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Diez asuntos indepes (1 de 2)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Llevamos algunos años arrastrando el asunto del independentismo catalán. Por ahora, no se vislumbra ninguna solución porque parece que, a nivel político, todo va a continuar igual, y se trata de un tema a tratar políticamente (algo que no se hace). Respecto al fondo del asunto, y no a los vaivenes de los acontecimientos, se me plantean algunas cuestiones.

1) El “asunto”, para la sociedad española (no sus políticos), no es preocupante por sí mismo, sino por la capacidad de maniobra de los independentistas. Me parece algo relevante: parece ser que no preocupa el hecho que aproximadamente el 50% de los catalanes no quieran ser españoles y que entre un 70 y 80% sea partidario de un referéndum, sólo aparece la preocupación en los momentos puntuales en que éstos tienen maniobra de tomar decisiones efectivas. En los momentos que el Estado (mediante los medios que sean, es igual) anula estas capacidades, la preocupación sobre el independentismo decae. Esto podría significar que, en el fondo, a la sociedad española le importa poco la realidad de la reivindicación catalana y sus causas. Aquí podríamos encontrar una de las razones por las que un problema, en teoría, tan grave, no haya repercutido en una reflexión profunda sobre la organización territorial del estado, o en una reflexión sobre la reivindicación misma y cuál es su significado para estos catalanes. Imaginen que hay algo en su campo visual de lo cual sólo se percatan cuando se mueve, y que entonces les causa una honda preocupación. Lo que les preocupa es su “movimiento”, no la cosa en sí. Es decir, la cosa les es indiferente, y solamente adquiere relevancia cuando puede afectarlos. En el caso que esto fuera así, la sociedad española estaría subrayando un gran egoísmo e hipocresía, demostrando que no siente la sociedad catalana como parte de su conjunto, sino sólo “perteneciente” a él, una propiedad que le preocupa solo, y solo si, adquiere un movimiento que pueda cuestionar esta propiedad. Curiosamente, se tacha con asiduidad a los independentistas de egoístas e insolidarios. Como máximo, lo serían igual que el resto de españoles, pero sin esas dosis de hipocresía.

2) Lo anterior puede ser válido, también, para el comportamiento de los partidos políticos españoles respecto al asunto. Pero, aquí, hay un agravante: conscientemente, y a conveniencia, utilizan el asunto ya sea para enmascarar otros problemas ya sea para recaudar votos emocionales. Suele coincidir que cuando acechan casos de corrupción, se desvía la atención hacia el asunto catalán; y suele acontecer que, ante la falta, intencionada o no, de explicar programas electorales, se enarbole la bandera del nacionalismo patrio para atacar a los independentistas y cosechar todos esos votos tan poco reflexivos y tan impulsivos en lo emocional.

3) El trato, dado al asunto, por parte del aparato mediático del Estado sigue el anterior razonamiento, sustituyendo votos por audiencias. Con un añadido: la visión que dan para la inmensa mayoría de la población española, al ser estatal, debería incluir la visión catalana reivindicativa, pues es parte del estado. Sin embargo, no es así. La opinión y argumentación de esta reivindicación soberanista, prácticamente no tiene cabida. Si, por ejemplo, el 70 – 80% de los catalanes optan por el referéndum como solución, ¿no es extraño que esta opción no sea proporcional en la visión que ofrecen los medios del Estado? Por ejemplo, y sólo es un ejemplo, los 24 escaños de VOX en las anteriores elecciones proporcionaron horas de debate y análisis, ¿por qué son ignorados los 22 escaños independentistas (ERC + JxCat) o los 29 de los partidarios del referéndum (ERC + JxCat + Comuns)? Y esto, teniendo en cuenta que los de VOX se recogieron en todo el estado, y los otros sólo en Cataluña. Pero, si le añadimos el resto de votos de Podemos (en teoría, a favor de contemplar la vía del referéndum) y del PNV (que suponemos estaría a favor) y Bildu, nos suman 74 escaños, una cifra nada despreciable. Se pueden poner muchos ejemplos sobre la información sesgada de los medios estatales, pero simplemente deseo subrayar que la sociedad española sólo es informada desde una perspectiva, y los “hechos” que se le ofrecen solamente son los acordes a esta visión. Por tanto, las posibilidades de formarse una opinión libre son inexistentes, totalmente sesgadas. “Opinión libre” no significa que se deba simpatizar con la reivindicación, sino de disponer el máximo de información objetiva y un mínimo de proporcionalidad de los argumentos de todas las partes (para, cada uno, formarse “su” opinión). En Cataluña, tenemos gente de Ciudadanos, PP y PSC/PSOE en casi todas las tertulias y programas de radio, y aparte de TV3, la gente puede ver La Sexta, TVE, A3, etcétera. Un catalán no tiene problemas para acceder y escuchar las opiniones tanto de los independentistas como de los unionistas: puede elegir. El diario donde leen este artículo, junto a un par más, son una excepción.

