En fechas muy recientes ha entrado en funcionamiento uno de los más interesantes manifiestos de arquitectura construidos en este país en los últimos años: La sede principal de la compañía eléctrica Norvento en Lugo, obra del estudio de Patxi Mangado.

Tengo dos noticias sobre ella: una buena y una mala.

La mala es que el edificio ha renunciado a formar ciudad para ubicarse en un polígono industrial de nueva creación que depende del vehículo privado perdiendo los beneficios que unas oficinas de buen tamaño le producen a un centro urbano tanto para el propio tejido de la ciudad como para sus empleados: posibilidad de mezclar las oficinas con comercio, con viviendas, posibilidad de combinarlas con los servicios subsidiarios que la empresa va a crear.

La buena es que, ya metidos en nuestro emplazamiento, todo lo que se ha hecho es poco menos que perfecto.

La decisión inicial: sacrificar casi todo el solar para regalárselo al lecho del corredor verde que lo limita asalvajando el terreno a base de una plantación de árboles capaces de sobrevivir sin otro aporte de agua que el de la lluvia. Arrinconar el edificio contra la calle de acceso. Disponerlo exclusivamente en planta baja. Planificarlo para que pueda crecer hasta el doble de su tamaño sin desbaratar ni el conjunto ni el bosque creado. Fragmentar la construcción a base de disponer alas como rincones que no pierdan el sentido de la globalidad al tiempo que son capaces de crear entornos de trabajo agradables y controlados.

Hasta aquí todo lo que haría un buen arquitecto, y ya se consideraría un mérito lograrlo. Pero es que el proyecto ha ido mucho más allá.

Norvento es una pequeña compañía eléctrica que mayormente exporta tecnología para la producción de energía eléctrica limpia (es decir, producida por recursos naturales inagotables tales como el sol o el viento) y ha querido que su sede siga estos principios.

Así que a modo de crítica al impuesto del sol se ha concebido un edificio autónomo desconectado de la red eléctrica. La sede produce toda la energía que necesita para su funcionamiento mediante recursos tales como convertir el aparcamiento en una granja solar, un pequeño molino de viento o el aprovechamiento del calor residual de los servidores para calefactar los espacios habitables.

Este logro sólo ha sido posible convirtiendo la obra en un diálogo entre arquitectos e ingenieros, un diálogo inclusivo y sintético en el que es imposible separar las partes: uno y otro son exactamente lo mismo.

Que el propio cliente sea la ingeniería responsable del proyecto convierte a este edificio en el ejemplo perfecto de colaboración entre arquitecto y cliente. Esta colaboración ha funcionado a varias escalas, una de las cuales ha sido el riesgo que se ha aceptado tomar en elementos tales como la fachada, resuelta en madera de eucalipto.

Grandes zonas de Galicia se encuentran tapizadas por plantaciones de bosques de eucaliptos. El eucalipto es un árbol oriundo de Australia, de rapidísimo crecimiento (e ilimitado: los mayores árboles jamás documentados no son secuoyas, sino eucaliptos australianos que llegaban a los 150 metros de altura, algo más que la Torre Agbar de Barcelona o la misma que la Torre Picasso de Madrid). Los eucaliptos se han aclimatado a Galicia. Producen una madera tan difícil de trabajar (es blanda y dilata mucho) que no tiene tradición en España, por lo que la lógica de explotación de los bosques de eucalipto es la de cortar árboles jóvenes y destinar su madera a la producción de papel.

La fachada de la sede de Norvento es la primera obra importante del país en usar esta madera. No es un manifiesto: es un camino a seguir. Gracias a que esta fachada haya salido bien los leñadores podrán cortar los eucaliptos más crecidos, de cuarenta o cincuenta años, podrán cortarlos selectivamente, podrán dejar el bosque más crecido y se podrán desarrollar en él ecosistemas más ricos a la par que se aumenta el rendimiento económico de su explotación: Todo es ganancia, tanto para el medio ambiente como para los silvicultores. Y la posibilidad subsidiaria del desarrollo de más industria limpia.

No hay que perder de vista, sin embargo, que la verdadera gracia de todo el asunto es la elegancia con que ha sido resuelto. Recuerdo la decisión que hasta fechas muy recientes tomó Rolls-Royce de no informar sobre las características de los motores que montan sus vehículos: crees en ellos y te preocupas por la comodidad, lo único verdaderamente importante. Saber de motores se considera superfluo. Pero estos motores han funcionado perfectamente incluso en modelos de hace cien años.

En la sede de Norvento sucede lo mismo: visitarla es entrar en un edificio interesante y agradable. Domesticidad, un complejo amable que se transforma en una pequeña factoría sin que la vista se dé cuenta de ello. Te pones el edificio y lo disfrutas, simplemente, sin que nada estorbe. Y cuando el conjunto aparezca fundido con los árboles crecidos que prolongan el lecho del río el edificio se asentará en el lugar como si llevase allí medio mileno: esto es lo que entiendo como una puesta al día valiente y sin complejos de la tradición.

 

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