Hoy sabemos bien que se celebraba antes de que la llamásemos así, navidad. Podemos detectar un rastro que atraviesa épocas y costumbres a lo largo del tiempo y llega hasta nosotros a tal punto que la tensión contemporánea entre el contenido religioso, el comercial o mundano y el impacto íntimo que nos provoca, merece que le dediquemos una cierta reflexión. Sorprende, o quizá no tanto, el dolor que a muchos invade en estos días y que se manifiesta de muchas formas, con nostalgia, retraimiento o incluso hasta cierto rechazo. Me atrevería a decir que el  sentido es claro, por mucho tal vez que no acabe de quedarle explícito a la mayoría, enredados como estamos todos en nuestras vidas y circunstancias, si bien, cuando lo reflexionas, te das cuenta de qué pasa con eso de la navidad.

Navidad en nuestras latitudes es uno de los días más cortos del año; la luz se retira, viene el invierno, ahora y siempre, pero ese siempre incluye que durante la mayor parte de nuestra historia —y antes—, fuesen los días en los que las cosechas se recogieron y guardaron y el trabajo en el campo bajaba de actividad; fue el momento de ver si teníamos para aguantar los días de frío que habrían de venir con el invierno. Así que por esos días, se escogía una fecha y preparábamos algo de lo que muy duramente logramos entre todos y nos reuniamos para celebrarlo aun teniendo que acudir desde lejos al hogar en el que nacimos. Y así puestos, nos reencontramos en torno a un fuego común todos, los pequeños con los abuelos, los padres, los primos, todos juntos, con la alegría de verse y la nostalgia por los que pudieran faltar, los adultos recordando lo que vivieron de niños, sabiendo ya lo que es la vida y su dolor —esas tres heridas que el poeta llamar, la de la vida, la del amor y la de la muerte—, los niños con la fascinación de algo nuevo y los mayores con la sensación de no estar solos, de ver que la vida sigue y que aunque ellos falten, dejaran atrás personas a las que dieron vida y les recordarán siempre. Eso es lo importante y no otra cosa.

Y por eso nos duelen tanto estos días. Porque siempre nos faltan muchos de los que queremos, porque recordamos al niño que fuimos, porque el tipo de vida moderna nos sacrifica la humanidad, nos separa y divide, nos hunde en la soledad, la angustia del dinero o su falta, nos aleja de la vida, porque lo que quisiéramos es volver a cruzar aquella puerta y volver a sentir aquel calor, aquel abrazo, aquellas sensaciones que tuvimos de niños que vemos reflejadas en sus ojitos maravillados por el calor, la mesa, los adornos y la agitación de los adultos, o las que sentimos como padres cuando lo fuimos, sensaciones que no volverán porque nos faltan ya casi todos y, o hemos creado una nueva familia —e incluso así— o mantenemos joven nuestro corazón, o estos días del inicio del invierno serían unos días más de frío y soledad. Pero pese a todo lo seguimos celebrando, porque lo necesitamos, pues es la prueba de que hemos vivido y forma parte de lo hermoso de haber vivido.

Por eso nos duele.

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