Atardecer en la Playa de la Victoria. Foto: Flickr

No se desperdició el día, ni el anochecer ni el alba. No recibí el mensaje que esperaba, pero ni frustró mi vida, menos aún mi esperanza. Bajé a mi playa, sumergí mi cuerpo en el agua y recibí la sal, las algas. Di firmeza, sentimiento, fuerza a las olas que me esperaban.  Sol arena, aire, tarde de levante en mi playa.

Paseé hasta la torre verde de mi playa, regresé en el tiempo hasta la toalla morada que me esperaba. Reté a las gaviotas con mi mirada, quedaban por momentos hipnotizadas, les varo en la orilla la mirada; jóvenes que observaban sonreían ante la situación que lo embargaban, ¿sonreían por el hechizo evidente de las miradas?, ¿o por la «voluminosidad» de los adjuntos a su extensión que se levantaban? ¿Qué más da, el hechizo o la voluntad de vida deseada? El aire espolvoreaba la arena como azúcar en un bizcocho a los cuerpos desnudos, o no, que al tímido sol del atardecer se mostraban.

Tardes de verano de septiembre de La Victoria, mi playa, quedaste sola con palomas, gaviotas, pensamientos y almas deseadas. Amor en vida, vida vivida en tus aguas, aire que acaricia sin molestar la playa. No estás sola, sólo estás en soledad deseada… La música y la voz que para esta tarde deseaba llegó sin esperarla con el sonido de las olas y al aire que tu arena arrastraba.

El sol se pone sobre la alfombra azul del mar de mi alma. El faro cercano a la torre verde de mi playa envía destellos de luz que marca el color morado de mi toalla. No me perdí, encontré lo que buscaba.

Sólo me queda seguir contemplando a las olas mojar las patas de gaviotas y palomas que me acompañan. Ellas son la libertad del anochecer en la playa. Mi alma se libera con el hechizo retador de sus miradas. Pican existencias humanas y yo pico con ellas dignidad liberada. Mi esperanza, mi música, sólo libertad deseada.

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