David Trueba, durante un rodaje. Foto: Adolfo Crespo.

Hay algo imperceptible siempre latente en las novelas de David Trueba que brota bajo la supuesta apariencia de sencillez o incluso simplicidad de su escritura. Ese elemento intangible no es otro que la emoción. Sus trabajos narrativos conmueven, llegan hondo, atrapan. Por muy básicas que presuntamente sean sus propuestas. El río baja sucio, su nueva novela, es un perfecto ejemplo de todo ello. Y lo hace incluso arriesgándose con una novela de iniciación, un subgénero narrativo inagotable capaz de dar lo mejor y lo peor de muchos escritores. Trueba ha caminado conscientemente en el alambre y ha atravesado con nota hacia la otra orilla.

La sexta novela del consagrado director y guionista de cine, publicada por Siruela en esta ocasión tras una larga colaboración con Anagrama desde su primera Abierto toda la noche (1995), se abre paso con un tridente temático incapaz de errar: amistad, conciencia ecológica y alerta máxima contra todo tipo de salvapatrias en tiempos de incertidumbres.

Trueba cerró con la entrañable Tierra de campos un primer ciclo de cinco novelas y asegura que la idea que germinó en El río baja sucio se abrió paso sola y “con fuerza”. El punto de partida lo explica el propio autor: “Personajes principales en una edad de nuevas percepciones, obligados a asomarse a la vida real en medio de un conflicto sin posible resolución”. Dos amigos de casi 14 años, Tom y Martín, pasan las vacaciones de Semana Santa como cada año en la sierra madrileña, pero precisamente las del año en que transcurre la acción serán catárticas en todos los sentidos y para todos, pero especialmente para estos dos jóvenes que dejaron allí, junto a aquel río, el paraíso perdido, el suyo particular.

Trueba indaga con éxito en la trascendencia que supone tomar conciencia de la imborrable experiencia vital entre los doce y los diecisiete años

Tom cuenta la historia de El río baja sucio a un anónimo lector que supuestamente tiene, como él en esos momentos, unos diecinueve años. El narrador ha dejado atrás la inocencia, precisamente en ese enclave, en la sierra madrileña donde veraneaba y donde cinco años atrás sucedieron unos hechos que lo marcaron para siempre vinculados a un problema ecológico. “Ahora tengo diecinueve años y ya no soy del todo aquel niño de casi catorce. Entonces había visto como tú demasiadas películas de crímenes, demasiados asesinos de novela, demasiados cadáveres de ficción. Y creía que todo aquello tenía que ver con lo real”, cuenta Tom en la novela.

Advertencia de los nuevos males

La catarsis de estos jóvenes aquella Semana Santa la protagonizará un misterioso personaje, Ros, ex presidiario que vive en una apartada y semiderruida finca. Trueba intercala en su novela temas de plena actualidad, como el ecologismo sometido –pero no rendido– a la dictadura del capital, que corrompe también las voluntades democráticas de los representantes municipales en pos de un supuesto bien común que queda reducido a escombros cuando entra, a las primeras de cambio, el interés personal a escena.

Trueba indaga con éxito en la trascendencia que supone tomar conciencia de la imborrable experiencia vital entre los doce y los diecisiete años. Es en aquel paraíso perdido cuando todo sucede ya para siempre. Y ya nada nunca será igual desde entonces. De ahí que la novela sirva de advertencia frente a los nuevos males que asoman por el horizonte y siempre parecen estar ahí: salvapatrias mediocres, mesías redentores y otros especímenes de idéntico pelaje que embelesan a jóvenes con todo por experimentar con sus inútiles cantos de sirena. David Trueba ha escrito una novela tan sencilla como emocionante. Y no es poco tal y como baja el río.

 

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