Comenzó a suceder justo cuando parecía que todos caeríamos panza arriba; uno a uno como diminutos insectos expuestos a aerosoles de fórmulas avanzadas: “Eficaz al instante. Mata incluso los mosquitos que no se ven”.

Carolina pasea sin rumbo fijo por Madrid. Caminar por caminar, teniendo en cuenta las restricciones de movilidad de la fase cero coma uno ¿O era menos uno?

Y de pronto: Él. Incrédula se frota los ojos, parpadea y enfoca de nuevo. Toma una profunda bocanada de aire y durante unos segundos contiene estupefacta la respiración.

-¡Un superhéroe!

Increíble pero real, de carne y hueso, auténtico como el aire caliente y pegajoso que agita al desplazarse. Un legítimo superhéroe con capa y espada que transita a pie por la Plaza del Marqués de Salamanca; con tanta normalidad que a Carolina le hace dudar, teniendo en cuenta que lleva el traje puesto.

Consciente de que la dimensión del descubrimiento podría ser merecedora de la portada de los periódicos del día, voltea asombrada la cabeza a un lado y otro, echa una mirada al frente y siempre a su espalda. No hay reporteros a la vista, al menos de momento y ninguno de los transeúntes que a esas horas desgastan ociosos el pavimento, parecen haber visto al superhombre en acción.

-Todo en orden por aquí, vocifera la ciudad.

-A lo mejor solo le veo yo -piensa Carolina- y le imagina bajo una capa de invisibilidad que le aísla del exterior y le permite preservar el anonimato.

Decide caminar tras él, con cuidado, con distancia, con astucia; no desea que la detecte. Anhela presenciar el desenlace de una suerte de escena de película, comic o novela de acción, en la que el superhéroe derrota al villano que ambiciona dominar el mundo y devastar la ciudad. Suena música a lo lejos. La banda sonora de la secuencia.

El pulso firme del corazón de Carolina revela una inquietud ingenua y espontánea directamente relacionada con el misterio que envuelve al insólito personaje. Es algo así como el cosquilleo que de niña, jugando al escondite, se instalaba inevitable en el abdomen, segundos antes de ser descubierta y echar a correr; un relámpago mágico que cortaba la respiración y congelaba la sangre durante una pequeña eternidad.

Algo importante va a suceder.

Así que continúa tras él a lo largo de Ortega y Gasset con la vista clavada en su espalda. Carolina se esfuerza por identificar la simbología de su traje. No es Superman, ni Batman, no es Thor ni el Doctor Strange. El superhéroe del siglo veintiuno es un tipo entrado en años y -por qué no decirlo-, también en quilos. Lleva un “antifaz” negro que le cubre la sonrisa, chaleco amarillo, Levi´s granates y Converse blancas de cordones rojos, -poco prácticas para el combate-, superarmas en las manos y superpoderes en la cartera.

La capa del héroe se despliega a su espalda como una enorme bandera enarbolada en el mástil más alto. Ondea con el viento dejándose llevar por los vaivenes de cada embestida, que la sacuden con fuerza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, acompañando en cada revés el movimiento de su cuerpo con poderío y nobleza, como un auténtico romano.

La tensión crece, las expectativas aumentan, los nervios florecen, la incertidumbre acecha en cada centímetro que Carolina recorre tras él. El superhombre aprieta el paso y gira a la izquierda por Núñez de Balboa. Durante unos segundos le pierde de vista. Carolina acelera. Teme que la tensión del hilo invisible que hasta ahora les une -tirando de ella-, termine por romperlo, así que rodea con urgencia la esquina de la calle, deseando encontrarle al otro lado para poder presenciar el duelo a muerte. La derrota del microvillano, el fin del encierro, la salvación del individuo y ¡por fin la normalidad!

Emocionada por las expectativas se incorpora a Núñez de Balboa donde de pronto le engulle la multitud de percusionistas de cazuela y cuchara que en ese momento abarrotan la calzada. El ruido es enloquecedor. Decenas de individuos golpean el metálico menaje, al ritmo del himno y gritos de ¡Viva España! La calle llena de superhéroes con banderas y armas en los bolsillos; las mismas que su hombre.

La ilusión que Carolina depositaba en el superhéroe se derrite sin remedio, formando un charco a sus pies que se escurre por la alcantarilla más cercana. Se retira desencantada. Las banderas no sanan, ni vacunan, ni resucitan. El colmo de la estupidez humana da más miedo que vergüenza.

La derrota del microvillano quedará para mañana.

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