En una de las boicoteadas visitas de Felipe Borbón a Barcelona Ada Colau come al lado del president del Parlament, Roger Torrent, enfrente de ellos el monarca hace una intervención que todos aplauden, incluida la alcaldesa, hasta que esta se da cuenta que Torrent no aplaude y permanece con gesto serio, entonces ella deja de aplaudir y empieza a jugar con la servilleta. Es lo que pasa cuando se descubre que se tienen manos y se juega a la equidistancia.

Ada Colau emergió en los medios de comunicación, en especial las pantallas televisivas, como una activista anti-desahucios, con un discurso fluido, duro, que no dudó en tildar de crimen en sede parlamentaria, lo que estaba sucediendo con la especulación de la vivienda. Dijo Andy Warhol algo así como que todo el mundo tiene derecho a un minuto de gloria televisiva y la señora Colau aprovechó el suyo. Corrían momentos de crisis económica y social, emergían nuevos movimientos sociales, el lenguaje de los representantes institucionales sonaba caduco y falso, por lo cual escuchar nuevas voces era sentir aire fresco. Se iniciaba el ciclo de la nueva política y Colau se convirtió en una de sus representantes, que con la ola de los ayuntamientos del cambio, le llevaría a conquistar la alcaldía de Barcelona.

Que una activista social alcance la alcaldía de una de las principales ciudades europeas no sucede muy a menudo, pues la representación institucional tiende a ser partidocratica y conservadora. Por eso Ada Colau se convirtió en un icono del progresismo y los movimientos sociales a nivel internacional. Pero la realidad de la gestión es otra cosa. Más allá de algunas medidas deslavazadas contra la masificación turística, Barcelona ha continuado el modelo especulativo de las grandes urbes, repitiendo clásicos del poder como las redes clientelistas. Prometió hacer 4000 viviendas de alquiler social y ha construido 600, mientras los desahucios continúan, al mismo tiempo que planea una obra faraónica de un tranvía que costará 200 millones. Hasta la plataforma anti-desahucios de la que proviene la ex-activista ha hecho informes muy duros sobre la política de vivienda del ayuntamiento. Y es que como si en la novela El doble de Dostoievski, se pudiera producir un desdoblamiento de personalidad, la Ada Colau activista haría un escrache a la Ada Colau alcaldesa. Pero a esas alturas la alcaldesa manejaba muy bien los mecanismos del poder.

En un momento de crisis de las ideologías, los proyectos políticos se vienen basando en grandes hiperliderazgos, donde pretensiones izquierdistas de funcionamiento horizontal, construcción democrática desde abajo y otras parecidas, han pasado a mejor vida, aún con espectáculos como las primarias. Ada Colau creo un partido hecho a su medida, convirtiéndose en uno de los principales referentes de Cataluña. Un grupo que el otro día la recibía al grito entusiasta de “alcaldesa”, con una mezcla de hooliganismo y estilo soviético, donde lo emocional ahogaba cualquier debate serio y democrático. Es curioso que en pleno siglo veintiuno, el mesianismo caudillista siga teniendo tanta vigencia.

Por otro lado las pantallas estaban ahí, a falta de cambios y buenas obras. En estos años Ada Colau nos ha contado que le ha pasado de todo en su vida, apuntándose a modas y victimismos. No ha dudado en acudir a reality show para hablar de su intimidad, sólo le ha faltado que acudiese a un programa de supervivientes, algo muy propio tras la pirueta que le permite seguir manteniendo el sillón tras haber perdido las elecciones.

“Sería un fraude de ley y democrático que el resto de fuerzas firmara una alianza contra natura y le quitará la alcaldía a la ganadora de las elecciones.” Esto es lo que decía la señora Colau hace cuatro años y es lo que ella acaba de hacer: un pacto anti-natura bendecido por el establishment.

Ante el avance del republicanismo catalán, los poderes económicos, con grandes medios y repercusión mediática, promovieron la candidatura del ex-primer ministro francés Manuel Valls. Pero la grandiosidad fue mermando y quedó al final con un número limitado de concejales. Pero sí los suficientes para cumplir el gran anhelo del Régimen del 78: que Barcelona no tenga un alcalde republicano. Para ello no se ha dudado en mover todos los resortes de una operación de estado, creación de un relato favorable, en el que han participado desde productos televisivos como Jordi Evole, hasta mandamases mediáticos como Juan Luis Cebrián.

Con un acuerdo con el PSOE, partido que ha apoyado el 155 y políticas contra los derechos humanos y las libertades. Y otro acuerdo, no escrito pero real, con Valls, representante de los poderes económicos y de un nacionalismo español autoritario. Y ellos han mantenido en la alcaldía a Ada Colau. Por fin ha dejado de jugar con la servilleta, abandonando la equidistancia para formar parte de la casta del Régimen del 78. Porque no se trata de Ada Colau o Maragall, Comunes o ERC, sino que el dep state ha maniobrado para que en una institución fundamental no se establezca la mayoría soberanista y democrática que indica la ciudadanía. Aunque para ello hayan convertido a una ex-progresista en la versión progre de Esperanza Aguirre.

Desde el inicio de la transición el establishment ha manejado a su antojo a la mayoría de élites de la izquierda; el relato “Rebelión en la granja”, dibuja como ninguno nuestra reciente historia. Una frase que le dirigió el concejal encarcelado Joaquín Forn define bien la situación: “Ha sido el instrumento útil de los poderosos.”

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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