Ariel Magnus ha recreado los años vividos por el nazi Adolf Eichmann en la Argentina de los 50 con Perón. Foto: Maximiliano Luna.

No, no puede resultar nada fácil aproximarse a la figura de uno de los seres más despreciables e inhumanos del pasado siglo XX con el permiso de su jefe directo, Adolf Hitler. Y mucho menos hacerlo procediendo de una familia de judíos alemanes. De ahí que tenga aún más mérito lo que hace Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) con maestría literaria, recreando el día a día del ‘arquitecto del Holocausto’ como un ciudadano más durante aquella larga década que Adolf Eichmann, artífice de las deportaciones masivas de judíos a los campos de concentración, vivió con identidad falsa en la Argentina peronista de los 50 hasta que fue localizado y capturado por el Mossad israelí en 1960. El escritor bonaerense plantea en El desafortunado (Seix Barral) la fría personalidad de un individuo cuyo egocentrismo no tenía más límites que el que le vino propiciado durante su exilio forzoso en Argentina con una vida cotidiana familiar mediocre y plagada de inseguridades. Apuntaba Bettina Stangneth en Eichmann hinter den Spiegeln: “Si se sorprende sintiendo pena incluso por alguien como Eichmann, no se apure a reprimirla, porque exactamente eso es lo que nos diferencia de él”. Nada más demoledor que esta reflexión recogida por Magnus como cita para su nuevo libro.

Ya con el título de su libro parece mostrar una declaración inicial de intenciones a la hora de abordar la recreación histórica de parte de la vida de uno de los personajes más siniestros del pasado siglo XX.

El título, al ser irónico, marca una distancia, pero también sugiere una cercanía. Toma la palabra y, sobre todo, el pensamiento de Eichmann, para volverlo contra sí mismo, porque era Eichmann quien se consideraba un desafortunado. Es un movimiento que el narrador hará una y otra vez, oscilando entre alejarse de su objeto y caer definitivamente en la primera persona.

“Eichmann es un fracasado y un resentido, pero a la vez es un fugitivo exitoso, que se jacta de la inteligencia con que viene despistando a sus perseguidores”

La anécdota inicial que le sirve para ahormar el eje de su novela dice mucho del personaje en sí. ¿Se puede ser al mismo tiempo tan malvado y tan mediocre?

La maldad, lo mismo que la bondad, rara vez viene pura, de modo que cierta mediocridad casi que le resulta es inherente. En el caso de Eichmann, el desafío era mostrar de qué tipo era esa mediocridad, algo que solo logré elaborar después de leer todo lo que escribió y dijo. Solo así se entiende cabalmente que se trata de la mediocridad de un hombre que ha tenido el máximo poder (el de decidir sobre la vida y la muerte de las personas), dentro de un proyecto de conquista del mundo, y que termina en su mismísimo culo criando conejos, entre otros menesteres no demasiado dignos de su currículo. En ese sentido es un fracasado y un resentido, pero a la vez es un fugitivo exitoso, que se jacta de la inteligencia con que viene despistando a sus perseguidores. ¿Cómo repercuten esas característica en su vida cotidiana, en la relación con su esposa y sus hijos, en el trato con sus ex camaradas? Decir “monstruo” u “hombre gris” es hacérsela demasiado fácil. Solo metiéndonos en su vida podemos intentar comprender en qué medida era esas cosas, también para reconocerlas en otros criminales de alto rango político.

Su novela perfila a un hombre siniestro pero al mismo tiempo banal y tan ajeno como plenamente convencido de que su maldad como ser humano no era más, según él, que el camino para dejar un legado histórico a generaciones venideras. En definitiva, un personaje repleto de contradicciones y sinsentidos. ¿Es así?

Contradicciones sí, sinsentidos no diría. No al menos desde su punto de vista, que a todo le encontraba una explicación presuntamente racional. Quien se deje llevar por su forma de razonar, encontrará que tiene su lógica, y que lo absurdo está en todo caso en las premisas, de las que casi no se habla. Lo interesante de la ficción es que nos permite recrear esos procesos mentales desde adentro y según van surgiendo en la vida cotidiana del protagonista. Todo lo que hace es banal, de eso está compuesta la vida, pero con su historia y su modo de procesarla lo transforma en indicios de cómo funciona la mente de un criminal en los momentos trascendentes, de los que por cierto también da cuenta la novela mediante flashbacks.

¿Hasta qué punto el peronismo fue plenamente consciente de que su país era un hervidero de nazis recién recalados en él y camuflados bajo la piel de tiernos corderitos?

