante aumento (y si baja un poco, Ciudadanos ya se encarga de avivarla), se sumará a la sentencia del juicio al “Procés”. ¿Hay ideas en las célebres mentes pensantes del Estado (que es quien ostenta el poder) al respecto?

Vendría a ser aplicar el sentido común. Pero, si aceptamos que el sentido común es muy poco común, resulta que ya no es común y, por tanto, el sentido común no existe.

https://diario16.com/diez-asunto-indepes-1-de-2/

 

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