4) La “división de la sociedad catalana”. Este es un eslogan que sirve para un barrido y para un fregado. Como eslogan es muy emocional, pero muy poco útil para avanzar en algo. A nadie se le ocurre condenar el futbol porque divide la sociedad en aficiones de equipos (y eso que esta división ha provocado enfrentamientos o reyertas, incluso, con víctimas). A nadie se le ocurre condenar la política porque fomenta la división con partidos (y esta división puede provocar colapso en decisiones, incapacidad de aprobar presupuestos, etcétera). Una sociedad, siendo un conjunto de elementos dispares, puede dividirse por donde les plazca. La catalana, la española y la francesa. Es una particularidad de los conjuntos formados por subconjuntos comunicados entre sí. Sin embargo, ante la tan cacareada división de la sociedad catalana, se evita comentar el hecho que entre el 70 y 80% de sus ciudadanos optan por el referéndum. Curioso. A 25 de septiembre se publicó una encuesta del CEO donde se puede leer que, en el PSC, el PSC más españolista de los últimos años, el 47% de sus simpatizantes son partidarios de este referéndum. ¿El título debería ser “el PSC está dividido”? La falacia de la división de la sociedad es la misma que usa la derecha para obstaculizar cualquier trato a algo que le incomode, como la Memoria Histórica respecto a la dictadura fascista: que ello divide la sociedad. Una sociedad democrática siempre estará, y es sano que lo esté, dividida por sus múltiples visiones, perspectivas y opiniones. En lo único que debería estar unida es en la defensa de los Derechos Humanos.

5) Los Derechos Humanos pertenecen, como indica su nombre, a todos los humanos por el mero hecho de serlo. No por su pertenencia a una opción política u otra. La señora Arrimadas, un ejemplo casi al azar, tiene, o debería tener, los mismos derechos que la señora Forcadell (presidenta del Parlament con 2 años en prisión preventiva, acusada de violenta); o, el señor Casado, los mismos derechos que el señor Cuixart (activista político cultural con dos años en prisión preventiva acusado de violento por intentar mediar y disolver una manifestación pacífica espontánea, de la que se le hace responsable). El hecho de pertenecer a una reivindicación política que es contraria a la ideología del estado, incluso a su Constitución, y que utiliza procedimientos de manifestación y desobediencia civil, no puede ser causa ni justificación de menoscabar sus derechos básicos. La disidencia y desobediencia caben en la democracia, y son unas de las pocas herramientas pacíficas de las minorías para hacer visibles sus reivindicaciones. Si no fuera así, las minorías no podrían ser jamás visualizadas, ni sus argumentaciones escuchadas. Esto es un “derecho” (ser escuchado y debatido con argumentos) político, y se pasa por alto. En los países que se ha menospreciado este derecho a ser escuchado y debatido con argumentos, han aparecido los iluminados que creen que lo serán mediante el alto volumen de la violencia.

