(Para Isaki Lacuesta)

La fotografía no es demasiado buena. Muestra una matriz de televisores todos diferentes colocados siguiendo una estricta malla ortogonal. Más allá, tres columnas, una de ellas con un extintor blando colgado, una escalera de tijera y la calle. Al espacio de exhibición, la sala de exposiciones del COAC de Barcelona, se lo suele conocer como La Pecera, y es el producto de deprimir la punta de lanza que forma el cruce de calles que desemboca en la Plaza Nova y acristalar su perímetro. Una de las mejores salas de exposición de la ciudad, actualmente triturada por la presencia de una tienda de suvenires y mobiliario semifijo diverso, aquí tan sólo ocupada por una retícula de televisores. Esta fotografía no demasiado buena es el único recuerdo conocido de la primera muestra importante que hizo el estudio Herzog & de Meuron, aliados para la ocasión con el artista Enrique Fontanilles. Estamos en 1990: otros tiempos, otra diudad, más domestica y empobrecida.

Cada televisor es individual y único. Cada televisor explica, por mucho que la exposición sea temática, una historia individual y única. La trama los regulariza y coloniza un espacio que no es ortogonal con tanta potencia que este rasgo se hace difícil de adivinar en la foto. La trama da sentido y unidad al conjunto. La trama hace reaparecer el espacio que lo contiene y realza su belleza. La hace aparecer, incluso. La trama adquiere fuerza cuando se sabe que tras cada pantalla hay un caso particular.

La fotografía nos muestra lo que es, sin duda, un panóptico: un espacio que se puede controlar entero desde un punto. Desde un punto variable, en este caso múltiple. Puedes caminar alrededor de todo su perímetro y se te aparecerá una exposición diferente cada pocos metros. Y, tras suyo, una calle diferente cada pocos metros.

Ahora haremos una abstracción muy bestia. En lugar de cada televisor meted un paciente y haced exactamente lo mismo. Considerad que cada paciente tiene su vida y su historia particular, que es único e individual y tan respetable como el que está a su lado. Toda la suma de pacientes extendida en un gran espacio dispuestos en una trama regular forman un hospital especial construido en muy poco tiempo para combatir una sola enfermedad: nuestro dichoso COVID-19, el Coronavirus. Si lo hacéis os encontraréis dentro de los pabellones de IFEMA, Madrid, donde se está combatiendo esta enfermedad. Como no soy virólogo ni epidemiólogo ni experto en salud pública no entraré a discutir decisiones ni a añadir más ruido a esta confusión.

Lo que quiero hacer es hablar de la belleza implícita en esta instalación. Quiero hablar de todos estos pacientes juntos y de sus historias, y, yo que creo que las bondades de nuestro sistema sanitario, de cuán bien atendidos están. No es un comentario irónico.

IFEMA es el recinto ferial de Madrid. Se construyó entre 1985 y los años 90. Los pabellones son mayoritariamente obra de los arquitectos Jerónimo Junquera y Estanislao Pérez Pita, con un pabellón central obra del ínclito Paco Sáenz de Oíza. El complejo forma una espina central hiperconectada que enhebra una reserva de espacio bien mantenido, climatizado e impermeabilizado donde cabe literalmente de todo. Es decir, IFEMA era, es, la infraestructura perfecta para montar un hospital de campaña en muy pocos días, un hospital que no implica sólo una trama de camas, sino todas las instalaciones necesarias para medicalizarlos y todos los espacios necesarios para asistirlos.

(Imágenes: Herzog & de Meuron, IFEMA / Comunidad de Madrid, Smithsonian Institute)

Busco el significado etimológico de la palabra hospital. Certifico que tiene la misma raíz que huésped, hotel, hostelería o, evidentemente, hospitalidad.

Hospital significa, literalmente, cuidar a los huéspedes.

Nada dice más de nosotros como sociedad, de quiénes somos, de cómo nos consideramos, que el cuidado que tenemos de los huéspedes. Más si estos huéspedes están chungos de salud. En un hospital encontramos dos clases de personas que en realidad son tres. Primero están los pacientes. Después el personal sanitario que los cuida. Finalmente quien mantiene la instalación: quien la administra, quien la limpia, quien procura que no tenga goteras ni se vaya la luz, que funcionen todos los mecanismos, etcétera, y quien cocina para todos.

Todas las culturas han tenido en común el hecho de tener más pacientes que médicos. Muchos más. Casi siempre el número de médicos es insuficiente, pero esto choca con el hecho que no se puede disminuir la exigencia sobre su formación. Convertir a un ciudadano en médico es farragoso, caro, cuesta mucho trabajo y, encima, cuando no se necesitan, se tiende a despreciarlos.

La lógica de funcionamiento necesaria para que un hospital salga adelante es, pues, el panóptico, donde estos pocos pueden controlar fácilmente los muchos pacientes que hay desde un solo punto para asistirlos tan bien como se pueda. Pero en un hospital normal conviven muchos tipos diversos de pacientes con muchos tipos diversos de médicos y otro personal sanitario, así que el esquema tiende a complicarse mucho. Más cuando la exigencia social desplaza el foco de atención del médico al paciente. Nace, entonces, la pregunta de qué quiere decir estar bien atendido. Y lo que quiere decir para una gran parte de la sociedad es estar atendido en unas condiciones tan individualizadas como sea posible. Es decir: en los hospitales modernos se quiere individualizar a cada paciente, proporcionarle una ruta que idealmente convierta el hospital en una especie de bloque de viviendas donde no te cruzas con otros vecinos, o, en última instancia, en una colección de suites o pabellones. Y los hospitales dejan de ser panópticos. Podríamos poner como ejemplo final de esto, uno de tantos ejemplos finales, el magnífico Hospital de la Cerdanya, donde los pacientes se relacionan con las vistas lejanas y el puro paisaje, viviendo de espaldas a todo aquello que hará posible su recuperación. La paradoja: sabemos que eso está bien. Sabemos que esta situación cura. Sabemos que el estado anímico de los pacientes es más positivo. Y sabemos, también, que es lo que querríamos que nos pasase cuando estemos ingresados. O lo que querríamos para nuestros parientes: estar en el centro de la red hospitalaria con los médicos forzados a extenderse más para poder atender a todo el mundo. Conseguir esto ha sido una de los mayores hitos sociales de toda nuestra historia reciente. La paradoja es que lo social, el bien común, se expresa haciendo posible la máxima individualidad.

