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Cuba: de la guerra fría al siglo XXI

Eduardo Luis Junquera Cubiles
Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es
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Fidel Castro no era comunista, sino un nacionalista en el sentido económico; es decir, quería que Cuba gestionase sus propios recursos sin intervención exterior alguna. Afirmar esto en este tiempo de polarización en el que casi todo el mundo tiene en mente una amalgama de prejuicios, mentiras que nos otorgan seguridad y explican el mundo ante nuestros ojos, y bastante confusión promocionada por el sistema resulta casi grotesco y blasfematorio, pero es cierto. Sí lo eran su hermano Raúl y también el Che, un personaje siniestro y taciturno con una fascinación morbosa por la muerte, muy alejado del mito bondadoso y amable idealizado por izquierdas y derechas a través de la iconografía pop tan propia de la segunda mitad del siglo XX, principalmente tomando como referencia la foto que le hizo Korda en el funeral celebrado en La Habana tras el sabotaje del carguero Le Coubre, un barco belga que transportaba armas para la Revolución, en el que fallecieron alrededor de 100 personas.

El capitalismo tiene esa extraordinaria capacidad de colorearlo todo con el fin de difuminar lo esencial. Previo vacío de su contenido ideológico, cualquier idea, por compleja que sea, puede resumirse en un par de eslóganes. En su discurso de defensa ante el tribunal que le juzgaba, recogido en el libro “La historia me absolverá”, tras el fallido asalto a los cuarteles de Moncada y Céspedes, el 16 de octubre de 1953, Castro no menciona jamás los términos comunismo o marxismo, ni siquiera socialismo. Pero sí habla de manera vehemente de la necesidad de una reforma agraria y de mejoras en la educación, la salud, los salarios y el acceso a la vivienda de los cubanos.

Fue Eisenhower, que salió de la Segunda Guerra Mundial como un gigante de la Historia, pero que entró en los convulsos años sesenta con una visión miope que costó a América Latina décadas de atraso, sangre y tiranías, el que entregó a Castro a los brazos de Moscú. El viejo general entendió la Revolución cubana en clave de Guerra Fría y no como el furioso aldabonazo en la Historia de quienes la padecen en carne propia, en dolor y en sangre. ¿Qué podía hacer Cuba sino aproximarse a la Unión Soviética para enfrentar la hostilidad estadounidense? Pero ese acercamiento era estratégico y no ideológico. La invasión de Bahía Cochinos, en 1961, que se produjo con John Fitzgerald Kennedy en la Casa Blanca, no hizo más que agravar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y entre este último y los soviéticos.

Castro prometió abandonar el poder y convocar elecciones democráticas en cuanto consiguiera para Cuba unos mínimos de estabilidad política y bienestar material, pero el problema de los líderes carismáticos, de esos hombres providenciales tan presentes en América Latina es que cuando resuelven las dificultades, si es que resuelven alguna, el problema son ellos. La resaca de exilios, fusilamientos, torturas y muertes no es suficiente para despertar a algunos de su infantil sueño totalitario. Ninguna tiranía parirá un sistema democrático, del mismo modo que la red de dictaduras, caciques comprados, torturadores y militares corruptos diseñada por Estados Unidos para frenar el comunismo en América Latina en el siglo XX no llevó un instante de justicia y progreso a ese rincón del planeta.

Eso sí, conviene no caer en la trampa reduccionista que de manera permanente plantea el capitalismo diciendo que todas las dictaduras son iguales, sabedor de que el neoliberalismo encuentra en democracia el terreno idóneo e incluso perfecto para evolucionar. El franquismo o el pinochetismo no están emparentados con el castrismo ni en sus intenciones ni en sus causas: los primeros son golpes de las élites de España y Chile para recuperar el poder democráticamente perdido ante la izquierda, mientras que el castrismo, aunque degenerase en tiranía, es el grito del pueblo exigiendo educación, pan y justicia.

Castro era profundo e inteligente, y las personas con esos rasgos suelen ser religiosas. De hecho y mal que le pese a unos y otros llevó una cruz al cuello durante los dos años que permaneció en Sierra Maestra, desde donde dirigió el levantamiento guerrillero que hizo que Batista y sus secuaces escapasen de la isla como “ladrones en la noche”. Viktor Frankl señala en “La presencia ignorada de Dios” que la verdadera religiosidad suele estar vinculada a lo más íntimo de nosotros mismos, y destaca también que a sus pacientes más religiosos les costaba más hablar de su relación con Dios que de sus relaciones sexuales. Por eso observo con desconfianza manifestaciones religiosas como las procesiones, que veo más cercanas a la histeria colectiva que a la verdadera religiosidad, más serena, ingenua, inhibida y pudorosa. El ser humano es un producto cultural, pero también es muchas otras cosas. Castro no habló casi nunca de Dios. Creo que esto se debe en parte a que hacerlo hubiera significado legitimar el paupérrimo concepto que de la propia religión tiene la Iglesia Católica (infierno, culpa, homofobia, misoginia, antropomorfismo) y en parte porque durante la Guerra Fría se consideraban irreconciliables los discursos de ambas doctrinas, marxismo y cristianismo. En sus discursos, que tanto desconcertaban a los soviéticos, brutalmente rupturistas y muy similares a los nazis en su creencia de que estaban creando un “hombre nuevo”, hay matices impregnados de la vieja moral cristiana del sacrificio: “Hay que reprimir al hombre para salvarlo”.

