Al contrario que Dorothy Parker, que cada vez que tenía que escribir para The New Yorker se ponía de rodillas y rezaba: “Dios mío, te ruego que hagas que deje de escribir como una mujer”, yo me arrodillo, y antes de comenzar a escribir estas líneas le pido a Dios que me ayude a escribir, no solo como una mujer, sino a hacerlo como lo que soy: una mujer corriente. Y es que tengo que reconocer que a veces me pierdo con palabras como pansexual, demisexual, sapiosexual, litersexual, heteroflexible sexual, heterocuriosos, androsexual…

Cada día se multiplican los términos que hacen referencia a las opciones o tendencias sexuales de los individuos que pueblan el planeta. La sexualidad de los seres humanos como producción teórica se hace ilimitada, y desde otro punto de vista, como producción ideológica o política también, de forma que se acuñan nuevos conceptos, hasta el punto que la recurrencia constante a la neolengua termina por dar validez a la neolengua.

En esta lucha nos encontramos cómo el feminismo clásico atribuido a las mujeres de izquierda está siendo superado por otras corrientes como el transgenerismo o transactivismo, nuevos posicionamientos fruto en gran medida en su producción teórica de los planteamientos políticos. Es decir, al feminismo clásico ahora se le llama TERF, se le tilda de transexcluyente, y la corriente que se impone es el generismo queer, idea por la que se sostiene que la adscripción de género depende única y exclusivamente de la propia subjetividad. Si el sexo es irrelevante, todas las políticas para combatir la desigualdad estructural que como mujeres padecemos se torna irrelevante.

La negación del sexo biológico podría incluso acabar con las políticas o leyes de género por las que tanto hemos luchado las mujeres, y  ello pese a que a un sector de la sociedad le parecen injustas. De hecho, los que abogan a favor de las posiciones queer boicotean sistemáticamente las políticas de igualdad, no quieren hablar de igualdad, hay que hablar de diversidad.

Los que abogan a favor de las posiciones queer boicotean sistemáticamente las políticas de igualdad, no quieren hablar de igualdad, hay que hablar de diversidad

De forma que las mujeres, que tras una titánica lucha combatimos el machismo, nos encontramos con la impostura de los movimientos que propugnan la negación del sexo biológico y aspiran al reconocimiento jurídico de la identidad de género. A estos nuevos movimientos, que a las mujeres corrientes no es que nos resulten difíciles de entender, sino que, en cierta medida, están alejados de  nuestro contexto vital, se une una nueva corriente que está cogiendo fuerza entre las mujeres de todo el mundo: las mujeres NoMo, aquellas que deciden por diversas razones, no tener hijos. NoMo es el término que se emplea para las mujeres que toman la decisión de no tener descendencia para poder dedicar más tiempo a sí mismas, a su trabajo y a su ocio. No hace mucho tiempo había una frase que sonaba en la sociedad “una es madre antes que mujer”, frase que defendía la idea “machista” de que todas las mujeres desean y experimentan la maternidad como la experiencia más relevante de sus vidas. Incluso sentada la idea de que ser madre es el único objetivo que tienen las mujeres en la vida, ya que viven por y para su familia, cada vez más mujeres se centran en su carrera profesional y en su tiempo de ocio.

Pero en los últimos años han surgido una serie de mujeres, una auténtica generación, que dicen claramente que no quieren vivir la maternidad por varios motivos diferentes, que van desde cero interés a la hora de criar a sus hijos o simplemente por tener un deseo más fuerte de desarrollarse en el mundo laboral. Este tipo de mujeres que  se conocen como “Mujeres NoMo” (siglas de “Not Mothers”, o sea, “No madres”) se está convirtiendo en una tendencia que se está haciendo muy habitual en todos los países de Occidente. Según esta filosofía, cada vez hay más mujeres que no aspiran a tener hijos, ni sopesan esa alternativa. El antecedente de este movimiento surgió en la década de los años 60 cuando aparece la píldora anticonceptiva. Las mujeres empiezan a disfrutar de una mayor libertad para poder decidir cuándo quieren tener hijos y cuántos hijos quieren tener. Pero la sociedad seguía idealizando la figura de la mujer-madre, la maternidad como el mayor sueño que puede tener una mujer, e incluso esa idea sigue estando vigente en nuestros días.

