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Desaprender sí ocupa lugar

José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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Dicen, y debe ser así, que nuestras vidas son un continuo aprendizaje y que a todo descanso precede algún destello de erudición. Así como todo gato persigue ratón, sería deseable que cada uno de nosotros, en actitud cinética, anduviésemos tras el conocimiento pues no se aprende por generación espontánea sino porque hay interés en ello. Mas apprehendere, esto es, apresar con premura el saber, consiste también e inevitablemente en desaprender; es decir, en liberarnos de un conocimiento erróneo y lesivo. Y es aquí donde yo quería llegar. Cuánto más creo saber más consciente soy de mi inopia y cuanto mejor desaprendo más luz hallo. Es asomar por estos mundos de Dios y desde todos los flancos nos dicen qué es lo correcto y qué no; qué es lo social y convencionalmente deseable y qué hemos de esquivar.

Aunque presumo la buena fe de las fuentes, debo decirles que andan algo distraídas o, cuando menos, que el cuento es bien diferente al relatado; al menos para mí. Tal es así que cuanto más lastre suelto, cuantos más aparejos deshago, más despejado diviso el horizonte. Heme aquí, en pleno descenso biológico, gustando de cosas y gentes que otrora desdeñaba o simplemente ignoraba. No soy diferente al que siempre fui; sólo he ido quitando capas al alcacil para encontrar al que, con tanta torpeza, busqué y rebusqué.

Me cae bien la gente que siempre llega tarde. Me caen bien los desordenados, despistados y olvidadizos. Me caen bien los que esta sociedad inquisidora tilda de fracasados; me caen extraordinariamente bien los valientes que aman y piensan de frente, sin ambages ni dobleces. Me caen bien los rebeldes, con o sin causa, porque están vivos. Me caen bien los que jamás visten de uniforme y sí de disforme manera pues en lo deforme atisbo mayor franqueza. Me caen bien quienes canturrean en el tajo y trovan en la noche. Benditos sean los que nunca soslayan el lado humano de toda y mundana cuestión. 

Benditos sean los que huelen un libro recién desvirgado y leen entre líneas de una rosa marchita. Me caen bien los copleros que desafinan pero emocionan y los músicos de la calle que tocan y cantan sin trampas ni suerte. Maldita sea esta sociedad ciega que sólo atisba la belleza cuando es pagada y auspiciada. Me caen muy bien los últimos en cruzar la meta que, por recompensa, sólo esperan doblegar sus miedos.

Malditos sean los focos, los ambones y las medallas que sólo atizan las ascuas de una vanidad tramposa y mortífera. Sólo la bondad y el amor dan plenitud a esta vida. Nos quieren consumidores de lo vacuo  pero yo quiero tiempo; tiempo para leer y escribir, para cantar y bailar, para estar junto a los míos y para abrir los ojos en lugares desconocidos. Tiempo para acabar mi libro y para escuchar todo el jazz que me sea posible, donde la partitura no es leída sino soñada. Tiempo para perderme en El Prado, entre el sueño de Jacob y la colosal inmensidad de Las Meninas. Tiempo para deambular por el Madrid de los Austrias y para tomar una taza de café; quieto y atento a gentes que transitan y buscan, como yo, algo nuevo y algo viejo.

Me caen bien los rabadanes que hacen comunión de la homilía; alejados del boato y cercanos al Verbo de quien expirara sin más legado que un par de sandalias y una ajada túnica blanca. Que todo quedó dicho en un mandato bien simple aunque  de una dificultad superlativa: “ama al prójimo como a ti mismo.” Todo lo demás son cuentos y cuentas; cuentos de sanedrines y cuentas de mercaderes como aquellos que sacaron de sus casillas al mismísimo Nazareno.

Malditos sean los que, deliberadamente, estafan con medias verdades y amalgaman peldaños con despojos de sus semejantes. Benditos los que pierden, los que lloran, los que sufren, los enfermos y los desheredados porque Jesús comparte con ellos el peso de la Cruz. Nadie quiere, como tampoco quiso Él, ese amargo cáliz pero en la Cruz están las respuestas y la Vida. Quiero pensar que la Cruz es la oportunidad definitiva para resarcir la iniquidad de este mundo y para descifrar los arcanos que nos atormentan. Quiero pensarlo porque quiero creerlo. Y quiero creerlo porque me hace bien. Cuando la razón pura asoma, cuando ignoro experiencias inexplicables o cuando la duda me martillea, todo se vuelve sombrío.

Les decía que me caen bien los escépticos o descreídos porque en ellos veo humildad. Me caen bien quienes, con la debida sutileza, me dicen verdad a la cara pues, a diferencia de los chismosos, denotan respeto.

Nadie ni nada, salvo la luz que arrojan mis caídas, me ha enseñado todo esto. Mucho es lo que he debido desaprender y bendito sea este reseteo que, como una estera, sacude los ácaros del camino. Quisiera seguir desaprendiendo para empezar de nuevo cada día. Que desaprender es también retener lo bueno y finiquitar lo menos bueno. La cuestión es estar atento, bien abiertos los ojos y presta el alma, porque si el otro es el prójimo y en el prójimo habita Él, pues blanco y en botella. Fue Dios y se hizo hombre, al que moldeó a su imagen y semejanza. Barrunto, por ende, que Dios es también despistado, dormilón e imperfecto. Que, a diario, pasa inadvertido a nuestro lado y que aldabea una y otra vez nuestra conciencia para que desaprendamos tanta majadería acumulada.

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