martes, 29noviembre, 2022
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Desconexión en Navarra

Mónica Molner Andrés
Mónica Molner Andrés
Médica, divulgadora y escritora encantada de compartir lo que pasa por su cabeza y por su vida con quien quiera leerla. Apuesta por la educación sexual y por el empoderamiento de sus pacientes.
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análisis

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Paras un momento, miras a tu alrededor y lo ves… da igual que sea entre tus compañeros que paseando entre otras gentes.

Pretendieron meternos el miedo hasta la médula y aún así, huimos de nuestra tierra  buscando un entorno diferente donde intentar una desconexión, aunque solo sea parcial.

Navarra está tan llena de verde que nos trae al recuerdo nuestro viaje a Nueva Zelanda. Por poco nos pilla allí todo esto aunque, vista la gestión que hizo su presidenta, no me habría importado. Lo que no quiero ni imaginar, es el horror que vivieron los viajeros que estaban en el volcán que entró en erupción, apenas un mes después de dejar nosotros el país.

 Disfrutar el aquí y el ahora se hace de nuevo presente en nuestras vidas.

Escapamos del calor de la playa hacia el frescor de la montaña, disfrutando de un trayecto bioclimático lleno de espejos para que, al verse reflejado, el sol se ponga contento. Es asombrosa la cantidad de gigantes que se habría encontrado Don Quijote si hubiera pisado estas tierras. Y casi sin darnos cuenta, la canción que suena en el coche se mimetiza con el ambiente y, las aspas de los molinos giran al son del “Maldito duende” de Héroes del Silencio.

¿Se pararan si quito la música por un momento?

 Prefiero no probarlo, no vaya a suceder y alguien me pida explicaciones…

De las balas de paja y los amarillos, pasamos a los cogollos comestibles en nuestra primera parada en Tudela. Somosrecibidos por un acogedor hotel casi fantasma que añora tiempos felices del ir y venir de gentes. Allí descubrí, no sé si ensalzadas por el toque de vino blanco previo,  la  mezcla de las mejores patatas que he comido nunca aderezadas con cebollino.

Antes de pasar al verde, un pequeño paréntesis por el Oeste, un Parque Natural que te recuerda al desierto que aún no has pisado, las Bárdenas Reales esconden paisajes donde son rodados anuncios de coches que resultan más rentables y cercanos que en su primo el Cañón del Colorado. Cómo puede cambiar la perspectiva de un entorno según la música que suene, divisando el horizonte con Bowie de fondo aumenta su inmensidad hasta que, tu hija adolescente pide cambiar a Rosalía. Quizás, para otro momento, pero ahora mejor llegar al consenso y con Morgan volvemos a disfrutar toda la familia de las increíbles vistas.

Olite es una parada necesaria para sentirte reina por un día, paseando entre las torres de un castillo más real que el de Disney.  Las enormes chimeneas de los aposentos reales te sorprenden cuando divisas desde su interior, apenas un resquicio por donde asoma el cielo y que haría imposible el paso de Papa Noel;  será que aquí, somos más de esperar a la noche del 5 de enero. 

Al subir las estrechas escaleras que me recuerdan al Miguelete, deduzco que tendría que ser un rey delgado para no quedar aprisionado en ellas. No sé como lo haría para no engordar en un lugar como éste donde se come sólo con la mirada. 

Allí surgió mi hipótesis: La gente del norte debe tener 2 estómagos para poder digerir todos esos deliciosos menús con primero, segundo y postre en la comida…  ¡¡ y en la cena!!

Cuando llegamos a Pamplona la notamos todavía triste por su no San Fermín. Hacía un calor sofocante del que huimos buscando sombra bajo una mascarilla comprada en una farmacia “delicatessen”, más que nada, por su precio. Era momento de cambiar el asfalto por los senderos.

Isaba nos recibió al pie de las montañas dándonos el frescor que buscábamos y nos regaló, relajantes rutas donde disfrutamos viendo árboles ignorantes de toda la realidad que habían vivido sus hermanos del asfalto.

La Selva de Irati era una gran desconocida para mí y ahora, es una recomendación que te propongo sí o sí; ahora bien, o madrugas un poco para hacer excursiones, o correrás el peligro de estar cruzándote con otros muchos viajeros. Gastronomía compensada con estupendas caminatas para no traernos en las maletas más calorías de las deseadas.

Para acabar la aventura, visitamos un lugar al que nuestros padres nos llevaron hace tanto que casi habíamos olvidado y que ahora, nos toca seguir con la tradición llevando a nuestras hijas. El imponente Monasterio de Piedra con su parque natural pletórico de cascadas, te aleja de una realidad a la que no deseas volver. La comida más que de clérigos, resultó de reyes y mientras en Valencia el calor achicharraba a nuestras familias y amigos, pudimos disfrutar de una última tarde refrescante en un precioso paraje verde.

Al regresar a casa todo sigue igual, mientras mis compañeros del centro de salud estuvieron machacados por el calor, la burocracia y las consultas interminables, nosotros tuvimos la gran suerte de desconectar y pudimos respirar un poco del verde que nos volvió a llevar a los recuerdos en la otra parte del mundo.

Si dejamos que el miedo nos inmovilice, nos convertiremos en estatuas, así que tendremos que buscar nuestros oasis perdidos para cargar las pilas y no enfermar… de agotamiento.

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