Los representantes del G7 : Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido, Foto Elyssee

Tal como se esperaba, la cumbre del G7 ha servido para más bien poco. El club de los grandes países formado por Alemania, Canadá, Francia, Estados Unidos, Japón, Italia y Reino Unido se ha reunido estos días en la coqueta ciudad costera vascofrancesa de Biarritz para afrontar los grandes retos del planeta. Los problemas son muchos y graves: cambio climático, inmigración, guerra comercial, aranceles, innovación tecnológica… ¿Y qué nos queda después de que los Trump, Macron, Merkel y Johnson se hayan dado una vuelta por la turística localidad francesa, hayan degustado los placeres de la nouvelle cuisine en los restaurantes de los grandes chefs y se hayan retratado aburridamente en el posado oficial? Veinte miserables millones de dólares para paliar el apocalipsis de los colosales incendios en el Amazonas, un compromiso del presidente yanqui para reunirse próximamente con China y la UE y poco más.

Cuenta la historia que en la Edad Media los peregrinos pasaban por Biarritz camino de la tumba del apóstol Santiago; hoy los amos del mundo peregrinan por allí con sus nefastos presagios para la humanidad. Macron ha puesto encima de la mesa que es necesario un cambio de rumbo en la política mundial para tratar de evitar lo que ya parece inevitable: la destrucción de la Tierra como consecuencia del calentamiento global. Trump, un radical del negacionismo paleto y estúpido, sigue sin querer escuchar ni una sola palabra sobre ecología y preservación del medio ambiente. De hecho se ha saltado descaradamente todas las reuniones en las que debía abordarse el mayor problema al que se enfrenta la humanidad. Si a todo esto se une que China y Rusia, los otros dos gigantes más contaminantes del planeta, ni siquiera han participado en las reuniones, y que Jair Bolsonaro, el “Nerón brasileño”, sigue animando a los pirómanos madereros y ganaderos a proseguir con su orgía de fuego y humo que arrasa la selva virgen, no parece que haya demasiada motivo para la esperanza.

Tras el final de la cumbre solo cabe decir que se impone la melancolía y el miedo a un futuro apocalíptico. El panorama que aguarda a la raza humana es cada vez más negro e incierto, más después de que el bienintencionado Macron haya fracasado estrepitosamente en su intento de avanzar en medidas más ambiciosas contra el cambio climático, cuyos efectos devastadores se dejan sentir ya en los cinco continentes. A Trump todo lo que no sea su guerra comercial contra los chinos le suena a ídem. El millonario inquilino de la Casa Blanca se ha limitado a expresar su “buena disposición” para llegar a un pacto comercial con el gigante asiático siempre que este sea “un buen acuerdo para EE.UU”. Sus palabras hacen temer que la batalla de Huawei pueda agravarse en los próximos meses, de modo que la sombra de una nueva recesión mundial planeará sobre nuestras cabezas de forma inexorable. Por otra parte, que haya aceptado sentarse a negociar un acuerdo nuclear con Irán no quiere decir nada. Otro brindis al sol.

Resulta evidente que Trump, el vicioso de los aranceles, está ocupado en sus cosas, como comprarle la isla de Groenlandia a Dinamarca y combatir los huracanes a golpe de bombazo nuclear, su última ocurrencia. De Boris Johnson, otro enano político escasamente juicioso, tampoco se puede esperar grandes decisiones, ya que lo único que le interesa es su pequeño barrio londinense y salir airoso del Brexit. Los líderes mundiales, abducidos como están por la autarquía, el egoísmo y la demagogia populista, han puesto en macha el reloj planetario que marca el final de la cuenta atrás.

Solo Macron y Merkel, los últimos defensores de cierta conciencia solidaria, verde y global (quién iba a decirlo) parecen resistirse al trágico final con algunas nobles propuestas, como ese plan para reforestar las zonas devastadas de la Amazonia que será debatido en Naciones Unidas en el mes de septiembre. El problema es que los Le Pen y los neonazis alemanes vienen pisando fuerte por detrás y tampoco a ellos parece quedarles demasiado tiempo en el poder. La tormenta perfecta se avecina. El desastre planetario puede acabar en una explosión de fuego fascista y terrorismo ecológico. Ya solo nos queda resignarnos y gritar aquello que dijo Charlton Heston a los pies de la destruida Liberty en El planeta de los simios. Lo lograsteis, maníacos.

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