Isabel Díaz Ayuso tiene a los niños pobres de Madrid a base de pizzas. Los expertos en alimentación aseguran que esa dieta es una auténtica aberración para una criatura en período de crecimiento pero la presidenta madrileña es como aquella severísima señorita Rottenmeier de Heidi que no atendía a razones y aplicaba la fusta, el ricino y la disciplina prusiana a los colegiales. “Que a un niño le den una pizza no creo que sea un problema”, ha dicho sin despeinarse mientras miles de familias afectadas por la ruina del coronavirus las pasan canutas en los comedores sociales, en las colas de Cáritas y en los vertederos de las grandes superficies.

La pizza nació en Nápoles, donde hoy los capos de la mafia han sustituido al extinto Estado de Bienestar y se han convertido en reyes de sus comarcas, dueños y señores que en tiempos de pandemia reparten comida y unas monedas entre los infectados del coronavirus. De alguna manera, durante los años de gobiernos del Partido Popular, Madrid también fue una especie de gran feudo napolitano por el que pululaban peligrosos mafiosos y gánsteres de todo pelaje y condición, mayormente de las familias púnicas y gurtelianas. Entre tanto ejecutivo agresivo, tanto abogado corrupto y tanto banquero de fondo buitre sin apenas tiempo para yantar porque había mucho que robar, la pizza, el fast food y otras comidas basura tenían que terminar imponiéndose, arraigando, desplazando al tradicional cocido y a los deliciosos callos y torreznos en el frenético Manhattan madrileño. Quizá por esa tradición, por esa estrecha relación entre alimento industrial, capitalismo salvaje neoliberal y cultura del pelotazo, Díaz Ayuso piensa que las pizzas son buenas, sanas, nutritivas, y se las pone de comer a los pequeños de la famélica legión.

No extraña que la señora presidenta le tenga tanta querencia a la comida prefabricada.  En los buenos tiempos de la Gürtel, cuando el dinero fluía a espuertas por Madrid y ella era una aprendiz de Aguirre absorbida por completo en la gestión de la cuenta tuitera del perro Pecas, no se comía otra cosa en la sede del PP más que pizzas grasientas y gorrinas. Todo el mundo allí funcionaba bien enchufado a las cuatro quesos, boloñesas, barbacoas y carbonaras porque no había un solo minuto que perder para hacerse rico. Era la comida del triunfador. Ciertamente había mucho que hacer, sobre todo licitaciones exprés, privatizaciones encubiertas de hospitales, adjudicaciones a dedo, toda esa tediosa burocracia política que no le dejaba a uno tiempo para echarse algo decente al coleto. Si somos lo que comemos, como dijo el viejo Feuerbach en la obra anticipada a su tiempo Enseñanza de la alimentación, Díaz Ayuso es una víctima del sistema, una hija de la globalización capitalista sin control que adora la comida rápida, metáfora del dinero rápido y del éxito rápido en una época gloriosa donde el que perdía el tiempo en la mesa con un potaje de garbanzos era un tonto que no pillaba cacho a los postres, o sea en la gran tarta de la mordida y la comisión.

Si todos los grandes imperios tuvieron su plato emblemático (el británico el desayuno inglés, el Tercer Reich la salchicha de Frankfurt regada con cerveza y los chinos el arroz frito tres delicias que hoy han cambiado fatalmente por el maldito pangolín o el murciélago) el menú del PP no podía ser otro que la pizza rápida, adulterada y precocinada en cinco minutos, el instante justo que al PP de antes le llevaba firmar un suculento contrato con la mafia.

Díaz Ayuso es una nostálgica de ese viejo mundo que se derrumbó y que ya no es. Es tal su pasión por la pizza que su Gobierno es capaz de pasar por alto un cargamento de 36.000 plátanos semanales gratis donados altruistamente por la Asociación de Organizaciones de Productores de Plátanos de Canarias (Asprocan). Esta organización lleva repartidos casi dos millones de bananas en toda España desde que estalló la crisis, pero la fruta fresca no está llegando a los escolares de Madrid porque Díaz Ayuso no estima pertinente incluir tan nutritivo alimento en el menú infantil. El plátano es rico en fibra, potasio e hidratos de carbono. Un alimento sano y necesario para los niños que a alguien que viene de la cultura política poligonera y destroyer como Díaz Ayuso, alguien que es una entusiasta del dióxido de la contaminación, de los empleos basura y las pizzas cáusticas, debe parecerle un alimento propio de comunistas y perdedores del lumpenproletariat.

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