Salvando las enormes distancias históricas, socioeconómicas, geográficas y de idiosincrasia de los pueblos, veo en la relación de Castro con Estados Unidos algunas similitudes respecto a la que Hitler mantuvo con Inglaterra. Hitler admiraba profundamente la historia de Inglaterra porque el Imperio Británico representaba a sus ojos los ideales de fuerza, violencia y crueldad necesarios para someter a los pueblos que él consideraba “inferiores”. Cuando Chamberlain, amedrentado ante la agresividad de los nazis, pacta con Alemania, Hitler pasa a percibir a Inglaterra como un país débil, y la admiración ante el fuerte se torna en desprecio y ese desprecio se convierte en un deseo de destrucción de lo que antes fue el objeto amado y admirado. Hitler nunca sintió nada parecido hacia Francia, a la que consideraba, junto a los judíos, la causante de todos los males de Alemania. Algo similar experimentó en sus últimos días en el búnker de Berlín cuando renegó del propio pueblo alemán, al que calificó de débil y cobarde, decretando la barbarie de la “tierra quemada” por la cual todo el Reich debería ser destruido antes de caer en manos soviéticas.

Castro amaba Estados Unidos, disfrutó de varias estancias en Nueva York y se sintió fascinado por la ciudad de los rascacielos, hasta el punto en que pensó en finalizar sus estudios allí y no en Cuba. Si un país intentase explotar los recursos naturales de Estados Unidos por la fuerza se encontraría con una declaración de guerra, mientras que el gigante norteamericano, de forma directa o indirecta, hizo lo propio en múltiples ocasiones a lo largo del sangriento siglo XX. De hecho, en el pasado más reciente, cuando Estados Unidos no pudo intervenir en la economía de un país subdesarrollado comprando al cacique de turno, apeló a la seguridad jurídica, a la democracia y hasta a la libertad con el fin de lograr sus objetivos, aunque esto desembocase en una invasión, un derramamiento de sangre y una vulneración permanente de los derechos humanos. La época de Fulgencio Batista es una vergüenza para la historia de Estados Unidos la contemos como la contemos. Cuando Estados Unidos apoya a Batista, Castro se siente traicionado por la nación que admira y comienza a experimentar una hostilidad que no hace sino aumentar cuando Eisenhower decreta el embargo y durante la crisis de los misiles de 1962, acaso el momento en que más cerca estuvimos de desaparecer como especie, víctimas de nuestra estupidez.

Conocedor de la frágil memoria de los pueblos y de su facilidad a la hora de derribar monumentos, dispuso que su cuerpo fuera incinerado y no se levantasen estatuas en su nombre. Quizá también porque sabía de la enorme fuerza que adquieren las imágenes de las multitudes derribándolas, como tantas veces hemos visto a lo largo de décadas, porque permanecen en la memoria colectiva y suelen dar inicio o final, según se mire, a los ciclos históricos. La idea que más desasosiego y miedo me produce de todas las que señaló Fidel Castro (hablo de miedo porque los poderosos rara vez hacen concesiones si no perciben la amenaza de la fuerza, tal como hicieron las élites de los países nórdicos al ver lo que sucedía con los Romanov en Rusia, dando lugar a los sistemas más justos, ecuánimes y limpios que el ser humano ha conocido), es la que afirma que, al menos en su fase inicial, el socialismo precisará de una gran carga de violencia para imponerse porque quienes de verdad gobiernan el mundo nunca cederán el poder de forma voluntaria.

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2 Comentarios

  1. América del Norte está intentando matar a Cuba igual que esta asesinando al Gran Assange, por ser honrado y consciente del criminal poder que denunciaba. Ambos son crímenes pero Cuba es mas grande que Assange y, por lo tanto, hay mas de crimen allí. América mata, por bala o por hambre. Lo curioso es que también mata a los propios.

  2. Medallero JJOO de Tokio 2021:
    Democracia «perfecta» de 47 millones de españoles 3 Oros_8 Platas_3 Bronces Puesto 20ª
    «Dictadura» de 11 millones de cubanos 7 Oros_3_Platas_5 Bronces Puesto 14ª

    Datos para que los descerebrados puedan analizar y pensar

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