Paso el día leyendo y pensando entre artículos médicos y medios de comunicación.

Discrepo, discrepo de mucho y casi todo. Me enfado con los indolentes que publican falsas noticias virales en redes sociales. Contesto llamadas para las que nadie tiene respuesta dejándome llevar por lo que siento y intuyo sacando cuentas observando las cifras, día a día, en todo el mundo.

Hace unos minutos he visto un video de un médico que explica que la causa de que la mortalidad aquí y en Italia sea mayor, es genética, porque somos más fuertes y eso desata una serie de reacciones con el virus, que pueden ser letales. Alguien que propone algo diferente: qué son nuestros genes, porque somos más fuertes. La explicación para esto necesita más de una clase de bioquímica avanzada, pero quédense con eso “somos más fuertes”.

“Una sociedad es tan fuerte como su sistema legal” leí hace poco en un artículo. Tiempo atrás otra escribí en un relato apocalíptico (quién diría ahora que aquello era ficción) “como sociedad somos tan fuertes, como capaces seamos de cuidar a los más débiles”.

Como ya he dicho, estoy días le estoy dedicando muchísimo tiempo a la reflexión y al pensamiento, al recuerdo y la formulación de nuevas ideas, como diría alguna colega, a crear nuevas sinapsis. ¿Realmente somos fuertes?, físicamente no creo que se pueda decir tengamos mejores condiciones que habitantes de otros países. Por otra parte, si medimos nuestra fortaleza bajo las otras variables, nuestro sistema legal y nuestra capacidad de cuidar de los más débiles, en muchas ocasiones, se dan, literalmente, de hostias.

Ahora viene el relato de verdugos y vicarios.

Mientras asistimos horrorizados al aumento de cifras de fallecidos por un virus, que ahora hay quien piensa que nos mata por ser más fuertes, sacamos a decenas “a parte de los más débiles”, muertos, hacinados en lugares donde se supone que los iban a cuidar, ante el espanto de la sociedad: ¿cómo ha pasado eso?, ¿quién debió de vigilar?, ¿dónde está la justicia para estas personas fallecidas en tan lamentables condiciones? Eran nuestros mayores, parte de nuestra riqueza y fortaleza.

Hay mucho más y peor.  Nos lamentamos de lo que no fuimos capaces de cuidar y buscamos a quién echar la culpa.

En este país, en estos momentos, hay cientos de víctimas confinadas con sus verdugos. No hablo de las mujeres víctimas de violencia machista en sus casas, de lo que ya escriben muchas compañeras, hablo de los “otros débiles”: hablo de cientos de niñas y niños que bajo una sentencia judicial (de esa justicia que les debe proteger y que nos puntúa como sociedad), bajo un inexistente síndrome (Síndrome de Alienación Parental) que no está reconocido por ningún de manual médico o psicológico de consenso mundial, que son los que se usan para diagnosticar, arrancan niños y niñas de los brazos de sus madres, a las que han determinado “mentalmente incompetentes” por cualquier cosa tan habitual como haber estado medicada tomando tranquilizantes, coadyuvantes del sueño o antidepresivos. Locas, histéricas, brujas, idas; qué fácil es ponerle esta etiqueta a cualquier mujer, desde el inicio de los tiempos y hasta hoy, sin que se dude de ello solo porque son mujeres y “eso va en su naturaleza”.

A los débiles, a esos otros “locos bajitos”, los llaman mentirosos y se les silencia, a pesar de que sus relatos son reales, y se les amenaza diciéndoles que si dicen esas cosas a mamá le pasará algo malo. Esas cosas son relatos de abusos sexuales de mano de sus propios padres, incluso a veces abuelos o tíos. Pero son silenciados, silenciados y confinados durante años a convivir bajo ese terror y esa violencia, junto a sus verdugos, que también fueron verdugos antes de sus madres con violencia directa y lo siguen siendo ahora a través de la violencia vicaria, abusando de sus hijos e hijas.

Niñas, niños y madres, en un confinamiento continuo, con este miedo que sentimos ahora todas las personas de este país, pero no por un virus que pasará, sino por otro bicho del que nadie les va a salvar, ni lo fumigarán, ni le pondrán una vacuna, ni vendrán los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado a socorrerles. Sin escape y para siempre. Sus gritos no serán atendidos.

Dónde está el sistema judicial que debió protegerles, pero los condenó, a pesar de que todos los altos organismos en justicia, como el Consejo General del Poder Judicial, como en medicina, la OMS (Organización Mundial de Salud) insisten en que no se debe aplicar de manera alguna en un juzgado un síndrome que no existe. Pero da igual: ahí están miles de infantes durmiendo con su verdugo y siendo vicarios de la violencia que reciben así, para siempre, sus madres.

Y en los tribunales se sigue usando el SAP como diagnóstico y en algunos casos, para no llamarlo como tal, usan nuevos eufemismos inventados, pero que son exactamente lo mismo y para lo mismo.

Momentos como este ocurren muy pocas veces en la historia y deben hacernos parar para reflexionar. Son una oportunidad para analizarnos y ver dónde nos equivocamos y cómo llegamos hasta aquí, para cuando todo pase, podernos medir como sociedad y ver qué ha ocurrido con los más débiles, pero no solo con los que está sacando a la luz en forma de fallecidos el virus, sino de los que hemos dejado abandonados en manos de una sociedad patriarcal y una justicia machista, reflejo de ella, y que aún podemos salvar.

Os interpelo como conciudadana a que esta noche busquéis en Internet a un tal Richard Gadner, inventor del SAP. Un supuesto médico que inventó este falso síndrome para justificar los propios abusos que había cometido con sus hijos. Un señor que justifica la pederastia diciendo que los niños “son capaces de iniciar voluntariamente relaciones sexuales con los adultos” o que “dentro de cada uno de nosotros (de los hombres, claro) existe un pedófilo escondido”.

Cuando lo hagáis, en vuestra confinación por el virus, os ruego que penséis en todos esos niñas y niños que están encerrados con señores que piensan y actúan como Richard Gadner, todos los días de su vida. Ellos y ellas son los débiles que sí podemos salvar. Son nuestra infancia, nuestro futuro, por los que seremos juzgados como sociedad. Pensemos en todos y exijamos que nuestra justicia deje de condenar a quien no tiene defensa a una vida de terror, como la que estamos viviendo ahora todos nosotros, pero sin esperanza de que nunca acabe. ¿Puede ponerse en su piel? Estoy segura de que sí. Como se ponen en la piel de los mayores de nuestras residencias, de todas las personas del sector sanitario o en la piel de aquellas familias a las que el virus les ha arrancado un ser querido y se lo ha llevado a la muerte sin poder evitarlo, ni despedirse. Así es la vida de estos niñas y niños siempre, y la de sus madres, que no han fallecido, pero están muertos en vida.

No lo permitamos. Actuemos también unidos como sociedad contra esta otra pandemia. Paremos el SAP. Acabemos con el bicho de nuestra infancia. Protejamos a los más débiles mientras estemos a tiempo. Si el virus nos mata más por ser más fuertes, que sea verdad que como sociedad somos los más fuertes.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre