Ya sabíamos que en Vox eran machistas. Ahora también sabemos que son misóginos. Lo ha dicho la diputada del partido por Almería en el Parlamento andaluz y portavoz adjunta, Luz Belinda Rodríguez, quien ha denunciado a sus compañeros varones por acoso laboral y espionaje antes de comunicarle al jefe, Santiago Abascal, su decisión de abandonar la formación ultra. Tras salir de Vox, la diputada almeriense ha acusado a algunos de sus ya excolaboradores de ser “misóginos de primer grado” y ha denunciado que, pese a su condición de portavoz del partido, la tenían “completamente al margen” de la toma de decisiones.

En cualquier caso, lo realmente llamativo de todo este asunto es la cuestión semántica, el hecho de que Rodríguez haya dicho que sus compañeros diputados son “misóginos”. Misóginos, no machistas. La diferencia de grado entre uno y otro término resulta fundamental y demuestra no solo con qué tipo de personas se ha estado relacionando todo este tiempo la dimitida Luz Belinda, sino el tipo de político cavernícola que ha desembarcado últimamente en la vida pública española para liquidar los fundamentos y principios básicos de la democracia.

Pero analicemos ambos conceptos. En el caso del machismo estamos hablando sobre todo de la actitud o manera de pensar de quien sostiene que el hombre es por naturaleza superior a la mujer. Es decir, el machista es un supremacista que trata de imponer un orden social, una jerarquía en función del sexo de los seres humanos. El machismo, y en consecuencia su materialización social en forma de patriarcado, tienen un objetivo político, económico y cultural al considerar que el poder en cualquier orden de la vida pertenece al varón porque así fue tradicionalmente, por los siglos de los siglos.

Sin embargo, la misoginia es un paso aún más allá en la gravedad, una peligrosa vuelta de tuerca (por no decir la pérdida de un tornillo), una cuestión casi psiquiátrica. El misógino por naturaleza (un machista que lleva su delirio enfermizo al extremo) entra en el terreno del cuadro clínico, de la fobia, del desorden casi freudiano. Sin duda, la misoginia consiste en una versión conductual todavía más agresiva y humillante que el machismo (lo cual ya es decir), puesto que, según la RAE, el misógino sufre una “aversión” a las mujeres. Y si buscamos sinónimos de la palabra aversión podemos encontrarnos términos tan terribles como antipatía, aborrecimiento, repulsión, repugnancia, hostilidad, ojeriza, prevención, oposición, rencor, inquina, tirria, manía, rabia, encono, animadversión y resentimiento. Todo eso es, ateniéndonos al estricto significado terminológico, lo que ha debido sentir en sus propias carnes, al relacionarse con sus compañeros de partido, la portavoz de Vox. En una palabra: odio puro y duro.

La misoginia es tan antigua como el ser humano. Ya existía en la mitología griega, tal como nos cuenta Hesíodo. La raza humana vivía una existencia pacífica antes de la llegada de las mujeres. Cuando Prometeo decide robar el fuego sagrado, Zeus enfurecido decide castigar a la humanidad con un “mal para su deleite”: Pandora, la primera mujer que cargaba aquella vasija, recipiente o caja que tenía terminantemente prohibido abrir. Epimeteo (hermano de Prometeo) abrumado por la belleza de la mujer, ignora las advertencias y se casa con ella. Pandora, al abrir el recipiente, desata los males del mundo: parto, enfermedad, vejez, y muerte. Es decir, la mujer como causante de todas las desgracias de la humanidad.

Más tarde, el cristianismo adoptó los mitos helenos y los adaptó a su santoral, recuperando la inspiración misógina. En El problemático ayudante, Katharine M. Rogers llega a asegurar que “el cristianismo es misógino” y enumera lo que afirma son ejemplos de misoginia en las Epístolas paulinas: “Las bases de la misoginia cristiana −su culpa por el sexo, su insistencia en el sometimiento femenino, su temor a la seducción femenina− están todas en las epístolas de San Pablo”.

El misógino de Vox denunciado por esa Luz Belinda que ha pasado una temporada en la oscuridad, bailando con lobos, sigue a rajatabla el manual judeo-cristiano patriarcal que nació con Hesíodo. Para él la mujer es sinónimo de maldad, de perversión, y por eso cree necesario controlar la educación de los escolares a edades tempranas, el famoso pin parental para que nadie le arrebate la futura hombría al niño ni el sometimiento forzoso a la niña.

Tras la baja de la portavoz adjunta (nunca mejor dicho lo de adjunta, ya que por encima de ella siempre habrá un director, varón por supuesto) el portavoz ultra en el Parlamento andaluz, Alejandro Hernández, ha salido al paso para justificar el turbio episodio. “Se ha ido un segundo antes de que fuera expulsada por el partido”, asegura. “Ni cualitativamente aportaba un trabajo importante ni cuantitativamente tampoco era una persona que destacara por su entrega, por su trabajo y por su dedicación al grupo parlamentario. Si a eso le añadimos que su calidad humana dejaba mucho que desear, no lo contemplamos como una pérdida importante”. Así despacha Vox a sus mujeres. Con desprecio, arrogancia y chulería. Con una buena dosis de misoginia, en fin.

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