domingo, 19septiembre, 2021
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De la evaluación y la revaluación

Manuel I. Cabezas González
Doctor en Didactología de las Lenguas y de las Culturas Profesor Titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada Departamento de Filología Francesa y Románica (UAB)
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En un reflexión reciente, puse en tela de juicio la leyenda urbana según la cual los jóvenes españoles de hoy eran la “Generación JASP”, la generación más y mejor formada de la historia de España. Además, en otra reflexión posterior, analicé el sinsentido y la “a-funcionalidad” de las pruebas de acceso a la universidad (PAU), comparándolas con el exigente y selectivo GAOKAO chino. Hoy, para continuar llevando el agua al mismo molino, quiero poner bajo mi microscopio un aspecto concreto de la enseñanza universitaria española actual: el de la evaluación y el de la revaluación de los aprendizajes de los estudiantes, que tienen lugar a final de mayo o principio de junio.

Tradicionalmente, tanto en la universidad como en los estudios no-universitarios, el mes de junio es la época de la cosecha escolar. Los alumnos “hormigas-hacendosas” recolectaban el fruto de las buenas notas y podían disfrutar merecidamente del “dolce far niente” veraniego. Sin embargo, los alumnos “cigarras-jaraneras” recogían sobre todo, según la jerga estudiantil, “calabazas”. Por eso, éstos tenían que pasar el verano preparando los exámenes de septiembre, para recuperar el tiempo perdido y asimilar los saberes no adquiridos.

Hoy, las cosas han cambiado, la mayor parte de las veces para mal, en todos los niveles educativos y los veranos no son lo que eran para los estudiantes “cigarras-jaraneras”. Para ilustrarlo, voy a dar un ejemplo paradigmático e ilustrativo: la evaluación y la revaluación en la materia “Uso de la lengua francesa escrita”, una de las asignaturas obligatorias para los alumnos de Grado de Estudios Franceses de la UAB. Desde hace 12 años, con los nuevos planes de estudios “a la boloñesa”, muchas cosas han cambiado también en la enseñanza universitaria. Uno de estos cambios es precisamente el relativo a la evaluación y la revaluación de los aprendizajes de los alumnos.

Según la RAE, evaluar consiste en “estimar los conocimientos, aptitudes y rendimiento de los alumnos”. Para ello, según la Guía Docente del Grado de Estudios Franceses, en la asignatura precitada y en todas las asignaturas de la Facultad de Letras, se debe utilizar la evaluación continua. Por eso, el profesor debe tomar en consideración todas las actividades realizadas por los alumnos a lo largo del curso escolar: tanto los exámenes parciales como los trabajos individuales o en equipo y las actividades realizadas en clase. Y, por lo tanto, será considerado “no presentado” y no tendrán derecho a la evaluación el alumno que haya entregado menos del 75% de los trabajos pedidos por el profesor y que haya realizado menos del 75% de los exámenes parciales.

Ahora bien, aquellos alumnos que hayan suspendido la evaluación continua de cualquier asignatura, tienen derecho a una revaluación y los profesores tienen la obligación de hacerla. Pero, entre la evaluación final y la “revaluación” debe haber transcurrido, como mínimo, una semana. De esta forma, en la universidad han desaparecido los exámenes de septiembre. Esto es lo que dice la “letra” de la Guía Docente sobre la evaluación y la revaluación de cualquier asignatura. Además, según otra normativa, los alumnos revaluados negativamente tienen derecho a exigir una “revisión extraordinaria” de la revaluación, revisión llevada a cabo por un tribunal compuesto por tres profesores.

A pesar de lo que dice la “letra de la normativa” vigente, siempre he intentado aplicar, sobre todo, el “espíritu” de la misma, en cada una de las asignaturas que he impartido. Por eso, en cada una de ellas, siempre he argumentado y dejado claro ante los estudiantes que la evaluación más adecuada —teniendo en cuenta la naturaleza, los objetivos, el programa y la metodología de las asignaturas— es la evaluación continua, sin posibilidad de revaluación, una semana después. Desde siempre y en todas mis asignaturas, todos los alumnos, y digo todos, han estado de acuerdo con esta propuesta lógica, razonable y razonada, y ellos y yo la hemos aplicado a rajatabla.

