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Detrás de la escena

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Vinebre es un pueblecito ubicado al norte de lo que en Cataluña llamamos las Tierras del Ebro, el lugar en que el realismo mágico tiene más sentido después de Macondo, un lugar de esos donde describe tu pueblo y describirás el mundo, la frase que Tolstoi pronunció en un buen día, toma un sentid pleno. Uno de los mejores, más influyentes y controvertidos arquitectos de la historia catalana reciente, Albert Viaplana, es hijo de Vinebre. Ahora que hace seis años de su muerte es posible tomar una cierta perspectiva respecto de su figura. Una de las primeras cosas que se puede afirmar es que Albert fue un arquitecto de pueblo en el sentido más noble que pueda tener esta expresión. Formado como aparejador primero, un aparejador competente y con buena fama de saber construir bien, no se graduará como arquitecto hasta los 33 años, lo que lo convertirá en unos 10 años mayor que sus compañeros de promoción. Esta visión en perspectiva sobre su propia formación, esta madurez que ya tenía cuando empezó a estudiar la carrera, dio como resultado un arquitecto que, aupado sobre su enorme talento, supo forzar las convenciones hasta el límite de la ruptura, tomando unos riesgos que lo convirtieron en el último arquitecto de lo que podríamos llamar la Escuela de Barcelona capaz de producir verdadera innovación. Viaplana proyectó siempre en tándem con Gabriel Mora, Helio Piñón, Enric Miralles y su hijo David.

     El rasgo más importante como arquitecto de Albert Viaplana fue su capacidad de desaprender. Su formación como aparejador lo convertía en un virtuoso de la construcción que, en un momento dado de su carrera, decide distanciarse de la técnica en una búsqueda constante del límite. Del límite de las estructuras, de la función, de la construcción, de la representación, un límite que lo lleva a plantear la arquitectura más abstracta que jamás se haya propuesto en nuestro país sin que ésta deje de ser arquitectura. Albert, con su enorme capacidad plástica, con un dominio del vacío tan virtuoso que puede equipararse al de Chillida u Oteiza, jamás dejará de comportarse como un arquitecto. Su abstracción se queda en el límite en que se podría pensar que deja de ser arquitectura para convertirse en escultura. Justo en ese límite. Pero la bola cae siempre del lado de la arquitectura. Y esta es esta actitud lo que convierte a Miralles en un producto suyo. Debo una parte de esta reflexión a Joan Roig. Mai no et podré estar prou agraït, Joan.

     Albert no se desvinculó jamás de Vinebre, de donde terminará siendo arquitecto municipal, o algo parecido a eso, más por ser hijo del pueblo que por ese prestigio suyo que, imagino, debía verse desde allí con orgullo y una cierta distancia. Vinebre es, en cierta medida conceptual, la culminación de la obra de Albert. Allí, enfrentado a presupuestos muy ajustados. A unas exigencias de durabilidad muy altas, a un ambiente calmado, no puede forzar tanto los límites de su arquitectura. Es allí donde Albert se encuentra con su faceta de constructor virtuoso sin dejar de ser ese arquitecto gamberro y provocador con despacho en Barcelona. Es un Viaplana doméstico, que no domesticado, un Viaplana de estar por casa. Un Viaplana que, por primera vez en toda su carrera, trata estos límites con cariño.

Fotos: Jaume Prat.

     Es imposible glosar el Viaplana de Vinebre sin una visita a su archivo y sin una conversación con su familia y sus colaboradores: la obra está dispersa, fraccionada en microintervenciones, difícil de seguir e impublicada. Se podría decir con toda justicia que Viaplana se dedicó a cuidar el pueblo. Y esto se nota cuando lo paseas. De sus obras en Vinebre destaca, quizá porque es un edificio y eso está acotado y no hay vuelta de hoja posible, lo que fue la sede del Ayuntamiento, un minúsculo edificio que casi podríamos titular como Viaplana unchained. Esta obrilla es una especie de pequeño milagro. A lo sumo tendrá ochenta metros cuadrados construidos. Su complejidad es insondable. El edificio es una especie de pequeño cubo que, de hecho, no es un cubo porque la huella del solar no es cuadrada, sino rectangular. Un cubo de dos plantas trabajado a base de unas operaciones geométricas tan potentes como sutiles: un vacío a modo de porche con una escalera a ningún lugar, porque la escalera tiene como tres o cuatro metros de ancho, comiéndose como la cuarta parte del espacio útil del edificio en un gesto de gran bravura, y es una escalera que termina contra una pared, y en una esquina una puertecita de 80cm de ancho que conecta dos espacios exteriores, porque en el pasillito de atrás todavía hace frío, y una segunda escalera que gira y no se ve y luego apareces en el piso de arriba y ahí hay un hueco que debe ocupar otra cuarta parte del solar formando un altillo sobre una especie de planta baja secreta. Y luego un balcón que no está encarado con la puerta por donde se sale, sino desplazado lateralmente, un balcón que, me juego pelas, Viaplana diseñó pensando en Pepe Isbert, un balcón sin ningún despacho detrás, y ventanas que conectan exteriores con exteriores, y yoquéséquémás. En fin: un edificio que da para tesis doctoral. Y que ahora está vacío. Y que, espero, esté catalogado. No hace falta decir que jamás ha sido publicado. Si, finalmente, el Archivo Viaplana termina en Vinebre, ¿no podría este edificio ser su sede?