Pero ahora tenemos que regresar obligatoriamente al panóptico y a la trama y al espacio enorme lleno de pacientes. Hay un momento de nuestra formación que los arquitectos solemos tomarnos con mucho sentido del humor, y es cuando nos empiezan a contar las hipótesis de cálculo con que se dimensionan las estructuras portantes de los edificios. La estructura no se dimensiona para los tiempos ordinarios, sino para los momentos de stress. Es la única manera de construir edificios duraderos. Pero ¿cómo compatibilizar estos momentos de stress? Un calculista se lo tiene que imaginar todo. Todos los planos horizontales llenos de gente. Que esta gente salte. Se tiene que imaginar una tormenta. Un terremoto. Impactos puntuales. Fiestas. Vibraciones de todo tipo. Pero ¿puede existir un escenario en que un edificio esté soportando a la vez una fiesta, un terremoto, obras, gente corriendo arriba y abajo y una tempestad con vientos de ciento cincuenta por hora? ¿O puedes ir descartando hipótesis simultáneas? A la cada una de estas hipótesis se les asigna un coeficiente de seguridad que va engordando la estructura. Así que cuando alguna vez veáis las obras de un polideportivo que monta tal cantidad de hierro que piensas que podría reciclarse como base de submarinos de la Segunda Guerra Mundial, que la RAF lo bombardee y se quede igual es por la suma de estos cocientes de seguridad a los que se ha visto sometida esta estructura por normativas que cada vez se imaginan más y más hipótesis de stress simultáneas en función de una ilusión de seguridad, no de la seguridad-seguridad razonable, sino de aquella derivada de la imaginación que demostramos imaginando desgracias.

(Imágenes: Herzog & de Meuron, IFEMA / Comunidad de Madrid, Smithsonian Institute)

Lo mismo pasa con el sistema sanitario. Se dimensiona teniendo en cuenta unas condiciones determinadas de uso que pueden estar o no bien estudiadas y que se administran en función de los recursos que nuestros representantes elegidos democráticamente han designado. Ningún test de stress podía prever esto, ni podemos pagarnos un sistema que lo pueda soportar permanentemente. Es una situación de emergencia. Una situación muy desgraciada. Y no es la única que ha habido.

El año 1918 se produjo otra pandemia global, la famosa Gripe Española, que, a pesar del nombre, no se sabe dónde se originó pero sí dónde no se originó: en España. El nombre, sin embargo, se ha quedado. El virus que la originó se ha secuenciado. Según el Smithsoninan Institute no era una cepa particularmente virulenta. El conjunto de circunstancias que originó la pandemia, se sabe ahora, fue ambiental y circunstancial: una población castigada por el primer conflicto global del planeta. Esta gripe, en consecuencia, se encarnizó con los hombres jóvenes, mayormente excombatientes. El número de muertos que dejó se calcula con un abanico entre los cincuenta y los cien millones. El número de infectados que sobrevivió supone un incremento del ochenta por ciento de este número de personas. Es decir: enfermó un diez por ciento de la población humana. Las imágenes que dejó la gestión de esa pandemia son tan parecidas a las actuales que asusta: hospitales improvisados en grandes salas con camas dispuestas siguiendo exactamente la misma trama a exactamente la misma distancia. Una distancia de un siglo anulada. Obviamente sto sólo es cierto en términos formales. La atención al paciente lleva todo un siglo de avances continuos y hoy tenemos muchos más recursos a nuestro alcance. Esta gran similitud formal, sin embargo, sobrecoge.

Las consecuencias de nuestro paro son una pasada en términos ambientales. La naturaleza se está limpiando sola a velocidad pasmosa. Los índices de contaminación son los menores en veinte o treinta años. Las aguas están más limpias y la naturaleza recupera suelo urbano demostrando que el horror vacui no es una metáfora. Esta reducción de la contaminación es paralela a nuestra reducción de movilidad y a la constricción de nuestras libertades.

Ahora sabemos que limpiar de NO2 nuestras ciudades cuesta un diez por ciento del PIB y muchos millones de parados.

No creo que seamos capaces de equilibrar las dos situaciones. Sí hemos sabido emprender colectivamente, organizarnos colectivamente. Hay belleza en esto. Hay belleza en su expresión espacial, catedralicia, solemne, industriosa. Catedralicia tanto en el sentido espacial como en el social, por cierto. Y esto va a ser lo que quedará, y con suerte, quedará lo suficiente como para que nos impresione colectivamente las retinas. IFEMA es la expresión de esta obra conjunta, una expresión tan frágil como precaria, bella y optimista. Con limitaciones, sin embargo. Con renuncias. Pero hemos sido capaces de hacerlo.

Quedarnos con esto significará tener armas para expresarlo. Para contarlo. Y espero que tarde en vulgarizarse. Por todos.

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