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Desigualdad: no salimos más fuertes, salimos más pobres

Los diez magnates más poderosos del mundo duplicaron su fortuna desde que el coronavirus empezó a causar estragos en la humanidad, según un reciente informe de Oxfam Intermón

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La pandemia se ha convertido en un río revuelto del que obtienen ganancia no pocos pescadores. Los diez magnates más poderosos del mundo duplicaron su fortuna desde que el coronavirus empezó a causar estragos en la humanidad, según un reciente informe sobre desigualdad de Oxfam Intermón. Los ricos son cada vez más ricos mientras el 99 por ciento de la población ha visto cómo sus ingresos disminuían y más de 160 millones de personas caían en la más absoluta pobreza. “Se trata del mayor incremento de la riqueza de los milmillonarios desde que se tienen registros”, asegura el documento-análisis de la oenegé.

Una vez más, se confirma la regla de oro que sostiene el capitalismo desde épocas inmemoriales: las grandes fortunas se forjan y se consolidan en tiempos de cataclismos mundiales. March hizo el agosto con el golpe franquista del 36. Hugo Boss construyó un imperio cosiendo trajes y uniformes para el nazismo. Y los hackers de Putin serán los nuevos ricos de Rusia tras la guerra en Ucrania, que está a la vuelta de la esquina.

Lejos de evolucionar, la humanidad siempre está en el mismo lugar. La historia no deja de ser una secuencia monótona y repetitiva: una eterna, desigual y constante lucha de clases en la que unos pocos ganan mientras la inmensa mayoría pierde. Hoy, la desigualdad sigue matando como en tiempos del Antiguo Egipto. Y no solo porque las grandes estirpes financieras, los señores del nuevo fascismo económico, se comportan como garrapatas que chupan la sangre fértil del mundo, sino porque ese vampirismo capitalista roba los recursos y el futuro del Estado de bienestar. En un tiempo en que necesitamos de hospitales públicos eficientes, gratuitos y universales; de servicios públicos que mejoren la calidad de vida de los ciudadanos; de prestaciones por desempleo; de planes contra la pobreza energética y el hambre; y de inversiones para el avance científico y la lucha contra el cambio climático, que solo el uno por ciento de la población global acapare buena parte de la riqueza de la humanidad supone la instauración de una suerte de feudalismo global insostenible, injusto y cruel.  

Más de 21.000 personas mueren cada día a causa de la desigualdad. O sea que el capitalismo salvaje, desmedido y sin control, es mucho más letal que el covid-19. Pero la desigualdad no es un ente abstracto y etéreo que aparece por casualidad, sino que tiene sus factores, sus motivos políticos, sus causas económicas. Aquí, en nuestra vieja Europa, último reducto de la democracia y los derechos humanos, la desigualdad entre clases sociales aumenta a pasos agigantados. En los últimos años hemos asistido a un grave retroceso no solo de las libertades públicas sino del reparto de la riqueza. Mientras unos países apuestan por políticas fiscales más justas y redistributivas otros, de la mano de gobiernos neofascistas, vuelven al pasado más oscuro y reaccionario. Europa se fractura en dos mitades: unos estados que se esfuerzan por conservar lo mejor de la democracia liberal y otros que tratan de imponer la nostalgia del fascismo derrotado y superado.

En todas partes surgen movimientos neonazis que van marcando la agenda de los gobiernos supuestamente democráticos. En Francia de la mano de gentuza como los Le Pen y Eric Zemmour; en Reino Unido con el primer ministro fake Boris Johnson, el discotequero pinchadiscos de Downing Street; en Hungría con el xenófobo Viktor Orbán; en Polonia con el mojigato Mateusz Morawiecki. La lista de títeres al servicio de las élites financieras, de las grandes corporaciones industriales y de la banca más corrupta es tan amplia como escalofriante. Curiosamente, todos estos personajes llevan marcado a fuego el sello de una misma ideología conservadora, ultrarreligiosa, patriotera y aislacionista. Son ellos, los clowns de la política, los guiñoles cuyos hilos son movidos por otros desde las alturas del poder, quienes ejecutan las políticas concretas que acentúan la desigualdad social. Son ellos, los representantes del nuevo fascismo tuneado y blando, quienes se encargan de defender los intereses y privilegios de las clases dominantes, de los linajes económicos mundiales, de ese uno por ciento que masacra al resto del planeta. Cada vez son más fuertes y amenazan con destruir el viejo sueño de una Europa integrada, próspera y en paz.

Ante ese panorama regresivo, una izquierda fuerte y unida, una nueva Internacional socialista, ecologista y feminista, se antoja más necesaria que nunca. Hoy parece más urgente que en ningún otro momento de la historia darle una vuelta al viejo manual de Marx para adaptarlo a los nuevos tiempos. El patrón ya no es un tipo con puro y tirantes que niega el salario al obrero a las puertas de la fábrica, sino un algoritmo que controla Wall Street. Por desgracia, los partidos de la izquierda convencional se pliegan con demasiada frecuencia a los deseos y chantajes de esta nueva alcurnia nobiliaria que instaura su férreo feudalismo tecnológico.

Pedro Sánchez llegó a Moncloa con promesas sugerentes. El Gobierno de coalición fue para muchos una puerta a la esperanza frente al resurgir de la extrema derecha mundial. Por un momento pensamos que era posible un salario decente y una reforma laboral potente que recuperara los derechos arrebatados a los trabajadores. Por un instante soñamos con que era factible una Sanidad pública donde los pacientes fuesen atendidos como personas, no como animales, y el personal sanitario pudiera desarrollar su trabajo en condiciones dignas. Por un minuto creímos que no era una utopía meter en cintura a las grandes fortunas y que incluso era factible crear una gran empresa nacional de energía (que pusiera coto a los desmanes y abusos en la factura de la luz), una enseñanza pública de calidad y una transición verde y real del modelo productivo más allá de los discursos vacíos que ceden a los intereses del gran capital y las multinacionales como las macrogranjas.

Ahora vemos con tristeza que fue solo un sueño creer que lo público podía triunfar sobre lo privado, lo común sobre el particularismo egoísta, el Estado de bienestar, la justicia y la igualdad sobre las sociedades duramente jerarquizadas y divididas entre ricos riquísimos y pobres de solemnidad. No saldremos más fuertes de esta pandemia, tal como nos dijeron. Al contrario, saldremos más pobres, más escépticos y más furiosos contra el sistema, contra los estafadores de nuestra democracia de cartón piedra y contra esos señores calvos y gordos del Foro de Davos y del Club Bilderberg que, tal como ocurrió desde los tiempos de Hammurabi, siguen mofándose de nosotros.

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