Culpable, todo el rato, por no hacer lo suficiente. Culpable, viviendo en una contradicción constante, sin posibilidades de eximirse. “¿Qué estás pensando?”, lee Diego Sánchez Aguilar en el estado de Facebook, a punto de colgar la fotografía más bonita del viaje a Madrid en el que presentó su novela junto a Manuel Vilas; o quizás una postal de la Plaza del Humilladero, donde nos encontramos al día siguiente, acompañados por Miquel Robles Martínez, de la editorial Candaya, disfrutando los tres de una mañana soleada —y resacosa—, para conversar acerca de esta obra que no cuenta más que verdades.

Si la pregunta inicial sufriera una ligera transformación e invitara a responder: “¿Qué has hecho?”; si realmente existiera Factbook, esa red social que expone acciones y culpas, ¿cuál sería el primer hecho que contaría? Recostado en su silla, gafas aviador cubriendo sus ojos, reconoce que las palabras, en efecto, serían otras más directas, sin adornos, sin imágenes, y suelta: “Soy un escritor, léeme. Estoy aquí, promocionándome, dándome bombo. Quiero una reseña aquí, una entrevista allá. Porque en Factbook tendría que decir todo lo que callo y que, por supuesto, nunca pondría en Facebook”.

Ese juego de hechos vs. mentiras en el que estamos inmersos, es sorteado por el autor murciano desde el oficio de escribir como el lugar ideal para declarar verdades. Bajo esta premisa —¿y tal vez para aquietar la culpa?— nace Factbook: El libro de los hechos, relato de un apocalipsis cotidiano y consentido, en el que quería mostrar que aquello que parece una distopía es una realidad absoluta. Sobre todo que la actualidad tiene algo perverso que no se cuenta en los telediarios y que muchos pretenden esquivar. “Toda la sociedad falsa y ficticia que dibujo pone de relieve que estamos absolutamente dominados, que como ciudadanos somos impotentes para hacer cosas, que estamos llenos de culpabilidad, que hacemos las cosas mal y no lo queremos reconocer”.

En ese sentido, se inventa unos personajes intentando ser sincero sobre las cuestiones de las relaciones humanas y lo que no suele verse en el mundo real, donde quedan muchas cosas que no decimos. Aunque apunta que es una definición “vieja” y “utópica”, la literatura crea mentiras para contar la verdad. Por eso nacen Gustavo y Rosa, quienes representan la contradicción, principal síntoma de la sociedad actual. A pesar de que reaccionan de manera diferente ante esta avalancha, ambas actitudes son de derrota.

Gustavo, movido por un individualismo extremo, toma distancia de su propia vida, y desde allí distingue, con lucidez, su egoísmo; se juzga culpable, pero no encuentra redención y la única salida posible es el extremo de congelarse, pasando completamente de todo. Rosa, siempre luchadora, también derrotada porque no puede luchar sola, echa de menos su juventud, en la que manifestaba su activismo en conjunto, una forma que ahora está disipada. Los ahorcados en el toro de Osborne son para ella una pequeña esperanza de cambios en el sistema, así como Factbook, esa red en la que la gente se sale del discurso y busca poner nombre a los culpables, pero que no logran despojarla de la sensación de amargura y el deseo visceral de que esto acabe.

Ellos nos encarnan: en sus mentiras, sus errores, sus falsedades; y el contexto en el que se desenvuelven es una estampa de la sociedad: el dominio aplastante del mundo financiero y de las reglas de la economía sobre la humanidad. Es lo que el autor se atrevió a decir, asumiendo la ficción desde la realidad, a partir de la distancia. “Si hubiera intentado retratar el presente exactamente como es, sin alterar nada, con nombres y apellidos actuales, sin profundizar, sin cuestionar, la gente hubiese leído lo que ya sabe y se hubiese quedado con su visión del mundo”. Para escribirla fue necesario apartarse lo suficiente, dilucidar cómo están hechas las cosas, e ir reajustando en el camino. Un trabajo por capas, con un planteamiento inicial que se mantuvo: una ficción que se desarrolla en un tiempo que no existe, casi como una realidad paralela.