Ahora bien, hace unos años, un estudiante de la precitada asignatura rompió la baraja e hizo valer, ante la Coordinadora de Titulación del Departamento de Francés, la “letra” de la Guía Docente en detrimento del “espíritu” de la misma y del acuerdo adoptado el primer día de clase del semestre. Y el estudiante se llevó el gato al agua, en base a la letra de la norma. Ante la actitud del alumno y ante la posición de la Coordinadora de Titulación, sólo se me ocurrió exclamar: ¡Qué poco valor tiene, hoy, la palabra “ilustrada”, dada o empeñada! ¡Qué poco espacio hay, hoy, en la universidad española, para el sentido común, para los argumentos “con fundamento” y las aportaciones de la psicopedagogía y de la didáctica! Esto parece confirmar que “el sentido común es el menos común de los sentidos” y, por otro lado, que el aforismo “hablando se entiende la gente” no es moneda de curso legal y ha pasado a mejor vida también en el mundo universitario.

Los hechos relatados merecen, al menos, tres comentarios conclusivos, aunque sean lacónicos. En primer lugar, la figura de la “revaluación”, una semana después de la evaluación final, creo que no es de recibo en la mayor parte de las asignaturas y, en particular, en una asignatura como “Uso de la lengua francesa escrita”, donde lo que está en juego es el uso de la lengua francesa para leer y para expresarse por escrito. Si un alumno suspende, porque no ha adquirido las competencias necesarias para hacerlo y no sabe leer ni redactar en francés (y esto suele suceder también en la lengua materna), ¿qué se puede esperar de una revaluación, una semana después? A no ser que confiemos en un nuevo Pentecostés, cualquiera con dos dedos de frente puede colegir, como no puede ser de otra manera,  que se obtendría el mismo resultado. Por eso, nunca tomé en consideración la revaluación y siempre preferí atenerme a la evaluación continua, que exige a los alumnos un esfuerzo y una dedicación constantes a lo largo de todo el curso escolar.

En segundo lugar, debemos constatar una contradicción en la normativa, relativa a la evaluación-revaluación de los estudiantes. Por un lado, se impone la evaluación continua, que implica la toma en consideración de todos los trabajos y actividades realizados por los alumnos durante el año escolar. Pero, acto seguido, para ser evaluado, sólo se exige que los alumnos hayan realizado al menos el 75% de los trabajos y el 75% de los controles parciales. Exigir sólo esto no es aplicar la evaluación continua; es simplemente un sinsentido; e implica una falta total de coherencia.

Y, en tercer lugar, llama la atención el espíritu garantista de la normativa evaluadora y el cuidado en garantizar los intereses-derechos de los estudiantes, para facilitarles el éxito académico. ¿Esta discriminación positiva denota y/o connota que los profesores practicamos o podemos practicar la discrecionalidad y la arbitrariedad en nuestra función evaluadora?

Ante estas conclusiones y ante el triunfo de la “letra” y no del “espíritu” de las normas, cuando me vi obligado a revaluar al alumno “cigarra-jaranera”, me vino a la mente una cita lapidaria de uno de los “sketch” del humorista J.M. Mota, que he adaptado para la ocasión, y me dije: “si hay que revaluar, se revalúa. Pero, revaluar pa ná es tontería”. Por imperativo legal, tuve que hacerlo y, como no podía ser de otra manera, no se produjo un nuevo Pentecostés. Ante estos estudiantes que lo único que quieren es aprobar sí o sí, un profesor de mi Departamento me confesó que este tipo de estudiantes merecían recibir, como hubiera dicho Dolores de Cospedal, una “lección en diferido”: habría que aprobarlos, a la espera de que con los rigores del invierno (el próximo curso y, sobre todo, la futura vida laboral) reciban la lección que se merecen. Para evitar estas seguras frustraciones, no tengo esperanzas en que los responsables académicos y también los alumnos “cigarras-jaraneras” se bajen del burro de la “letra de la ley” y empiecen a cabalgar a lomos del corcel del “espíritu de la misma”. Rectificar es de sabios; perseverar en el error es de necios.

 

Coda: “Je ne demande pas à être approuvé, mais à être examiné et, si l’on me condamne, qu’on m’éclaire” (Ch. Nodier).

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