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Un día de huelga feminista en la vida de Manuel

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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Se levantó Manuel un poquito más tarde. Era día de huelga, pero no día de libranza. Además, su hijo se despertó antes, imbuido de emociones adolescentes por participar por primera vez en una huelga estudiantil que, siendo huelga feminista, no tenía que ser ni un poquito menos huelga.

Eso ya lo tenían hablado. Su mujer, su hijo, él mismo lo tenían muy claro. Esta huelga era tan huelga como cada huelga. Y tan general como las más de diez huelgas generales que la habían precedido. Pero, a la vez, era mucho más que una huelga laboral. Porque no se trataba sólo de no ir a trabajar. Se trataba de no consumir. Se trataba de no estudiar. Y se trataba de que las mujeres no hicieran, este 8 de Marzo, todas esas tareas de cuidados que habitualmente se ven obligadas a asumir sin concurso de varón.

Manuel tiene un empleo con contrato fijo y seguro. Tiene cierta flexibilidad y puede hacer huelga sin grandes costes, más allá de la parte del salario que pierde. Su mujer, sin embargo, tiene un contrato temporal y sólo de unas cuantas horas al día. Un empleo que pone en riesgo participando en la huelga. No mañana mismo, sino cuando toque la renovación del contrato.

Por eso Manuel y su hijo decidieron ir a la huelga. Uno a la laboral y otro a la estudiantil. Hicieron las camas, recogieron la casa, prepararon algo de comida y se fueron a dar un paseo para otear el ambiente. No hicieron compra. Fueron a ver a la abuela. Volvieron a casa, comieron, reposaron la comida y asistieron a la festiva e intensamente reivindicativa manifestación de mujeres y de muchos hombres.

Es cierto que algunas mujeres decían que había que trabajar, en esta huelga, a la japonesa y otras que decían que los hombres no pintan nada en esta huelga. Que se trataba de demostrar que sin mujeres las cosas no funcionan. La mayoría de chicas del instituto hicieron la huelga y algunos chicos también, aunque en esto había división de opiniones y alguna compañera argumentaba que las mujeres habían sufrido mucho y ahora tenían que sufrir los chicos yendo a clase el día de la huelga.

Hicieron la huelga porque muchas mujeres lo tienen mucho más difícil que ellos y no pudieron hacer la huelga. Y por las mujeres que no tienen trabajo. La hicieron, también, por las mujeres mayores, como la abuela y como esa Paquita que sale por la tele, que ven las pensiones amenazadas. Pensiones miserables, con subidas anuales mezquinas.

Y esto de la igualdad va de justicia y solidaridad. Así se lo enseñaron su madre y su padre. Y los padres y las madres de su madre y su padre. La huelga es un derecho de todas y de todos. Y, si la causa es justa (y esta lo era) necesita el apoyo y la solidaridad de todas y todos, sin excepciones. Porque todas y todos tendremos que vivir en el mundo resultante.

Solidaridad y justicia con las mujeres víctimas de maltratos. Y con las que tienen empleos basura, temporales, precarios, a tiempo parcial y mal pagados. Y con las que se tiran años en el paro. Y con las que estudian más que muchos chicos y terminan siendo dirigidas y orientadas hacia profesiones “feminizadas”, mientras que las profesiones técnicas y los puestos de dirección son ocupados invariablemente y con carácter general por hombres.

Manuel, su hijo y su mujer hicieron huelga en todas sus modalidades. Hoy asisten a la ceremonia de la confusión. Muchos hombres poderosos y algunas mujeres con poder dicen que la huelga ha sido un fracaso. Que tampoco se notó tanto en las empresas y en los comercios. Por contra, muchas mujeres y algunos hombres creen que la huelga ha salido muy bien. Y que, en todo caso, las manifestaciones han sido de las más impresionantes que han recorrido las ciudades españolas. Que nadie puede ya sostener que la discriminación no existe. Que hasta la derecha y la mayor parte de la Iglesia, salvo algunos obispos de convicciones ancladas en posiciones anteriores al Concilio Vaticano II, han reconocido que la causa es justa. Que ni los empresarios, aunque mañana no renueven el contrato temporal de muchas mujeres, tampoco se han atrevido a combatir demasiado los argumentos de la huelga. Que las manifestaciones fueron masivas y que las mujeres que pudieron hacer la huelga laboral, sin graves amenazas de perder su empleo, la hicieron.

No saben qué resultará de todo esto, pero tienen claro que la igualdad no tiene vuelta atrás. Que no se podrá construir un mundo futuro, en libertad, sin que mujeres y hombres se relacionen de igual a igual. Y que esa es una lucha para toda la vida, que comienza aquí, en casa, y continúa en el instituto y que hay que llevarla a los centros de trabajo y a toda la sociedad. Que las leyes son importantes, pero que son papel mojado si no son el reflejo y el resultado de una tendencia imparable que recoge el sentir abrumador de una sociedad.

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