     La función actual del edificio es alojar el cajero automático del pueblo. Es algo que hay que tomarse en serio. Pensemos que Vinebre tiene el pueblo más cercano a tres quilómetros, que ahí el clima es extremo, que su población está envejecida y que, además, ha perdido el 75% de ella desde 1850, lo que nos da un casco disperso, infrahabitado e infradotado. En estas circunstancias un cajero es (1) un servicio social por el que el pueblo ha tenido que luchar y (2) uno de sus equipamientos más importantes.

     El cajero se aloja en el porche del edificio. Ubicarlo allí requirió de un pequeño proyecto de adecuación que, he sabido recientemente, es obra del arquitecto Miquel Àngel Julià, que, casualmente, es mi referencia en cuanto a retail se refiere. Miquel Àngel hizo un trabajo totalmente anónimo, un trabajo que sólo tiene una recompensa para el arquitecto que lo hace: que su trabajo sea invisible. El cajero, un armatoste de tamaño considerable, machuchón, pintado de colores chillones, una pieza de diseño industrial creada para que destaque sobre un fondo, tenía que encajar con la mayor dignidad posible en una obra creada para mirársela dos veces. Los cajeros suelen tener dos componentes: el propio cajero y la banderola que lo enuncia, un reclamo del reclamo que todavía destaca más y que todavía queda peor. La posición de la banderola era lógica: el pilar exento que ancla el edificio al suelo    y conforma su volumen, identificando y creando el porche con la escalera. Posición que Miquel Àngel evitó desplazándola el lado del balcón, donde hace menos daño.

Fotos: Jaume Prat.

     Hace unos años trabajé en el estudio de Josep Lluís Mateo. Lo que más se me preguntó en privado era que quién proyectaba de verdad en ese despacho (eh, eh?). Recuerdo las miradas de incredulidad que suscitaba mi afirmación que quien proyectaba en el estudio de Josep Lluís Mateo era (es) Josep Lluís Mateo. Lo que no quita que en ese estudio, como en cualquier gran estudio, los colaboradores no tengan un peso, una libertad, un margen de actuación muy amplio. Un proyecto es un hecho muy complejo. Abarca muchas escalas. Muchos matices. Su construcción será un proceso largo y difícil. Imposible que una sola persona lo controle. El sistema se puede expandir. Crecer. A veces la tarea de un colaborador puede ser tan ingrata como hacer desaparecer un trozo de edificio para que no destaque sobre la idea global. A veces puede ser ajustar un despiece pequeñito para que parezca que las piezas son más grandes. O conseguir que un elemento tan prosaico como la puertecita de salida para limpiar una terraza pase desapercibida en un vano de vidrio de, pongamos, ciento cincuenta o doscientos metros cuadrados. O lo contrario.

     Todo gran proyecto está lleno de épicas de estas: pavimentos continuos que no se fisuran, recorridos de evacuación disimulados, instalaciones escondidas a plena vista, sistemas de iluminación destinados a que parezca que el espacio se ilumina por sí mismo. Sin esta tarea anónima, desagradecida (literalmente desagradecida), aparentemente anodina, ninguna de las arquitecturas que os gustan existiría. Ni una. Ni media. Y la gran, enorme mayoría de estas tareas no se documenta.

     Poner una banderola en el lugar que menos destaque. Poner un pavimento con tanta naturalidad que no parezca diseñado. Ser anónimo, tanto si eres Viaplana en Vinebre como si eres un colaborador de un gran estudio como si eres un chaval que, después, pondrá un cajero en un edificio notándose lo menos posible, es una tarea noble, imprescindible. Una de las tareas más bellas y menos reconocidas a las que pueda dedicarse un arquitecto. No existe ningún gran nombre, ni uno, en toda la arquitectura, sin ellas. Sirva este escrito como un pequeño homenaje.

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1 Comentario

  1. Gran escrito dedicado a un gran arquitecto como Albert Viaplana, del que hemos aprendido tanto. Muy de acuerdo con tu aseveración: «uno de los mejores, más influyentes y controvertidos arquitectos de la arquitectura catalana reciente».
    Felicidades por el artículo, Jaume.
    PD. Este proyecto de Vinebre se publicó en la página 30 de la revista Obradoiro nº 14 (1988).

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