¿Había algún aficionado a quien no le doliese ver como se le había borrado la sonrisa al genial Daniel Ricciardo?

Saltar de Red Bull a Renault implicaba valor y la necesidad de pagar un precio: en sufrimiento. En Renault no había ningún Adrian Newey, el Mago capaz de conseguir con sus chasis mejorar incluso el rendimiento de los motores.

En Australia 2019 Ricciardo clasificó por detrás de Hulkenberg, su compañero de equipo. Luego ya no, en el resto de las carreras consiguió vencerle, pero los resultados no venían, y la sonrisa se le iba borrando.

Hasta Canadá, en el mismo circuito donde había ganado su primer gran premio, en 2014. La sonrisa asomaba, ante las cámaras después de quedar delante de los dos Red Bull en la clasificación el 8 de junio de 2019. No era tan explosiva -la sonrisa de Ricciardo- como cuando aún pilotaba para el Doc Mark, pero era. Sucedía un ocho de junio, cinco años exactos después de su primera victoria en F1.

Aún quedaba mucho por hacer, aún quedaba mucho por demostrar, pero Ricciardo estaba luchando, luchando por recuperar su sonrisa y tratar de probar que la calidad del piloto aunque no pudiese el gran milagro de convertir una máquina inferior en un artefacto capaz de conseguir superar a uno superior, sí era capaz de marcar diferencias.

Los dos Red Bull detrás de él. Sus antiguos jefes de equipo con ranas en el estómago…. 2019, ocho de junio, Canadá…

Hemos escrito las anteriores palabras desde un futuro imaginario, como si el futuro hubiese sido ya, porque tenemos fe en LAS ALMAS Y LA F1 en la calidad y la suerte de Ricciardo, en que volverá a estar en lo alto de los cajones, en que se convertirá -lo es en verdad ya- en uno de esos pilotos que la historia ama recordar.

Tigre tigre.

Daniel Ricciardo sigue valiendo más que Max Verstappen

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