Una de las novedades con las que nos encontramos si apostamos por la ficción para tratar de entender a un personaje como Eichmann es que, solo por el hecho de adoptar su punto de vista, el problema del peronismo cambia radicalmente. A Eichmann lo que le molesta es exactamente lo contrario, es decir que Perón haya dejado entrar tantos judíos, o que quiera a los nazis, lo mismo que los norteamericanos o los rusos, solo para sus objetivos industriales y científicos. Ver a Perón desde esa perspectiva creo que ayuda también a poner en su justo contexto la perspectiva contraria y usual, rompiendo la lógica del pensamiento políticamente correcto, que tiene algo de ceguera.

“No es un escalofrío moral, del tipo “pero cómo vas a darle protagonismo a este criminal” (una mirada así de moral y políticamente correcta de la literatura sí que debería dar escalofríos), sino que es el escalofrío de darse cuenta, a través de la reconstrucción cotidiana, de que estamos ante un semejante”

¿Se puede sostener de algún modo que un genocida del calibre de Adolf Eichmann, ‘el arquitecto del Holocausto’, pudiera pasar una larga década como un vulgar ciudadano renombrado como Ricardo Klement sin ser descubierto por las autoridades?

Claro que se puede sostener, y es lo que ocurrió. Lo difícil de entender, en todo caso, es que lo hayan atrapado. ¿Por qué un tipo tan hábil para escapar termina cayendo? ¿Porque el hijo se hizo amigo de la hija de un judío que en un momento ató cables y lo denunció a la Mossad, que por su parte armó un operativo espectacular para atraparlo? Sí, también, pero no únicamente, y quizá no principalmente. En la novela se muestra cómo es el propio Eichmann el que va cayendo en la trampa de su ansia de reivindicación y su incapacidad para mantener el perfil bajo que había sabido cultivar tanto tiempo. La hybris de quien quiso conquistar el mundo y aniquilar a gran parte de sus coterráneos no desaparece en un par de años así como así.

¿Considera que su país ha debido saldar en algún momento una deuda contraída con las víctimas del Holocausto por permitir –por dejación, omisión o complicidad– la permanencia de estos criminales de guerra en su territorio durante años?

En el epílogo del libro cuento un poco la otra inmigración, la de mi familia, alemanes judíos que, si bien tenían prohibido entrar al país, o se la hacían muy difícil, finalmente entraron y fueron legalizados y pudieron reconstruir sus vidas. Es una comunidad muy curiosa, la que se armó en Argentina entre los alemanes de ambos bandos, y es materia de otro libro que escribí para Alemania y que espero que en algún momento salga también en español.

El trabajo de documentación para su recreación histórica ha sido fundamental. Ha bebido de fuentes como la de la mítica Hannah Arendt, o también de Bettina Stangneth y otros autores. Si pudiera resumir una conclusión unitaria de todos ellos sobre la figura de su protagonista, ¿cuál sería?

Precisamente que no exista esa conclusión unitaria sirvió de estímulo para escribir la novela. Se ha intentado explicar a este personaje ambiguo y escurridizo desde la historia, el ensayo, la crónica, la psicología, pero faltaba hacerlo desde la ficción. Y no fijarlo en una sola característica fue la primera enseñanza, creo yo, para poder captarlo en toda su difusa dimensión. Eso impreciso del carácter de Eichmann es lo que más terror nos provoca, probablemente. Más fácil decir que era un idiota, como hace Arendt, o una máquina del mal, como hace Mulish, pero yo prefiero pensar, siguiendo a Stangneth, que era un tipo bastante más inteligente y consciente de sus actos de lo que nos gustaría, en parte también porque nos sentirnos engañados en nuestra percepción de sus intenciones y en parte por lo que eso implica para la potencialidad de la maldad humana. 

También destaca el tono elegido para El desafortunado, con muchas dosis de fina ironía para ahormar al personaje en su justa medida. ¿Ha sentido en algún momentos escalofríos al saber a quién estaba otorgando el protagonismo de su nuevo libro?

De principio a fin sentí escalofríos, y de ahí la necesidad de terminar con un epílogo en el que de alguna manera limpiara la novela de la presencia de este personaje. Pero no es un escalofrío moral, del tipo “pero cómo vas a darle protagonismo a este criminal” (una mirada así de moral y políticamente correcta de la literatura sí que debería dar escalofríos), sino que es el escalofrío de darse cuenta, a través de la reconstrucción cotidiana, de que estamos ante un semejante. La ficción, por acercarnos como ningún otro género al tema que trata (la ironía es en ese sentido una ligera protección, una mascarilla casera, para ponerlo en términos bien presentes), nos involucra e interpela hasta la médula, obligándolos a repensar nuestro desprecio y nuestra condena en términos de escalofriante igualdad.

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