Ellas, las no etiquetadas especialmente y que yo las distingo como mujeres corrientes, son las verdaderas mujeres radicales del siglo XXI, mujeres cuerdas de remate

Hace unos años, una mujer soltera y sin hijos estaba mal vista por la sociedad. En el pasado las mujeres que no eran capaces de tener hijos o contraer matrimonio no eran bien vistas por la sociedad, refiriéndose a ellas como “solteronas” y describiéndolas como mujeres desdichadas. Superada esta etapa, estas mujeres dan un paso mas, las mujeres “NoMo” son mujeres que han tenido la posibilidad de acceder a una educación superior, son profesionales e independientes económicamente, pero se  preguntan si ser madre es lo que verdaderamente desean o es solamente una imposición de la sociedad en la que vivimos. Valoran más el gasto de tiempo y dinero que implica tener un hijo, antes que “el sueño” de la maternidad. Si los países  occidentales  han acuñado el término NoMo,  en oriente, en Corea del Sur, asistimos al nacimiento de la generación SAMPO, una generación de mujeres que dejan incluso de tener relaciones sentimentales, no solo de casarse y tener hijos, debido al coste económico y profesional que para la mujer implica; todo ello bajo la depresión que las largas jornadas laborales les ocasionan y los altísimos costes de vida.

En contraposición a todos estos movimientos –que me parecen más un producto de diseño intelectual para justificar decisiones impuestas por una sociedad y un sistema que nos pasa por encima como una apisonadora que fruto de la verdadera decisión libre de las mujeres (dejo a salvo la decisión individual de cada mujer en el ejercicio de su libertad y fuera de cualquier tendencia o colectivo)–, asistimos a una clara reivindicación de lo natural, de lo ecológico, a una búsqueda de la esencia del ser humano, huir del consumismo, de la polución, de todo lo que contamina, del estrés que nos devora, de todo lo que nos hace infeliz. Y curiosamente, todos estos movimientos, desde los sofisticados que se desenvuelven bajo las etiquetas sexuales hasta los más simples, que curiosamente justifican no ya la renuncia, sino rechazo de la mujer a la maternidad a cambio del nirvana profesional y económico, se apartan de algo que es absolutamente natura en la mujer: la capacidad de generar vida.

A esto tenemos que añadir todas las personas, especialmente aquellas a las que la naturaleza ha privado de la posibilidad de ser madres, que acuden a la gestación subrogada para tener hijos, acuden al vientre de una mujer de alquiler para hacer realidad lo que califican de un sueño, tener  hijos, formar una familia. De forma que esta teórica sociedad formada por mujeres con elevadas aspiraciones profesionales y personales, que descartan voluntariamente la maternidad y apuestan por madres gestantes que alquilan sus vientres, configuraría la sociedad a la que nos encaminamos. En ella, las mujeres, a las que yo llamo corrientes, habríamos perdido todo el protagonismo. En este panorama infeliz, ya hablar de políticas de conciliación, de permisos parentales, de la necesidad de rediseñar el esquema de permisos familiares acorde a un concepto de familia moderna, todo esto se hace innecesario. Y por supuesto, es absurdo hablar de un modelo social vertebrado por la solidaridad intergeneracional. Aquí se sitúa un segmento de mujeres, que sin renunciar al desarrollo intelectual, profesional y laboral de mujeres, quieren ser madres, como algo natural y consustancial a su condición. Con pareja, sin pareja, a los 40, a los 50, las mujeres quieren ser madres. La proliferación de clínicas y centros de reproducción asistida es una muestra de ello. Si la edad de la maternidad se retrasa es por la falta de oportunidades laborales y por la dificultad que existe en la sociedad en que vivimos para alcanzar la estabilidad profesional.

El descenso en la natalidad es un motivo de alarma, y no porque no estén garantizadas las pensiones, ni porque se vaya a llegar a la despoblación. Es motivo de alarma cuando no se pueden tener los hijos que se desean, cuando es la falta de medios y de estabilidad lo que impide ejercer el derecho a ser madre. En el día de la mujer, estas letras van dirigidas a las mujeres madre, mujeres abuelas, a las mujeres madres y abuelas que ademas son trabajadoras, porque, para mí, hoy ellas, las no etiquetadas especialmente y que yo las distingo como mujeres corrientes, son las verdaderas mujeres radicales del siglo XXI, mujeres cuerdas de remate.

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