Diego Sánchez Aguilar eligió crear una distopía del presente no porque no sea capaz de escribir una utopía, sino porque imaginar un futuro ideal ahora mismo es complicado. Basta con ver las películas, leer los libros o hablar con alguien: casi nadie puede construir una visión utópica, pero esto no siempre ha sido así. “Está en el ser humano actual y viene desde más atrás. La sociedad occidental no es capaz de imaginarse un futuro mejor. ¿Por qué? Esa es la gran pregunta: qué condicionamientos sociales, qué armazón ideológico y qué pensamientos construyen esa barrera. Yo creo que está relacionada con la dinámica del capitalismo, que lo llevamos en la sangre, y que no es un planteamiento, no es una opción (…) Ahora mismo el pensamiento es apocalíptico”.

Ojo, y no es que este hombre sea un pesimista que nos quiere contagiar a todos, pues esta queja no es individual: es un malestar social vivido en primera persona pero replicado en la gente del alrededor que, además, cree que el origen de la crisis es el agobio o el estrés personal. Por ejemplo, refiere, en el sector de la educación pasa que los profesores sufren los recortes, los sobrelímites de trabajo y la respuesta que reciben ante la queja es que necesitan un coach para relajarse y ver la vida desde otro ángulo.

“No, no necesitas un coach, necesitas un sindicato que regule tus condiciones laborales. En cambio, te hacen creer que todo es tu culpa y cada uno está en su propia burbuja pensando que es su problema, pero resulta que tenemos el mismo. Todo el mundo piensa que lo está haciendo mal, que está perdiendo el placer por trabajar, pero es un problema colectivo. Y el concepto de lo colectivo está perdido: esa es la gran derrota”. La misma que sus personajes experimentan, a pesar de los intentos de aferrarse a algo.

“Para ver algo tienes que alejarte”, dice el autor de esta novela que retrata una sociedad en la que empresarios aparecen ahorcados y la criogenización es una alternativa de ¿redención?

Por eso, en esta novela no hallaremos lecciones. Simplemente porque nació de la propia impotencia por no encontrar ninguna solución. No ha vislumbrado un camino correcto o claramente válido, porque si no, en lugar de escribir, habría trabajar en ello. En todo caso, la búsqueda es que seamos conscientes de cómo somos, de cómo es el mundo, y que luego cada quien actúe como considere. Leerla y cuestionar el lugar que ocupamos es, al menos, intentar ser lo más sinceros posible.

“Joder, me he quedado con mal cuerpo”, es una frase que ha escuchado de muchos lectores, evidenciando que este es uno de esos libros que punzan. Fastidiar a la gente no es uno de sus objetivos, pero sabe que a veces la lucidez no trae felicidad, y esta sí que era su pretensión: no evitar la realidad, no evitar decir cosas incómodas. “Me interesa la literatura que te golpea. No me interesa la literatura de adorno”.

 

Aunque el camino no esté tan claro, ¿escribir puede “servir” para algo?

No creo que esté todo perdido, si no, no escribiría, ni lucharía, no haría nada, y hubiese ido a congelarme. Pero si se trata de decir verdades, escribir vale para poco…

 

Entonces, ¿cambia algo esta conversación?

No. La culpa siempre está. Estado de Facebook: Estoy aquí, haciendo una literatura que lucha, voy a mandar un mensaje para que todo el mundo tome conciencia. Estado de Factbook: Soy un miserable que ha faltado al trabajo para hacer dos entrevistas, para salir en este periódico, para salir en esta radio, para vender cuatro libros más y para que mi nombre suba un peldaño más en la escalera infinita de la autopromoción.

(Miquel, como editor, no puede evitar intervenir en la conversación e interpelar)

 

Pero también es una forma de lucha, de que la gente se cuestione como mínimo…

Se puede mirar así, pero no quita que lo mire de la otra forma… Te puedes sentir culpable por todo, claro, y por eso no hay lecciones, porque soy contradictorio.

(Nos miramos y asentimos porque sabemos que no escapamos de las contradicciones)

 

Bueno, en un mundo de tanta mentira, es realmente disruptivo decir la verdad.

Esa es la idea. Decir la verdad es revolucionario. A nivel personal y social la literatura tiene eso. Sería más sencillo seguir alimentando mentiras, hacer ficciones que están dentro del discurso, que son las ficciones más fáciles, y no las que te hacen conocerte a ti mismo y conocer el mundo.

 

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