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Cuba: la izquierda contra sus mitos

Eduardo Luis Junquera Cubiles
Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es
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Resulta más que difícil explicar que los mismos criterios sobre autoritarismo y vulneración de los derechos humanos que sirven para condenar históricamente y sin ambigüedades el franquismo (ausencia de tribunales justos y de libertad de expresión, partido único, encarcelamiento, tortura o asesinato de disidentes políticos, muerte civil de opositores al régimen, culto a la personalidad del líder, etcétera), se ignoren para continuar exculpando al castrismo en pleno 2021. Así se denigra el concepto de democracia: por un lado, una parte de la izquierda no deja de tener hacia la Revolución cubana una visión benevolente e infantil -hace unos días, Aina Vidal, diputada de En Comú Podem, negó que Cuba sea una dictadura- que por el otro enlaza con los vicios de nuestro tiempo de distorsionar a voluntad toda realidad que no nos guste. Lo que no nos agrada lo coloreamos, lo idealizamos, lo ignoramos o directamente lo disculpamos, pero nunca o muy rara vez lo enfrentamos. Es doloroso ver cara a cara nuestros fantasmas y nuestras incoherencias, pero hay que hacerlo. Este es el tiempo en el que el ser humano se dirige hacia otra forma de nihilismo: una suerte de estadio infantil en el que ya no hay dioses, pero no porque hayamos matado a los antiguos para esperar únicamente en un hombre autónomo y espiritualmente más maduro y desarrollado que dé a luz un mundo de justicia, sino porque queremos adorar a los falsos, los que prometen alcanzar todos los paraísos sin exigencia moral alguna.

Por eso cualquiera puede ignorar hoy todo criterio real acerca de lo que supone vivir en libertad y decir que, por poner un ejemplo, en Corea del Norte hay democracia, claro que sí ¿por qué? Porque en este tiempo hasta los criterios que definen lo que es o no ético los modificamos a conveniencia. No importan tanto los hechos como la narrativa. Díaz-Canel nos toma por imbéciles al decir que gentes que anhelan lo que anhelamos todos, es decir, vivir con un mínimo de libertad, confort y bienestar material están a sueldo del gobierno estadounidense. No todos los movimientos sociopolíticos de oposición que han surgido en la isla desde 1959 han estado vinculados o apoyados por Estados Unidos. Eso supone menospreciar la potencia intelectual y las legítimas aspiraciones democráticas del pueblo cubano, que por lo visto está dirigido por una suerte de papas de la izquierda, tan infalibles como el de Roma, que sin concesión alguna a la duda saben lo que le conviene a Cuba. Todos los demás somos gusanos imperialistas, en sus propias palabras. Flaco favor le hacemos a la izquierda si no condenamos de manera enérgica y sin ambages el castrismo, sus continuos excesos y su vulneración de todos los derechos y libertades. Esta condena es independiente de que el bloqueo sea injusto.

Nos educaron en la creencia de que la democracia y sus atributos eran valores sagrados y lo son, y por eso no hacíamos distinciones entre el castrismo y el pinochetismo: porque sentíamos que hacerlo era una forma de devaluar la propia democracia. En lo que se esforzaron poco fue en explicarnos la otra parte de una película de terror, bastante menos literaria y presentable: la que revela que nosotros, las democracias de rancio abolengo, nos comportamos en ocasiones como las peores dictaduras. Estados Unidos no solo ha promocionado el terrorismo en Centroamérica (escuadrones de la muerte, con condena del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya) y un sinfín de golpes de Estado en el Sur del continente, sino que ninguno de sus presidentes, Biden incluido, ha tenido el más mínimo gesto de humanidad para levantar un embargo que solo castiga al pueblo cubano y nunca a sus dirigentes. De modo que la historia ha de explicarse mostrando todos sus capítulos, también aquellos de los que no podemos estar particularmente orgullosos.

Por supuesto que en todo este entuerto los medios de comunicación comprados adquieren un papel protagónico que resulta indispensable para denunciar determinados regímenes mientras se ignora a otros. Cosas de Occidente y de su particular forma de entender la democracia: intramuros, con todas las garantías para nosotros los patricios, y extramuros, con criterios bastante más laxos para seres humanos de naciones que parecen ser de tercera categoría. Eso por no hablar de como permitimos la barbarie de nuestros aliados y de dictaduras útiles a nuestros fines. Nada tiene que envidiar Arabia Saudí a Corea del Norte en cuanto a opacidad, y poco o nada dice nuestra prensa de sus crímenes. España y Francia llevan décadas protegiendo a Teodoro Obiang Nguema, el dictador más longevo del mundo, en Guinea Ecuatorial, ante el silencio general de los medios. Y cuando nuestra amiga Colombia o la ultracorrupta Honduras (con el primer golpe de Estado informático de la historia, en 2017), siempre servil a los intereses de Estados Unidos, masacran a sus poblaciones obtienen el silencio de nuestros medios, que si dicen algo lo hacen con la boca pequeña porque se trata de denigrar procesos democráticos socialistas como el de Venezuela (lo fue mientras Chávez vivió), no de defender los derechos humanos ni el Estado del Bienestar.

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1 Comentario

  1. ¿Para que enviarles comentarios si los censuran?
    Después de más de 60 años de bloqueo la «dictadura» de Cuba ( 11 millones de habitantes) subsiste con mas ética que la «superdemocracia» española (47 millones ).
    Invito, por ejemplo, a hacer un recuento de medallas cuando acaben los JJOO de Tokio. Se supone que la «superdemocracia» occidental tendría que conseguir al menos cuatro veces más que la «dictadura» caribeña. ¿No?

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