Es imposible. Nos libraremos, seguro que sobre la marcha atenuaremos el desastre ecológico que se nos viene encima, o lo que es lo mismo: la ruina no será total, habrá supervivencia y los humanos seguirán porculeando en la Tierra, somos una plaga muy resistente, les recuerdo que definimos la inteligencia como adaptación al medio… entendida como respuesta, no como previsión.

Pero es imposible que no llegue este caos, porque la estupidez occidental (que es una manera de calificarla, aunque ya no nos pertenece el “copyright”) ha inundado el mundo y es una cosa planetaria. El problema es que este modo de vida no es compatible con la pervivencia del Gran Ecosistema. No se trata de reciclar, que bienvenido sea, se trata de que no podemos tener el consumo desvinculado de nuestra área geográfica, sometido a la economía sin fronteras neocón que arrasa lo que sea con la excusa de la lejanía (o huella ecológica).

No sé si voy del revés o me gusta parecer que voy a la contra, pero hace décadas, cuando comenzó a atisbarse esto de la globalización, a mí ya me parecía un desatino, porque cuanto más abstracto es un sistema menos se entienden sus fundamentos; cuando empezaba la informática, los interesados aprendían cosas básicas de programación que les podían resultar útiles, hoy la mayoría manipula ordenadores y sin “Windows” no reconocería las instrucciones básicas para ordenar a ese ordenador… los sistemas se vuelven complejos hasta que se pierden en sí mismos…

A lo que voy: nuestra civilización tiende (y la causa es puramente dineraria) a la concentración urbana y a las grandes ligas internacionales, núcleos poblacionales con millones de criaturas asalariables que sobreviven consumiendo, pagando la oferta permanente presentada por grandes capitales que, precisamente, les mantienen en esa penuria con sueldos de subsistencia regolfando moneda a moneda a sus manos dominantes…

Es la esclavitud moderna. La franquicia. La eliminación de la idiosincrasia, la estandarización, la cajita, el paquete, el envuelto en plástico con fecha de caducidad, la pulcritud que impide limpiar pescado… ¿acaso no lo ven en los centros de las ciudades? ¿Cuánto plástico es necesario para mantener a este ganado humano pululante, pongamos, por Barcelona? ¿Qué ocurre con lo que no se compra? ¿Quién es responsable de las consecuencias? Yo merco a un carnicero tradicional que, cuando le pides sesada de cordero, coge un hacha y sobre una tabla “muy experimentada” abre la tapa del cráneo de un bicho, o dos, o tres, y arriesgando con el salpiconazo te va colocando los encéfalos en un papel de estraza…

El limpio ideal de vida norteamericano (quiero pensar que no es el “sueño” famoso) se impone. Trabajar para ganar dinero y una felicidad directamente proporcional a los ingresos y a la capacidad de consumo en grandes zonas comerciales iguales en todas partes. Sólo quien llega a la riqueza verdadera, sin límites, puede sentirse liberado de la traba monetaria y ser singular; lo demás es trampa, una cadena de explotación en la que la mayoría jamás salimos de los eslabones primeros, satisfechos con las migajas imitadas de lo que una clase extremadamente (y cada vez más) poderosa impone.

Las megapoblaciones, macrociudades, o como quieran llamarlo, son el infierno en la Tierra. Habitadas por millones de miserables que gastan envoltorios de pitanza, alucinados por el espejismo de la modernidad y las oportunidades que jamás les llegarán porque son el combustible de quienes tienen el lujo como fin último de sus existencias. El futuro. Insostenible.

¿Inevitable? La ecología (como el feminismo) es economía. Mientras el modelo político (económico) dominante sea éste, amparado por las fuerzas reaccionarias espiritualistas (Muerte) y represivas (Sexo), mientras nuestra idea de la vida tienda a la molicie suprema y la evitación del placer y el dolor, convertidos en armas de dominio y control educativo, el planeta no tiene solución. Suena hiperbólico, ya; suena teórico, ya; pero ¿cómo vamos a cambiar la tendencia de 8.000.000.000 de personas si no es mediante la educación y la pedagogía política? ¿Dónde están las ideas políticas? Hola, ¿Izquierda?… ¿estáis ahí?

El desarrollo y la igualdad no pueden estar vinculados a la industrialización y la pauperización de la democracia y los derechos (¡donde se han alcanzado!, recordemos que la mayor parte de la Tierra es una satrapía cruenta); el liberalismo universalista neoconservador debe revertir (obligado por la política auténtica que reclamamos) sus afanes, la libertad de movimientos debe ser intrínseca a las personas y no al capital, se deben fomentar un cierto proteccionismo y autarquía que rehabite los pueblos, las zonas despobladas, volver a difuminar a la población y sus intereses, y la asistencia (lo Público) y la conservación tienen que ser los objetivos de las inversiones estatales… lo demás es privado, que lo paguen porque son inversiones para sus beneficios, quiero decir que una escuela para un puñado de familias es más importante para la Humanidad que una autopista, aunque no sea rentable en billetes.

Somos culpables, esta mentalidad de turista permanente que se disloca dos veces al año para más gastar debería ser delito; aboguemos por prohibir el turismo (no el viaje), cáncer del medio ambiente. ¿Para qué coño quiere usted ir a la casa de Beethoven si le importa un carajo la Gran Fuga? Nos han paletizado, somos catetos mundiales devorando nuestro derredor como cabras alocadas que desbastan lo que deberían comer más adelante. Preparémonos. No hay solución.

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Francisco Silvera. Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016). -Libro de los silencios (2018) -Pintar el aire (2018, en colaboración con el pintor Miguel Díaz) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es. Libro de los silencios ha sido galardonado por el jurado del XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA de 2019 en la modalidad de relatos.

1 Comentario

  1. En ética, las palabras (se vistan como se vistan) no pueden servir a la mentira o a ser tú complaciente y consentidor de un erróneo y excusado no saber valorar. Por eso, sí o sí, hay que SABER VALORAR (es tu deber ético) en función de favorecer siempre a la razón sin vetarla (ya que es la única capacidad no arbitraria existente) y nunca jamás a la apariencia o a una retórica o a la sinrazón. http://delsentidocritico.blogspot.com/

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