6) La violencia independentista (1a parte). Se pretende profundamente relacionar la violencia y su uso con la reivindicación catalana. Y no es baladí el asunto, porque los presos y exiliados lo están por ser acusados de ello (de hecho, “rebelión” implicaba incluso el uso de armas, pero es igual, a la sociedad española esta minucia poco le importa, es como lo de los misiles nucleares en Irak para justificar la guerra y que, por cierto, nunca aparecieron). La intención de poder establecer esta relación no es sino hacerla extensiva a toda la reivindicación para menoscabar los derechos de sus pertenecientes, los individuos. En toda reivindicación multitudinaria aparecen exaltados que hacen uso de la violencia. Que no sea justificable, y que lo debamos condenar sin fisuras, no impide que la realidad sea así. Hay gente (por lo general, varones) que son violentos. Lo vemos en manifestaciones de los taxistas, mineros, los “chalecos amarillos” en Francia, y en muchos otros colectivos, como aficiones de muchos deportes. Pero no suele significar que todo el colectivo sea violento. Un forofo de, pongamos, el Celta de Vigo, violento, no convierte a toda la afición del Celta en violenta, y mucho menos a toda la afición del futbol. Ni un taxista que agrede un conductor de Cabify convierte todos los taxistas en agresores, ni mucho menos a todos los conductores de transporte público. Sin embargo, un “supuesto” descerebrado violento de, pongamos, el CDR de Sabadell (el tema concreto de los CDR detenidos lo trataremos al final), es usado por todos los medios españoles y casi toda la clase política española, como ejemplo de que los CDR (repletos de gente de todas las edades, incluyendo ancianos, y de una gran diversidad social) son violentos. Y, por extensión, que la reivindicación catalana es violenta. La intencionalidad es deteriorar la legitimidad moral de tal reivindicación como escudo para disminuir los derechos de la reivindicación por entero. Y si se flexionan o reinterpretan las leyes y sus términos para darle cabida a ello, a la larga afectará los derechos de toda la sociedad española, formada por seres humanos, porque estamos hablando de derechos humanos (a no ser que esta sociedad nunca reivindique nada, como la legitimidad de la monarquía o cualquier cosa que quede fuera del statu quo, cosa que también es posible).

7) El “statu quo” es la oligarquía, no quien ostenta el poder, sino aquél que lo dirige. Si nada cambia, hay una élite (no solamente de personas, sino también de instituciones, fundaciones, financieras, empresas…) que se enriquece más y más a costa de la sociedad. Puede evadir impuestos no solo impunemente, sino legalmente. Solamente mira para sí misma, y, el resto del mundo (los individuos, el clima, los derechos, la política), les es una simple teta de vaca lechera. Digamos que esto es el statu quo: no cambiar nada para seguir igual, o aceptar algún cambio sólo si mejora sus condiciones. Evidentemente, jamás van a permitir dar ninguna opción a que el pueblo catalán pueda ejercer sus derechos en un referéndum. Dejando aparte que, un servidor, considera que este statu quo es el responsable de impedir por todos los medios que Podemos toque poder en España, las muestras de poder que dan por sobre sus partidos políticos (PSOE, PP, Ciudadanos, VOX o la antigua CiU) convierte a los votantes en meros títeres. En España, si votan “mal”, se vuelve a votar. En Cataluña, si votan “mal”, se interviene el poder político mediante el Estado (el 155) o mediante el sistema judicial (impedir la investidura de presidentes votados como Puigdemont, Sánchez, Rull; o de eurodiputados electos: Junqueras, Puigdemont, Comín). El statu quo solamente negocia mediante el Estado cuando la pérdida total es inminente (por ejemplo, la pérdida de Cuba). Está íntimamente ligado al sistema económico.

8) Lo económico. Este es un aspecto sumamente divertido: a nivel económico, los independentistas son acusados de egoístas e insolidarios… y con esto nos ventilamos el tema, como si hoy en día la economía no importase en nuestras vidas. La pregunta al respecto, si usted no es catalán, sería: si Cataluña fuera pobre, un lastre para la economía de España, ¿le importaría que se hiciera el referéndum? La parte económica de la reivindicación ni se analiza en los medios españoles. El déficit fiscal, el incumplimiento continuo de inversiones del Estado, se dejan de lado como si la oligarquía española no tuviera ningún tipo de interés en Cataluña, y todo se resumiese, simplemente, en que la reivindicación es “mala”. El verse como una teta de esa vaca lechera es muy extenso entre la población catalana, acentuado por el hecho de ser continuamente atacados y tachados de insolidarios y egoístas. Al respecto, un pequeño ejercicio: ¿por qué es egoísta un catalán independentista? (Y vamos a obviar que antes del auge del independentismo ya se relacionaba la sociedad catalana con el egoísmo). Espero que estén de acuerdo con esta respuesta: el independentista es egoísta porque sólo piensa en Cataluña y no quiere compartir su riqueza productiva con el resto del estado. (Vamos a obviar, también, que no hay una proporcionalidad entre lo que Cataluña aporta y lo que recibe del estado respecto a la proporcionalidad de otras comunidades). Bien, pongamos que una comunidad española X (Andalucía, Castilla, la que sea) es más rica que una comunidad Z de Portugal, con la cual no comparte su riqueza productiva. Naturalmente nadie va a considerar a la comunidad X española como egoísta, porque Portugal es otro estado. Si aceptamos esto, nos encontramos que el egoísmo se refiere tan solo a las relaciones intraestatales. Por tanto, si mañana Cataluña pasa a ser independiente, pasado mañana dejaría de ser egoísta, ¿no? Es decir, si la reivindicación fuera únicamente económica, se podría decir que es egoísta, pero si consiguiese su objetivo de independencia, entonces, al ser otro estado, dejaría de serlo. Todo esto no tiene mucho sentido salvo que se acepte la condición siguiente: el egoísmo, o no, económico, va ligado a la noción de nacionalismo donde se apoyan los estados. Pero esto es a conveniencia: nadie dice que la empresa X española es egoísta si tiene residencias fiscales en el extranjero, legalmente, para pagar menos impuestos. Incluso hay deportistas que celebran sus éxitos enarbolando la bandera patria y tienen la residencia en el extranjero para pagar menos impuestos (por ejemplo, el piloto Fernando Alonso tenía la residencia en Suiza y se le concedió el premio Príncipe de Asturias y el Nacional del Deporte).

