El lenguaje posee poder si se emplea con eficacia, tanto para definir como para controlar la acción. Cabe suponer que la idea no se posee mientras no aparece la palabra a ella ajustada y la palabra, para ajustarse, ha de emplearse en el contexto adecuado. La palabra que procede en este contexto polarizado podría ser insatisfacción como potente fuerza motivadora en una sociedad donde se crean, se perciben y se distribuyen necesidades que aumentan el descontento.

Los últimos años hemos visto cómo el engaño, el autoengaño, la elaboración de imágenes, la ideologización y la desvinculación de los hechos son: elementos que determinan la gestión del presidente de Estados Unidos. Si a esto añadimos una nueva modalidad de comunicación directa, falaz e incendiaria a través de las redes sociales, vemos que el acto de mentir se ha convertido en una forma habitual de actuar. Se puede discutir, rechazar o adoptar una opinión inoportuna, pero los hechos inoportunos son de una tozudez irritante que nada puede conmover, exceptuadas las mentiras lisas y llanas.

Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no solo para la actividad de los políticos y los demagogos sino también para la del hombre de Estado ¿Por qué? ¿Qué significa esto para la naturaleza y la dignidad del campo político, por una parte, y para la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la veracidad por otra? ¿Está en la esencia misma de la verdad ser impotente y en la esencia misma del poder ser falaz?

El antídoto al engaño a la mentira es generar confianza, es cumplir promesas. Ahí tenemos algo poderoso para la sociedad. Cuando confiamos en alguien estamos diciendo que tenemos un juicio positivo de esa persona. En conjunto, en lo que respecta a la confianza, hemos descubierto que los hechos son importantes, pero no siempre importan más que las palabras. Las promesas son el único modo que los hombres tienen de ordenar el futuro, haciéndolo previsible y fiable hasta el grado que sea humanamente posible.

La democracia introduce un fuerte relativismo moral, relativismo que, si bien permite la coexistencia en un plano de igualdad de las distintas concepciones que circulan en toda sociedad compleja, no puede ser sostenido en la dimensión política. Esto hace que las relaciones entre ética y política, en el contexto de las sociedades contemporáneas, se mantengan en una constante tensión que no tiene un modo único de resolución.

Para los griegos no había distinción entre la ética y la política, es decir, consideraban que era una misma unidad de decisión libre referida una al ámbito más personal, la ética, y otro al ámbito más colectivo pero perfectamente conectado. Es después de Maquiavelo que se hace la separación: la ética queda ligada a la pura decisión interna privada y la política solo afecta a las cosas públicas.

Rorty comprendió el descontento ya en 1998. El debate no era sobre la verdad, la democracia, la libertad, sino más bien cómo los trabajadores percibían  que su gobierno no estaba haciendo nada para evitar que los salarios descendieran ni para conservar los puestos de trabajo. Lo  previsible seria entonces que “El electorado decidirá que el sistema ha fallado y buscará a alguien fuerte a quién votar alguien que les garantice que, si sale elegido, los burócratas petulantes, los abogados tramposos, los vendedores demasiado bien pagados de títulos financieros y los profesores posmodernos, no tendrán ya más la última palabra”

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