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Desdicha

Mallarmé: “La carne es triste, ay, y ya he leído todos los libros”

Joan Martí
Joan Martí
Licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Máster en Dirección de empresa por la escuela industrial de Madrid Impartido por una empresa externa CONSULTORES ESPAÑOLES. 520 horas.
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análisis

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El pasado se empieza a percibir de manera diferente y el futuro se ve inquietante mientras que la respiración colectiva se torna difícil. La aparición de la pandemia lo agrava, y nos vemos  en la necesidad de modificar el ritmo para evitar la asfixia. La contaminación del aire en las grandes ciudades  y la ansiedad de la precariedad han debilitado el organismo de los seres vivos, que respiran. En ese horizonte estamos ahora, y solo si sabemos respirar a otro ritmo, sabremos sobrevivir y, tal vez, vivir nuevamente. Mientras los manifestantes gritan ¡no podemos respirar! ¿Quién puede sorprenderse de ello?

Evidentemente, no podemos ocultar la decepción  en que nos hallamos,  esa insatisfacción existencial que arraiga allí donde hay algo humano. Pero para añadir enseguida que la decepción moderna se ha radicalizado y multiplicado a un nivel desconocido en la historia de Occidente.

Naturalmente, como muchos otros sentimientos, la decepción es una experiencia universal. El hombre es un ser que espera y, por lo mismo, acaba conociendo la decepción. Deseo y decepción van juntos y pocas veces se salva la distancia que hay entre la espera y lo real, entre el principio del placer y el principio de realidad. Pero aunque la decepción forma parte de la condición humana, es preciso observar que la civilización moderna, individualista y democrática, le ha dado un peso y un relieve excepcionales.

Nos responsabilizan de nuestra felicidad de manera creciente y al mismo tiempo nos someten a unas exigencias que saben vendernos. De aquí la fatiga de ser uno mismo, las depresiones, las adicciones de toda índole… De esta configuración surge básicamente una tendencia, no tanto al cinismo cuanto a una forma de pasotismo endurecido y sombrío que nos convierte en los niños mimados de las sociedades de la abundancia.

Cuando se promete la felicidad a todos y se anuncian placeres en cada esquina, la vida cotidiana es una dura prueba. Más aún cuando la “calidad de vida” en todos los ámbitos (pareja, sexualidad, alimentación, hábitat, entorno, ocio, etc.) es hoy el nuevo horizonte de espera de los individuos.

Y ahí está el hecho de que la era del consumo ha modificado nuestra vida infinitamente más que todas las filosofías del siglo XX juntas. Hoy todo o casi todo se juzga con esquemas que son los del consumo: relación calidad/precio, satisfacción/desagrado, competición / retraimiento,. Y la verdad es que nada de esto nos hace más felices.

Con la apertura de nuevas esperanzas se multiplican las frustraciones y las envidias: los individuos se sienten heridos por las desigualdades más nimias, nadie soporta que el vecino tenga más que uno. Los goces materiales son numerosos, pero más lo son los sentimientos de desdicha que producen los goces ajenos. De este modo el aumento de los bienes materiales, lejos de reducir el descontento de los hombres, tiende a elevarlo.

Venimos de una época en la que el progreso había matado el sueño, en que la democracia burguesa había socavado la revuelta, en que los jóvenes ávidos de aventuras llegaban demasiado tarde a un mundo demasiado viejo. Pero no digáis más: “Los jóvenes ya no creen en nada”. Decid: “¡Mierda! Ya no se tragan nuestras mentiras”.

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