Vayamos un poco más allá: si fuera que la reivindicación catalana solamente quiere una mejora egoísta de sus condiciones económicas, se pediría un acuerdo fiscal diferente. Pero resulta que no es así. Es más, presumo que gran parte de independentistas aceptarían un periodo de involución económica sin renunciar a la independencia. ¿Por qué? Porque hay el convencimiento que el Estado pone palos a las ruedas al desarrollo económico de Cataluña con una clara intencionalidad política: limitar su poder. Los ejemplos (gestión de los aeropuertos, cómo se instauró el AVE en España, las trabas al Corredor del Mediterráneo, etcétera) son variados. Pero, decía, la reivindicación va más allá de lo económico: es cultural, es identitaria. No se quiere ser español porque no se reconocen ni se sienten incluidos en el significado que se da a España (o a ser español) en el Estado. Y la reacción de la sociedad española por boca de casi todos sus políticos y el monarca (subrayando su discurso del 3-O), ese “a por ellos”, es decir, a por “los otros”, es decir, “los que no son nosotros”, es una posición que lo corrobora. En el fondo, colonialista. Cuando el político del PP catalán García Albiol, se refirió a los unionistas de Cataluña como los catalanes de bien, los que se sienten españoles, refleja un sesgo ideológico muy presente en España: “para ser buenos catalanes, estos deben sentirse españoles”. La política del Estado, el modo de hacer de PSOE, PP y Ciudadanos, es el reflejo de pedir una “sumisión” identitaria. Y de ahí vienen (es una opinión muy subjetiva) declaraciones como la de Cuixart de no pedir el indulto y cumplir íntegramente la condena: negarse a la sumisión.

Retomando el ejemplo de la comunidad española X respecto a la de Portugal, nada nos hace suponer que los ciudadanos de X deseen que a los de Portugal les vayan mal las cosas. Y lo mismo debe suponerse de una Cataluña independiente respecto a los ciudadanos de España. El error radica en aceptar el siguiente silogismo: “si la independencia de Cataluña significa una peor economía para España, y los catalanes desean la independencia, los catalanes desean el mal económico para España”. La simpleza de lo anterior es para ruborizarse, si no fuera que de modo solapado y utilizando eufemismos, la utilizan muchos políticos… lo cual podría interpretarse como un argumento español… muy egoísta.

También es muy subjetiva la opinión de que, cuando Junqueras dice “amo a España”, se refiere un poco a lo anterior. Un servidor no va a caer en este célebre amar a España, porque desconoce cómo se ama a un país. Tampoco amo a Cataluña. Uno ama, o no, a personas, sean del país que sean. No me entusiasma la gente que ama así, en abstracto. Simplemente no deseo que rija la sociedad catalana un conjunto de políticos a solamente 600 kms de distancia pero que ni la comprenden ni la respetan ni les interesa hacerlo, cuya intención parece ser tomarnos como ovejas en un redil, sumisas y obedientes ante lo que ellos consideran que hemos de ser: españoles en una definición y modo de ser que imposibilita ser otra cosa.

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