Un fantasma recorre las universidades europeas: el fantasma de una protesta que ya en Italia, en Francia y en el Reino Unido está denunciando a la opinión pública la crisis de la universidad como lugar de producción y diseminación del conocimiento. ¿Por qué, qué le pasa ahora a la universidad? ¿Por qué miles de investigadores universitarios están protestando, como los catedráticos italianos que están promoviendo un manifiesto titulado “Desintoxiquémonos- Saber para el futuro”?

En cada país los catedráticos tienen sus propias razones específicas para protestar, pero dentro de un común marco general que afecta a la función histórica misma de la universidad. Desde hace años la universidad “está en ruinas” (como dijo Bill Readings en su libro de 1996), se encuentra oprimida e, incluso, intoxicada por una cultura de gerencialismo que provoca la competición entre diferentes sistemas universitarios nacionales, entre universidades dentro de un mismo país y entre investigadores, medidos exclusivamente por índices bibliométricos.

De esto modo, el saber se convierte en un objeto de mercado privatizado en lugar de un bien común para el servicio de todos, y así se pone en peligro la función social y civil de la universidad.

Esta destrucción de un patrimonio histórico de la humanidad es perpetrada por gastosas máquinas burocráticas paraestatales como, por ejemplo, ANECA en España, ANVUR en Italia y HCÉRES en Francia, a las que se ha atribuido la tarea de evaluar a las universidades. Se trata de una evaluación que no tiene nada que ver con la normal actividad de reflexividad y discusión científica entre pares, una evaluación hecha para premiar y castigar y no como actividad inherente en el proceso de conocimiento. Hoy se requiere que los profesores llenen formularios y realicen una gran cantidad de procedimientos burocráticos, como nunca antes había sucedido. Por supuesto, esto se hace restando tiempo y recursos que se deberían dedicar a la investigación y transmisión del saber. No es difícil entender cómo esta deriva conducirá a esterilizar y domesticar el pensamiento universitario y al vacío de significado de sus funciones, de sus docentes y de sus productos culturales.

La Ministra de Educación y Formación Profesional Isabel Celaá declaró a El País que “una profesión que se precie ha de ser evaluada, y no de una forma mecánica, por antigüedad, sino por sus habilidades y méritos”. ¡Cuidado! En Italia la deriva tóxica de la evaluación de Estado comenzó exactamente así. Los caminos que conducen al infierno están pavimentados con las mejores intenciones.

Este modelo de gestión del conocimiento es, por supuesto, insostenible a largo plazo. Ya hoy se puede observar que se escribe y se hace investigación para alcanzar un umbral de productividad más que para conseguir un conocimiento que pueda beneficiar la humanidad. “Nunca en la historia de la humanidad, se ha escrito tanto incluso habiendo tan poco que decir a tan pocos”, escribieron Mats Alvesson, Yannis Gabriel y Roland Paulsen en un libro de 2017 titulado, no es casualidad, Return to Meaning (Retorno al conocimiento). De esta manera, la investigación se condena fatalmente a la irrelevancia social. Ha llegado el momento de un cambio radical, si se quiere evitar la implosión del sistema del conocimiento en su complejidad. La burocratización de la investigación y el dirigismo empresarial ponen en riesgo a la instrucción superior transformándola en un Chernobil de nuestro modelo de organización social.

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